"Las ninfas del bosque", La Madriguera

05.06.2013 09:46

Hay una leyenda que cuenta que una vez, hace mucho tiempo, vivían en estos bosques de Sierra Dorada del Río Plateado unas hermosas ninfas cuyos cantos superaban los bellos trinos de las mejores aves cantoras.

Eran muy felices y la armonía reinaba entre los habitantes del bosque, pero un día llegó un enorme y apuesto ogro que sedujo a todas las ninfas.

- ¡Pero qué hermoso es! -Suspiraban unas.

- ¡Ojalá me pidiera para ser su mujer! -Se ilusionaban otras- ¡Qué feliz sería!

- ¡Es tan guapo, tan atento, tan...! -Casi se desmayaban las más románticas mientras lo seguían con la mirada.

El gigante cada semana invitaba a una de ellas a su castillo y nunca más volvían a saber de ella, aunque todas lo atribuían a su fracaso en la conquista. Eso explicaría que la desafortunada huyera avergonzada sin querer hablar con sus hermanas y crecía la alegría secreta de éstas por la oportunidad de poder ser escogidas.

- Si yo fuera vosotras -Repetía la más pequeña-, jamás de los jamases me atrevería a ir con ese gigantón.

- ¡Anda, niña, cállate! -Le espetaban todas escandalizadas- Es tan bueno... ¡como un corderito, criatura! ¿Cómo no podrías irte con alguien así?

- Aún así, espero que desaparezca del bosque para que vuelvan nuestras hermanas, si es que no las ha engullido.

Al oír aquella sentencia de la menor de las ninfas, las otras le retiraron la palabra y se excedieron en atenciones y amabilidades con el gran ogro.

- ¿Cómo puede creer -Ponían algunas el grito en el cielo-, esa muchachita que pudiera ser elegida? Es la más chica de todas y, además, la más fea también.

- Es demasiado engreída y orgullosa. -Confirmaban otras convencidas- La envidia la carcome. ¡Pobrecita, se asemeja tanto a un conejo!...

- Es normal, pues -Se compadecían unas terceras-, que desee que todas seamos unas desgraciadas. A falta de hermosura quiere apartarnos a nosotras de este príncipe.

Pero pese a ser atractivo, dulce y atento con las pequeñas ninfas, el ogro, una vez en su castillo, no dudaba en coger con brusquedad a la desdichada de la semana y, con ropa y todo, la introducía en su espantosa boca y se la comía con puro placer.

[¡Debí seguir el consejo de mi hermanita menor!], era lo último que les daba tiempo a pensar ante aquel horror de grandes dientes amarillos.

Las ninfas, al ver cómo disminuía el número de su especie, empezaron a alarmarse y a dudar del paradero de sus hermanas, pero por más que lo intentaban no podían evitar coquetear a la vista del gran y apuesto ogro.

[Es demasiado bonachón como para desconfiar de él], se decían todas y, semana tras semana, caía alguna en sus redes.

- Deberíamos huir ahora que aún quedamos algunas con vida. -Murmuraba la menor, pero las demás no le hacían caso.

Así, día a día, el bosque fue despoblado de ninfas, pero se dice que la más pequeña logró escapar y que hoy en día sigue escondida en una madriguera, ignorante de que su enemigo desapareció hace mucho tiempo atrás.

Es por eso, niñas y niños, que los conejos huyen cuando nos ven llegar. Ellos creen que somos el ogro que ha vuelto y por eso corren a avisar y proteger a su reina: la pequeña y sabia ninfa.