"Lindo el changuito", Bibliotecaria de la vida

29.11.2013 09:48

Hoy es el día que tanto habías estado esperando, vas a ir al zoológico, mamá te espera en la cocina, te abraza y te hace un desayuno multicolor; leche de fresa y un panqué de canela, frutas picadas como el arcoíris. Suben al auto y tras llegar al lugar se estaciona, baja y te lleva de la mano, paga la entrada para acceder, te sorprendes al notar que hay bastante gente pero te estremeces con solo ver el mapa de lugar. En la entrada hay una tienda de recuerdos: globos con estampado de animales, camisetas, gorras, comida, todo con motivos selváticos, niños corriendo de una sección a otra, felicidad hasta donde alcanzan a ver tus ojos. Cuando te pregunta tu madre ¿qué deseas ver primero? dices sin pensar; ¡los changuitos, los changuitos! le respondes entusiasmado, y llegan a la vitrina donde los tienen, ellos se cuelgan de las ramas y te observan, sonríes encantado y los saludas cuando alzan el morro y enseñan los labios como mandándote besos, ríes al ver a una hembra con su bebé en brazos, otro come un trozo de fruta. Mucha gente golpea el cristal, hay quien lanza comida desde fuera, los monos se balancean a otras ramas, mamá te dice que hay más que ver aún.

Siguieron los osos pardos, que también te encantan, sabes que comen salmones y se internan en los ríos, pero estos se ocultaron tras un par de troncos y ahí permanecieron inmóviles echados en el suelo. Te cargó para que pudieras apreciar el fondo de su hábitat, luego corriste a la jaula de los leones y los miraste dormidos bajo el sol, inmóviles, les tomaste una fotografía con la cámara que te regaló papá antes de irse al trabajo hoy por ser tu cumpleaños, en casa te espera más tarde un pastel y una fiesta, pero lo qué más habías pedido, lo que te hizo una ilusión aún mayor, fue cuando mamá dijo que te llevaría al zoológico porque todos en casa sabían que mirabas con entusiasmo en la televisión los documentales de simios y felinos salvajes, rugías con ellos en la pantalla y te emocionabas cuando los veías cazar, el año pasado en el festival de la primavera tu madre te disfrazó de tigre y fuiste la sensación del primer grado en la primaria.

Visitaste el aviario y el rehusaste entrar al serpentario, te cubriste la nariz cuando pasaron por el estanque de los hipopótamos y tomaste más de cinco fotografías de las jirafas y elefantes.

La tarde se extinguía y antes de irte de vuelta a casa pediste un recuerdo de la tienda y se te concedió sin dudarlo, el muñeco de peluche de un chimpancé, sus bracitos eran largos y flexibles, lo abrasaste con cariño y no lo soltaste mientras dejaban el lugar.

Un grupo de jóvenes estaban a la entrada del edificio y viste sus mantas porque tenían fotos llamativas de animales y otros eran dibujos bastante bonitos que atrajeron por completo tu atención; un león caricaturizado llorando tras las rejas, la manta decía: Si compras un boleto, pagas sufrimiento, otro tenía a un elefante bebé diciendo: ¡Niños no vengan al zoológico!

Mamá te jaló para que no escucharas sus consignas ni miraras los letreros, preguntas por qué a esa gente no le gustaba que nos niños vieran a los animales. Ella te responde que son vagos que asustan al público, que se quejan del encierro de las especies, pero, te aclara que si estaban enjaulados era para que pudieran verlos sin tener que ir a África, y dejó el tema por completo.

Desde el interior de auto miras a los manifestantes y uno de ellos te sonríe, muchachos con el cuerpo pintado asemejando a animales en peligro de extinción brincan y se toman fotografías con los transeúntes, todos juntos gritan de nuevo: ¡libertad, libertad, animales libertad!, ¡libertad, libertad para todos por igual!

Regresas a casa a la espera de la cena de la celebración, vas al jardín con tu changuito de felpa, te tiras en el pasto y juegas con tu nuevo amigo, lo levantas sobre tu rostro y observas el cielo azul en la inmensidad, los árboles frutales de tu patio, el viento que agitaba tus cabellos color miel, miras la cerca que separa tu casa de la calle, del otro lado otros niños corren y juegan. Miras de nuevo al changuito y recuerdas a los monos de verdad, estaban detrás de un vidrio y en vez de techo había enormes redes. Intentas comparar lo que viste con los programas de la vida salvaje que tanto te gustan y encuentras una diferencia, que los animales de las selvas y sabanas no tienen cristales, ni rejas, pisos de cemento o redes sobre sus cabezas, te diste cuenta también cuando miraste las fotografías que tomaste, eran muy bonitas sí, pero no se parecían a la realidad, ¿acaso esa es la libertad por la que gritaban esas personas con sus pancartas?

Contemplas una rama joven de un ciruelo y cuelgas ahí al monito, lo ves trepado como si estuviera oliendo las flores de sus retoños. Mamá viene al patio sonriendo, te dice que llegó tu padre del trabajo y tus hermanos de la escuela, te ha cocinado incluso tu comida favorita y hay preparadas para ti una serie de grandes sorpresas. La sigues y ella voltea, te dice que no dejes el juguete ahí afuera, pero tú sonriendo mientras lo miras, lejos de cuatro paredes y sin nadie que lo perturbe le respondes: así él será más feliz.