"Las chicas-león", Longobardo

01.10.2013 10:10

 

 

 

 

 

 

Noche de luna nueva, en África. Las sombras se han apoderado de todo el mundo. En las noches como ésta, la tradición cree que los espíritus malignos pueden salir de la selva, para contaminar el mundo de los hombres.

 

La aldea duerme en la oscuridad total. Sólo los ojos de los depredadores pueden distinguir las formas de las cosas, como si fueran gafas de visión nocturna. De vez en cuando, el grito desesperado o el chirrido de una víctima denuncia que un depredador se ha ganado su comida.

 

Cuatro sombras furtivas pasan más allá de la valla de espinas, alrededor de los hogares, sin miedo por los fetiches que debrían proteger contra los malos espíritus. El perro que guarda la cabaña tiembla, alarmado. Apenas tiene tiempo de girar sobre sí mismo, pero no puede ni siquiera emitir un jadeo. Se ahoga en una regurgitación de sangre, con su garganta cortada por largas garras afiladas. Pasos sigilosos se introducen a través de la puerta, ahora sin protección. En unos instantes, la tragedia ocurre. El olor sombrío de la muerte llena el aire de la pequeña habitación. Una capucha fría cobre el corazón del mundo, en el silencio. A partir de los árboles en el borde del claro, un búho entrega su apelación oscura.

 

Las pequeñas sombras salen de la aldea, dejando huellas de sangre y signos de garras afiladas. No se mueven más como bestias salvajes. Su aspecto recuerda el pelaje de los gatos, las huellas son las de los depredadores, pero caminan en sólo dos piernas. Se agrupan y se van silenciosamente hacia la colina. En una terraza alta, que domina el pequeño pueblo de chozas, el grupo se detiene y se vuelve a mirar.

 

Sólo entonces, todas juntas, las sombras misteriosas dejan sus pieles, las garras afiladas de acero que cubrían sus dedos, y se desatan en un alboroto salvaje. Parecen bestias salvajes, despeinadas, emitiendo unas risas gruesas, como las hienas, pero son chicas, de semblante humano. Los perros se despertan y llenan el valle de cortezas, ahora inútiles.

 

El sol que se levanta debría despejar los temores de la noche. La chica Abla se despierta como todas las mañanas, y sale de su choza, para ir al pozo a buscar agua. Ella descubre en la primera luz un largo rastro de sangre que va desde la valla de los vecinos hacía al límite de la selva. La niña echa a correr por el pueblo y despierta a la gente con fuertes gritos. Los hombres se arman y entran cautelosamente en el recinto de la sangre (como se llamará, a partir de ahora, la casa alcanzada por la maldición de los espíritus nocturnos). Ven el perro decapitado, encuentran a toda la familia masacrada mientras dormían: el cuerpo de Oxu, el guerrero más valioso de la tribu, se encuentra roto y desgarrado, junto con los de su esposa, de los padres ancianos y de sus dos hijos, en un lío obsceno de rojo oscuro, incluyendo moscas, mosquitos y cucarachas, ya atraídos por el olor de la sangre.

 

El mundo estaba convencido de que África Negra ya no conservaba ningún secreto antiguo, y que no habría obstáculos al desarrollo, salvo los ocultos siniestros intereses económicos, que alimentan las guerras modernas para el agua y la energía.

 

En un país de África Central, apareció en un periódico la noticia de un juicio penal. Era la oscura historia de un grupo de chicas, raptadas pequeñas en algunas aldeas rurales. Encerradas durante años en jaulas, fueran entrenadas para comportarse como carnívoros salvajes, comiendo sólo carne cruda y sangrienta, obligadas a capturar presas para su alimento. Una vez que hubieran completado el entrenamiento salvaje, habían sido utilizadas para llevar a cabo asesinatos por encargo. Atacaban en grupo a las víctimas designadas, cubríendose con pieles frescas, que despedían un fuerte olor de animales salvajes, con garras afiladas de metal en las manos y los pies. Su acción no se distinguía de un ataque de fieras depredadoras, con la excepción de una característica típicamente humana: los animales, por su naturaleza, sólo matan para comer o para alimentar a sus crías. Sólo un animal enloquecido – o, por supuesto, el hombre – mata cuando no siente los apetitos del hambre.

 

Durante mucho tiempo he soñado con ser perseguido por las mujeres–león o por sus dueños.

 

 

Ayer por la tarde, en el parque, a unos pocos cientos de metros de mi casa, parece que una pantera gigante fue vista deambulando por el parque y la policía anda cazándola, incluso si no está demostrada la existencia del animal.

 

Creo que yo sé, en mi corazón, que los bateadores no encontrarán ningún gato... pero ¿quién me creería si le dijera todas las pesadillas que sobreviven en mi memoria?