"Las tribulaciones de un dragón", Sany MG

22.06.2013 20:01

En un país muy lejano, hace muchísimo tiempo, vivía un dragón que como todos los dragones, cuidaba una torre donde una princesa estaba prisionera de una bruja. La pobre chica de turno lloraba la mayor parte el día, sin dejar de de mirar por el ventanuco del torreón, atisbando esperanzada la llegada del caballero de brillante armadura que viniera a rescatarla.

El dragón había perdido la cuenta de la cantidad de princesas que había custodiado. La mayoría eran hermosas jóvenes que habían sido raptadas por la bruja. Esta pedía unos rescates cuantiosísimos a cambio de devolverlas a sus padres. Normalmente los reyes pagaban y las princesas se iban con viento fresco, sin siquiera dedicarle un adiós al pobre dragón que las había cuidado.

Antes de decidirse a ir al oculista y cambiarse las gafas, la bruja trajo a un par de chicas que por más princesas que fueran, eran absolutamente horrorosas. Como no había quien pagara ni se presentaba ningún caballero a salvarlas, el dragón tuvo que restituirlas sigilosamente, rogando que nadie se diera cuenta, no fueran a devolvérselas.

También se llevaron un chasco cuando una bella prisionera resultó tener un carácter avinagrado y ser tan pedante y caprichosa, que en vez de rescate los parientes ofrecieron pagarles para que se la quedaran. La mandaron a casa inmediatamente.

Lo más penoso para el dragón era que al estar todo el día al pie de la torre, terminaba siendo el confidente de las jóvenes que volcaban en sus sensibles hombros las tristes historias de sus vidas. El pobre bicho no tenia alma de sicólogo y acababa deprimiéndose.

Y no digamos la de pruritos, ronchas y ulceraciones, que le provocaban los ungüentos y pociones que traían los caballeros, convencidos de portar el método infalible para acabar con él. Solo lograban que se cabreara y los churruscara. Pero después de echarlos, lo pasaba fatal recuperándose.

En definitiva, la vida del animalito no era precisamente un lecho de rosas. Y la paga que obtenía de su sacrificadísimo trabajo, era comida, escasa y de objetable calidad y techo, si a una pequeña choza sucia y que se llovía por ocho agujeros diferentes, se le podía llamar hogar.

Ante este panorama, el dragón un día decidió rebelarse. Cuando llegó la bruja, con la última de sus víctimas, le explicó muy amablemente que ya no iba a cuidar más princesas, ni lindas, ni feas, ni buenas, ni malas.

La arpía montó en cólera, que no en su escoba que estaba apoyada en un árbol cercano y le dijo que él no iría a ningún sitio… si lo intentaba le haría un hechizo. El dragón se limitó a resoplar un pelín y la varita de la malvada mujer se convirtió en cenizas. Entonces sí que montó en su escoba y se fue volando más rápido que el viento.

El enorme animal, al verse libre, se puso a bailar y a saltar, pero como no estaba acostumbrado, por poco se da un coscorrón de los gordos, así que prefirió festejar con algunos resoplidos chisporroteantes que parecían fuegos artificiales. Cuando se le calentó la nariz, se dejó de fiesta y se fue a su casucha a hacer la maleta.

Puso sus pocas pertenencias en un mantel y lo ató a la punta de un palo, como había visto hacer a muchos que pasaban cerca de la torre camino quien sabe a dónde. Pero se dio cuenta que no podía volar con el palo al hombro y si lo llevaba en la boca y le daba por estornudar, ¡adiós equipaje!

Optó por hacer un paquete y colgárselo al cuello, así podría viajar cómodamente y tendría todo a mano. Terminados los preparativos, se despidió del lugar que había sido su casa durante tantísimo tiempo y se fue sin rumbo fijo.

De lo que no se había percatado, era que la gente no estaba acostumbrada a ver aparecer en el cielo a una bestia enorme, verde, con escamas, unas alas gigantes y que para colmo echaba fuego por la boca.

Cuando sobrevolaba un pueblo, los lugareños le tiraban con todo lo que tenían a mano y gritaban aterrorizados. En ese estado no había como dialogar con ellos y explicarles que él era un dragón inofensivo que solo quería ser libre y viajar.

Visto que en las ciudades no había un lugar para él, se fue a las montañas, pero allí hacia demasiado frio y a los dragones les van más los climas cálidos, digan lo que digan los especialistas. Cogió un fuerte catarro, que lo tuvo tosiendo chispas durante días. En cuanto se sintió mejor se fue al desierto.

Allí el ambiente era más agradable, pero se aburría sobremanera. Empezaba a echar de menos las charlas de las chicas, contándoles que si la dama de tal y cual no la quería o si la duquesa de aquello le tenía envidia, en fin las cosas de las que se quejan las princesas. Se sentía tan triste que hasta a la bruja extrañaba.

Era tan grande la añoranza que sentía que casi sin darse cuenta se vio tomando rumbo a su antiguo hogar. Al llegar lo encontró todo muy descuidado. Nadie había siquiera pasado una escoba o un plumero y su choza tenía tres agujeros mas. Pero se sentía feliz de estar en casa nuevamente.

Los pájaros eran muy cotillas y al poco llegó la bruja. El dragón puso cara seria y le dijo que se había afiliado al sindicato de dragones y que las cosas deberían cambiar.

La bruja le construyó una casita ambientada como si fuera una cueva, le prometió tres comidas diarias, abundantes y nutritivas y le compró una aspiradora y friegasuelos con perfume a lavanda. Y puso un cartel: “dragón inmune a las pociones, no se moleste ni lo moleste a él”

Cuando partió en busca de su próxima cautiva, el dragón se quedó expectante, pensando que le traería su patrona esta vez y esperando de corazón que se hubiera dejado la tontería de la coquetería y usara las gafas.