Lía

26.10.2016 11:35

Desde que Lía entró a la universidad comenzó a proyectarse como defensora de los demás. Discutía con los profesores, los acusaba de maltratos, fraudes, abuso de poder. Poco a poco fue convirtiéndose en la líder de los estudiantes. Por supuesto que los familiares no veían con buenos ojos el giro que estaba dándole la chiquilla a su vida, más de una vez llamaron su atención

–¿Te crees muy lista? No pienses que vas a resolver los problemas del mundo –reclamaba el padre impaciente–. Te tildaran de revoltosa y conflictiva. No tolero verte salir con pancartas en los grupos estudiantiles vociferando como si fueras un altoparlante.

–Ustedes solo saben criticarme. Es muy bonito ver los toros desde las barreras. No comprenden que lucho para que las mujeres sepan defenderse de los abusos y aprendan a ocupar el lugar que merecen dentro de la sociedad.

–Para eso no te hemos criado –protestó la madre–. Es inútil llamarte a la cordura.

–Lo siento, mamá –admitió bajando el tono de voz–. Seguiré haciendo lo que entienda correcto. Brindaré mi ayuda a todas las mujeres lastimadas y las instaré a que acusen a los abusadores y no soporten humillaciones.

–¡Basta, Lía! ¿Es que no entiendes? Desde que el mundo existe han maltratado y abusado de las mujeres. Y eso tú no lo vas a arreglar

–No, papá, son ustedes los que no entienden. Si cada una de las perjudicadas incrimina a sus torturadores, la vida se le hará más fácil –insistía–.

Esa misma semana volvió a salir. Los manifestantes en una protesta multitudinaria abarrotaron la Puerta del Sol. Lía llevaba dos días que no iba a su casa. Era una de las que más vociferaba en medio del tumulto. Desafiando la prohibición de las autoridades, se enfrentó a uno de los vigilantes por haberla insultado. Para colmo de males el policía la arrastró por toda la calle ante las cámaras de la televisión. Se armó un escándalo tremendo entre los de la prensa, los estudiantes y los políticos. No faltaron las amenazas en público contra los padres de Lía. Les advirtieron que si la hija seguía de "perturbadora", tendrían que echarla de la universidad.

–¡Nos has hartado, Lía! –gritó el padre con los puños apretados por la ira–. Hemos sido demasiado consecuentes contigo y mira cómo nos pagas. Pasamos la vergüenza de verte en la tele, tu cara en todos los noticieros del mundo. Te aconsejo que te calmes y pienses más en nosotros.

Los consejos del padre sosegaron a Lía por un tiempo.Terminó la carrera y el padrino la instaló en uno de sus bufetes. Decía que era muy buena en la forma que tenía de proyectarse en las audiencias. Lo había demostrado en varias ocasiones. Todos hablaban de su energía, de cómo se las ingeniaba para ganar casi todos los juicios, lo mejor era que no paraba hasta ver en la cárcel a los abusadores. Su interés consistía en no defraudar la confianza y la fe que las personas colocaban en su trabajo.

Corrían los primeros días de la primavera la noche que, a la salida de un teatro, conoció a Mario, un joven de muy buen ver que le resultó agradable. Empezaron a salir. Los padres se alegraban al verlos juntos. Quizás con una relación seria se le quitaría la idea de arreglar el mundo.

–¿Qué hay con ese chico? –indagó la madre mirándole a los ojos–. No es correcto que sigas dándole paso a las murmuraciones. Si te ofrece matrimonio, acéptalo. Al menos hazlo por nosotros, para que no nos desacrediten más.

–Es sólo un amigo –respondió Lía ocultando el rostro–. No me desagrada, pero tendré que pensarlo. Ya les avisaré.

A decir verdad, Mario no le era del todo indiferente. La satisfacía sexualmente, la hacía disfrutar, pero había algo en su carácter que no acababa de convencerla. Sin embargo se enamoró perdidamente de él. Era posible que sus padres tuvieran razón. Con probar no perdería nada. No había averiguado todo lo relacionado con el chico del que solo sabía que era periodista y provenía de una buena familia. No lo pensó dos veces y aceptó su proposición de matrimonio. La boda fue todo un acontecimiento, pero esa misma noche comenzaron los suplicios. Lía se dio cuenta que el esposo había colocado una cámara de video para filmarla cuando estuvieran haciendo el amor.

–¿Estás loco? Quítala. No soy ninguna prostituta –exigió encolerizada–. Después de una larga discusión, Mario tiró los trajes al suelo y le dijo que buscara con quién pasar la luna de miel porque se iría a otro hotel. En su primera noche de bodas, Lía durmió sola. Al día siguiente apareció con un enorme ramo de flores, pidiéndole que lo perdonara y hasta alguna que otra lágrima dejó entrever al jurarle que no sucedería más. Sin embargo Lía se dio cuenta que los moretones en el cuello y el olor a otro perfume.

