"Los enanos del Norte", Amancio

04.07.2013 12:28

Estamos en las montañas de norte, un laberinto de riscos nevados donde hace frío todo el año. Era mi primer día de minero. Son las siete de la mañana, cuando el viento es más gélido, por eso mi mamá me arropó con un chaleco de piel de búfalo. Salí junto con mi papá y mi hermano de nuestra casa de roca a las faldas de la Montaña Cantora. Le dicen así porque cuando sopla el viento se escuchan aullidos de fantasma. Somos enanos y nos apasiona nuestro trabajo: extraer oro y gemas de las minas. Ayer que cumplí dieciocho años me gané el derecho de ser minero en lugar de quedarme en la casa de roca ayudando a mamá.

Tengo mi pico y mi pala acomodada en el hombro como un soldado además de mi morralito con carne de puerco en salsa de nuez y pan de centeno. A mí me encargaron la comida. Mi papá está cargando las herramientas pesadas y mi hermano mayor las velas y los explosivos. Mi papá es el enano más fuerte que he visto, tiene una barba roja larga muy larga que le llega a los pies, para no tropezar se la amarra en la cintura. Le gusta sacar pepitas de oro de la mina para acuñar monedas y diamantes para fabricar joyas para mamá. Mi hermano tiene una barba rubia que le llega al ombligo, él prefiere extraer hierro para hacer espadas, además colecciona fósiles de dinosaurios.

Luego de dos horas de camino llegamos a la entrada de la mina. Es un pequeño túnel cubierto por unas ramas para engañar a los intrusos. El túnel es tan pequeño que entramos de uno por uno como ratones con nuestras velas encendidas. Luego la cueva se hace más grande y nos ponemos de pie. No se ve nada, ni un muro o un techo, solo el piso bajo tus pies y nuestros rostros pintados de dorado. Ya no se escucha el chillido fantasmal de la Montaña Cantora.

Mi papá nos amarra su barba a la cintura para no perdernos y seguimos caminando en aquella tétrica oscuridad. Caminamos en fila, vamos tirando piedras para escuchar que caigan al suelo, esto para no caernos en algún pozo. Hace mucho calor porque en lo profundo de la tierra hay lava, pero no se ve. Me quito mi chaleco de piel de búfalo para estar más a gusto. Por fin llegamos a una pared de roca y nos ponemos a trabajar. Empiezo a romper las piedras con mi pico. Pero no encontramos nada, solo unos trozos de carbón mineral para calentar la comida. Hacemos una fogata para asar la carne de puerco.

Solo nos quedan tres horas más de excavación, luego debemos dejar la mina, pronto caerá la noche y en las montañas del norte no puedes salir de noche. El viento es tan frío que deja a las personas congeladas como estatuas. Luego de comer continuamos caminando, buscando un mejor lugar donde escavar. Papá amarro su barba a mi hermano y luego a mí. No podía creer que en mi primer día de trabajo saldríamos con las manos vacías, así que le dije a papá que apresuráramos el paso. Me respondió que era peligroso pero yo seguí insistiendo, quería regalar a mamá un rubí, una esmeralda o una enorme pepita de oro.

Luego mi papá resbaló por un profundo agujero, con la barba arrastró a mi hermano. Yo me quedé con un mechón de cabellos rojos. Escuché sus gritos potentes apagarse poco a poco, vi las luces de sus velas perderse como una estrella fugaz. Los vi caer muy profundo, como si aquel abismo fuera infinito. No los oí caer. Gritaba y gritaba sus nombres, pero no me respondían. Deje caer mi cuerpo contra mis rodillas, exhausto de tanto gritar y de tanto llorar. Estaba solo.

Mi vela se apagó y la enorme oscuridad se tragó mi cuerpo. Me acosté con mi brazo acariciando el borde del abismo. Pensé en mamá, a estas horas debe estar preparando la cena. Ojala estuviera con ella ayudando en lugar de estar aquí. ¿Qué le voy a decir cuando la vea? ¿La veré? estoy aquí atrapado en medio de la nada a la orilla de un monstruoso abismo. Estoy como ciego, no puedo ver la mano que tengo justo enfrente de mi cara. No sé dónde estoy y no recuerdo donde está la entrada a la cueva.

Ya debe ser de noche. Tengo mucha hambre. Mi papá y mi hermano deben tener mucha hambre también, si están vivos. A tientas busco en mi morral las últimas hogazas de pan que sobró de la comida, me como un pedacito. Los dos trozos más grandes los envuelvo en una tela. Los arrojo al abismo esperando que le caigan a mi papá en la cabeza y que le den fuerzas para trepar. Tengo mucha hambre. Ya debe ser de noche y voy a dormir.

De repente un grito atronador me hace saltar sobre mi espalda. Era mi padre, trepando con un pico en cada mano, una vela encendida pegada en la frente y con mi hermano desmayado amarrado a su espalda. Me le pego de un abrazo, el abrazo más fuerte que le he dado. ¡Perdón! ¡Perdón! le digo una y otra vez. - No hijo, todo esto fue culpa mía, este abismo ya lo conocía, no me ubiqué bien. ¡Ja ja ja! Ahora quita esa cara de espanto y ayúdame a acomodar aquí a tu hermano -

Pasamos ahí la noche. Al día siguiente llegamos a la casa de roca. Mamá nos regañó por espantarla, nos puso a limpiar la casa y a preparar una barbacoa de mamut. Así fue mi primer día de minero. Recuerden, somos enanos del norte, estamos hechos para trabajar en las minas, soportamos el frío de las montañas, el calor de las cavernas y las caídas en los abismos.