"Libro de Alejandro"

08.07.2014 10:48

I

Este niño seduce a las serpientes. Carga un dulce suicidio, al que deja enroscarse en su cintura; y está hecho de secretos, de antigua ira.

El laurel no es verde para él sino dorado, como el de las estatuas de los dioses, y, al sostener sus hojas, estas le hacen sangrar: ¿un vaticinio?

Dos niños sostienen un carcaj demasiado grande: han encontrado, juntos, el arma para matarse uno al otro, una flecha invisible; y ahora nada podrá dañarlo, sólo el dulce suicidio al que deja enroscarse en su cintura…

 

 

 

 

II

El cuerpo en que se vierte, lo contiene,

es su alimento pero en él se agota;

le ha ofrendado su única derrota:

entre sus piernas todo se detiene.

 

Se ha preñado de un hijo que no viene

a echarse en su regazo; la devota

complicidad del alma es la que brota

de esa unión donde el mundo se sostiene.

 

Y, en la ausencia probable de esos ojos,

encuentra el desenlace más temido:

no poder seguir siendo sin su mano,

la que acompaña y vence los antojos,

la necesaria luz; estar perdido,

roto por la mitad. Tan sólo humano.

 

III          

(él también es Alejandro)

Ahora lo sabes, Alejandro: todos los caminos terminan en mí, en el cansancio de oráculos y espíritus.

 

Cuando espiro de mí se sale el mundo; inspirar cuesta, a veces todo cuanto tienes, pero espirar es fácil, sólo te sientes libre, menos culpable. Ya no me queda aliento para darte.

 

Cuesta tanto llegar como no irse, dividir el instante esperado: a cada uno según su inocencia, según su ineptitud para entender el mal. Ellos heredarán tus miedos — ¿o eran tus sueños?—, bajo la inevitable sombra de otros ojos.

 

Leíste en algún códice tu origen: eras también el aire que se escapa, hijo único del fuego y la ceniza.

 

Yo sé cuánto deseas el vacío; lo supe aquella vez cuando volvimos indemnes del lugar más distante y oscuro; pero ha llegado nuestra hora de pagar las deudas, y lo peor es saber lo que uno lleva cuando parte: adivino tus pasos tras mis huellas.

 

Quise decirte todo, mas la lengua es inhábil y las manos sólo hablan de caricias ansiosas, olvidando cualquier otro lenguaje cuando tu piel se muestra en ternuras de guerrero, ¡tú, mi dios, mi amante!

 

Forzoso es olvidar explicaciones, quedarme con tus ojos en mis labios, con la tibieza de tu voz sin cicatrices calentando mi oído; espirar, una última vez; inspirar, ya para siempre.