"Las cucarachas no pican", Sany MG

01.10.2013 10:11

 

 

Madre e hijo preparaban el almuerzo juntos, mientras charlaban risueños y cómplices. El niño hacía de “pinche” ese día y su misión era ir trayendo los ingredientes a medida que el “chef” los solicitaba. – Anda cielo, por favor, sé bueno y alcánzame esa patata que se me acaba de caer y rodó bajo la alacena. La muy sinvergüenza no quiere convertirse en tortilla – comentó la mujer entre risas. El chiquillo entusiasmado se agachó y se estiró todo lo que pudo para alcanzar el tubérculo. De pronto, se levantó de un salto llorando asustado y gritando: – ¡Mamá, me picó una cucaracha! ¡Me picó una cucaracha! – Cariño, las cucarachas no pican. Te habrá rozado y la impresión te asustó – le contestó la madre desde la seguridad de la experiencia. – Que no mamá, que me picó de verdad. Me picó, te lo prometo, me picó y me duele muchísimo – insistía el niño frotándose el codo con la otra mano y con la carita bañada en lágrimas. La mujer meneó la cabeza entre condescendiente e incrédula, pero al sentir ella también un pequeño pinchazo en el pie y ver a uno de esos asquerosos insectos correr hacia un refugio seguro debajo del frigorífico, se inclinó para observar más de cerca la herida que le señalaba su hijo. Unos pocos centímetros antes del codo, la piel había cambiado de aspecto y de color, se le estaba oscureciendo a ojos vista tomando un insano color marrón. Parecía como si se endureciera y se transformara en alguna clase de plástico brillante y escamoso, con una rapidez inusitada y abominable. Cuando, segundos después, el fenómeno comenzó a extenderse por el resto del brazo del niño, la mujer no pudo soportarlo más y piadosamente perdió el sentido. Se despertó en el suelo de la cocina, asustada, respirando agitadísima y buscando desesperadamente a su chiquillo. Cuando lo vio al lado de la pata de la mesa, se sintió más tranquila. Lo observó y admiró, henchida de orgullo ante la belleza de su vástago. Allí estaba, acicalándose con esmero las lustrosas extremidades. Con las alas plegadas, parecía más grande de lo que era, apenas cinco añitos. Ese fue su último pensamiento, antes de que el zapato de su esposo la aplastara inmisericordemente.