"Las manos del ahorcado", Brisa

24.09.2013 09:53

 

La noche parecía haberse escapado de una historia de terror, el viento gritón se escapaba en triciclo despavorido, las estrellas se tomaban de las manos tan fuerte como podían, y los grillos y las luciérnagas se sentaban a charlar bajo la luz de un farol.
Los niños caminaron durante largas horas, en compañía de la soledad, y el leve resplandor de una linterna, buscando, el lugar más tenebroso para pasar la velada, e internándose en un sendero de tierra rodeado por altos pinos y eucaliptos. A lo lejos del camino pudieron ver enormes murallas de piedra con crucifijos de metal y de madera.
Sin duda alguna... ¡Estaban cerca de un cementerio abandonado! Y entusiasmados, no cavilaron un solo minuto en quedarse allí. Buscaron el sitio más cómodo, acomodaron sus bolsos, recorrieron el lugar, juntaron hojas y ramas, y encendieron un fogón para calentarse del frío.
Con el correr del tiempo, los cuentos de terror en ronda, alrededor del fuego, se hacían cada vez más escalofriantes, y la vez, la noche se ponía más oscura.
Cuando el reloj marcó las doce, se asomó la luna llena, que tenía un miedo que ni te puedo contar, y los muertos se asomaban desde sus tumbas con sus rugosas y delgadas manos y con un hambre de locos, de esas hambres que poco se ven.
Asustados todos los pequeños echaron a correr, buscando un escondite seguro para refugiarse,
después, hicieron planes para acabar con todos los zombies y salieron decididos a luchar contra ellos. Espada con espada, y cuerpo contra cuerpo, pelearon hasta el amanecer y se sintieron Super heroes al ver que todos los esqueletos quedaron transformados en polvo mágico. Pero no se dieron cuenta, de que aún quedaba uno, entonces, lo tomaron del cuello y lo colocaron de nuevo en su tumba.
Finalizada la aventura, los niños tomaron todas sus pertenencias, y caminaron hacia la puerta de salida, con la idea de nunca más regresar. Pero detrás de ellos unas manos sangrientas se hacían presentes.