–¿Dónde has estado? No me digas que solo.

–¿A qué viene eso ? ¡Eres tan estúpida que te atreves a dudar de mí! Mira lo que hago con las flores –las pisoteó sobre la alfombra–. Pues sí me acosté con otra menos exigente que tú –Lía bajó la cabeza y tragó en seco. No hubiera deseado que su relación comenzara con tan mala pata, pero tampoco era ninguna aguantona.

A Mario se le había metido en la cabeza la idea de que Lía no volviera a los tribunales, por eso la mañana que la vio arreglándose apurada para acudir al bufete, se encolerizó, la tmó por el brazo para preguntarle:

–¿Por dónde tú oyes? No me hagas perder la calma. Te dije que no quería que regresaras al trabajo. Que te quede claro que tengo suficiente dinero para mantenerte. De aquí no saldrás.

–El que no oye eres tú. ¿De nada ha valido las veces que hemos conversado sobre el tema? Siento comunicarte que volveré a las salas de audiencia donde me aguardan nuevos casos –respondió ecuánime deshaciéndose del esposo–. No te he dado motivos para que me prohíbas trabajar. Espero que a mi regreso hayas rectificado tu locura.

–¡Lía! Tú eres la que no quiere entrar en razón–manifestó alterado–. Haces oídos sordos a lo que te digo, no tengo necesidad de aguantarte tus malcriadeces. Te quedarás aquí.

La tomó por los hombros y la tiró contra la cama. El timbre insistente del móvil evitó lo peor. Era el director del periódico para el que Mario trabajaba comunicándole que necesitaría de los servicios de su esposa. Quedó pensativo. Le debía favores. Había puesto en tela de juicio la veracidad de ciertas informaciones por darlas incorrectas

No tenían confianza en sus investigaciones, pero el director lo mantenía activo como reportero en la calle, dvirtiéndole que no podía cometer ningún otro error pues no habría una próxima vez, ya que lo expulsarían del diario. Ni por un momento Lía imaginaba lo mal que le iba al esposo. Sin embargo, a pesar de todos esos antecedentes, quería darse el lujo de mantenerla.

–Era una broma –dijo ayudándola a incorporarse–. Ve, ve para tu faena.

Esa misma noche, a la hora de la cena, le pidió el favor a la esposa. Comenzó un largo rodeo sin atreverse a decir de qué se trataba hasta que se decidió:

–Es que mi director ha tenido serios problemas.

–Si está en mis manos con mucho gusto lo ayudaré. ¿Qué le pasó?

–Ha violado a una menor.

–¿Qué has dicho? –Lía se volvió como una fiera–. ¿Has perdido el juicio? ¿Cómo te atreves a proponerme algo tan vergonzoso y humillante? Que lo condenen a cadena perpetua. Es un cobarde. No cuentes conmigo.

–¿Y con quién voy a contar, chica? No es para tanto ¿A ti qué más te da? Además te exijo que lo hagas, que lo defiendas y lo saques libre. ¿Oíste? Estoy obligado a protegerlo –la miró de reojo, sin poder decirle que estaba amenazado por el director que lo chantajeaba con sacar a la luz otro terrible asunto del que también lo había hexonerado, si Lía no lo defendía–. Esto no es un juego –reiteró–. Es mi jefe al que debo favores.

–¡Págaselos! Ese es tu asunto. Me niego a tomar el caso.

La disputa adquirió poderosas dimensiones. Mario, desesperado ante la negativa, la haló por el brazo pegándole varias bofetadas.

–Esto es para que no te hagas de rogar y aprendas a obedecerme ¿Quién te has creído que eres?

–Estás loco ¿Cómo se te ocurre golpearme? Jamás te lo perdonaré –gritó Lía limpiándose la sangre de la comisura de los labios con el dorso de la mano–. Despreocúpate, sé lo que tengo que hacer.

Lía subió al coche y salió a toda velocidad. Por el camino y con la cabeza más fresca determinó que no pondría la denuncia pues no quería aparecer como víctima y servir de estandarte a cualquier campaña propagandística. Esperaba a que ese tipo de agresión no volviera a repetirse en su persona. No era por miedo, sino por la pena de contar lo sucedido, no podía apartar de su cabeza la idea de que su marido la hubiera golpeado. Giró el coche y regresó a su casa.tampoco valdría la pena mostrarles a sus padres su fracaso. Al día siguiente tuvo que ir a trabajar con gafas oscuras para ocultar los cardenales del abuso. Por la tarde lo vio entrar sin ningún signo de preocupación, sin haber realizado ni siquiera una llamada al móvil para saber de la esposa.Venía más ofuscado y agresivo que la vez anterior. Tenía la presión del director y la negativa de la esposa.

–No te hagas la tonta conmigo, Lía –dijo a modo de saludo–. Mira que el asunto de mi jefe no es cuestión de juego. Toma el caso o de lo contrario la pasarás mal.

–A mí no me intimidas –aclaró–. Ni por todo el oro del mundo defiendo a un violador y mucho menos de menores. ¡Olvídalo! –exigió enérgica, pero no pudo continuar, sintió los nudillos del esposo contra su boca.

–Te pesará haberte negado –gritó elevándose a la cima de la naturaleza animal.

Levantándola por los hombros con una energía insospechable, la dejó caer contra el piso golpeándola en pleno rostro. Dándole patadas por donde la agarrara. Puñetazos por los senos, en los ojos, sobre las costillas. La mano del marido iba y regresaba con más rabia. Le halaba el pelo como si quisiera arrancárselo. Estaba frenético, desconocido. Salvaje.

–Déjame, abusador –intentaba defenderse pero las fuerzas del esposo eran superiores. El puño caía violento sobre la nariz, la sangre que brotaba por las fosas nasales fue confundiéndose con la de los labios. Inconsciente,tirada en un rincón, con el cuerpo adolorido, sin apenas poder abrir los ojos y un torbellino de ruidos, e imágenes desordenadas en el cerebro, estaba la defensora de las mujeres. Después de un largo rato fue recobrando el sentido. Era lento su entendimiento, escapaban las ideas, hizo un esfuerzo por abrir los ojos y un líquido caliente y pegajoso se lo impidió. Parecía mentira que aquella mujer que era capaz de enfrentarse a criminales, no hiciera nada para librarse del maltrato. La misma mujer que abogaba por los derechos de las demás, tuviera que andar a rastras en busca del móvil para llamar a sus padres.

–Por favor, papá, necesito ayuda. Ven y llama a una ambulancia –dijo con hilo de voz antes de regresar al silencio de la inconsciencia.

Era una situación difícil y bochornosa. No sabía cómo había permitido que la golpearan de esa forma. Comprendía que le había pasado por no cortar el mal de raíz. Ahora más que nunca comprendía el objetivo de su lucha. Mientras más sufría las consecuencia del maltrato, más sentía la necesidad de combatirlo. Una semana estuvo Lía guardando cama. De nuevo se apareció al despacho con gafas oscuras, evitando las preguntas por los visibles moretones y desviando la atención de los de la prensa sensacionalista. Los colegas al verla en ese estado le aconsejaron que tomara un descanso.

–Hija, vengo a pedirte que seas indulgente y acabes de hacerle el favor a Mario, para que evites más problemas –rogó la madre cuando fue a visitarla–. Se ha aparecido en varias ocasiones en la casa amenazándonos. No busques más inconvenientes. No quisiéramos volverte a ver de este modo.

–¡Qué poco me conoce ese infeliz! –expresó enojada–. Me exige que limite mis deseos de hacer justicia. No sé ni cómo no lo he denunciado. Pero debo decirte algo que me preocupa. Estoy embarazada –la noticia hizo que los ojos de la madre se cubrieran de lágrimas–. No te entusiasmes, que dada las circunstancias, no estoy segura que me convenga tenerlo. Mario no cambiará su modo de ser por el nacimiento de un hijo, por eso te suplico que no le comentes a nadie. .

A tantos ruegos de sus padres, Lía admitió ser la defensora del violador.

–Ves que cuando te portas bien no tenemos problema –insinuó Mario tratando de acariciarla, pero Lía lo esquivó–. Me alegra que te hayas decidido a asumir la defensa de mi jefe. Como soy agradecido, en cuanto termine el juicio nos iremos de viaje.

–En cuanto termine, iniciaré los trámites de divorcio –respondió categórica–. Y ahora vete quiero estar sola para analizar bien los que debo hacer. El caso está súper difícil. No te arriendo las ganancias.

–Procura que salga libre –dijo amenazante.

El acusado le habíale enviado una carta a Mario donde explicaba bien claro, que si la sentencia era desfavorable e iba a prisión, los medios de prensa tenían la orden de sacar a la luz, toda la basura que él había cometido como periodista e informaría a todas las redacciones su incompetencia como trabajador.

–Confío que tu defensa sea la mejor. Que te quede claro que todo debe salir bien. Ya me conoces.

En ningún momento Mario sospechó que su esposa iba poniendo en manos de la fiscalía todos los datos que consideraba necesarios para inculpar al violador.

El fallo del juez fue inapelable, condenaron al director del periódico. Reporteros y curiosos corrieron hacia la abogada al verla salir de la audiencia, acosándola a preguntas, pero como llevaba prisa, porque sus padres la aguardaban después que acabara el juicio, hizo a un lado a los periodistas. Se disponía a entrar al coche cuando se escuchó el disparo.

Lía cayó al suelo con un tiro en l        a frente.