La última virgen

16.11.2016 11:06

Iris llegó a la casa empapada y temblorosa, entre sollozos, aseguraba que no quería ir más a la escuela. Las niñas la habían empujado hacia la calle a que se mojara en el aguacero para ver si se le desteñía la piel y se le encogían las pasas.

--- ¿La maestra no hizo nada para defenderte? – Se interesó la madre-- Ya estás bien grandecita Iris. Nadie tiene derecho a doblegarnos porque tengamos algún defecto físico o más oscuro el color de la piel. Aprende a que no te humillen. Mañana mismo iré a ver a la directora – aseguró- ¡Basta de llanto! Con lágrimas no resuelves nada.

Se sorprendió al escuchar su propio criterio. En ese momento entró el esposo:

--- Rafael tú sabes que soy muy ecuánime, pero me conozco – manifestó sin siquiera saludarle -- No permitiré que vuelvan a abusar con la niña. Dile que te cuente lo que le pasó. Te advierto que aún conservo el cuarto en casa de mis padres. Tú eliges porque ya me cansé.

--- Al menos déjame llegar – reclamó -- Se que estás enojada, pero con esa actitud poco resolverás, debes tener paciencia.

---Eso díselo a los que piensan que esto es Alabama y no parte del país. No tengo porqué andar reclamando derechos civiles. Tampoco poseo alma de líder para transformarles las mentes de esos racistas.

El marido abrió los ojos asustados.

--- Sí que estás alterada. No vuelvas a repetir eso. Aquí no hay racismo--aclaró.

-- Búscale otro nombre a lo que hicieron a tu hija -- indicó -- Que no vuelvan a equivocarse porque no estoy segura de que funcione mi sensatez.

Rafael bajó la cabeza y tragó en seco, conocía el carácter de su mujer y lo peor era que a veces tenía razón. Después de aquel incidente, siguieron otros, la situación se agravó por lo que Alina tomó la determinación de marcharse.

--- Nos vamos-- anunció al esposo mientras cerraba las maletas --. Regreso a casa de mis padres Terminaré la carrera de Derecho para ejercerla en otro lugar. No creo en la equidad, ni la justicia de este pueblucho. Mi hija no perderá su autoestima por tu culpa. Cuando tenga que hablar de prejuicios tomaré a tus vecinos como referencia.

--- La prejuiciada eres tú – protestó Rafael-- Ves fantasmas donde no los hay. Esas son personas apegadas a sus costumbres. La mayoría son hijos de isleños o de canarios. Nosotros tenemos muchas mezclas.

--- ¡Ay, Rafael! ¿Hasta cuándo vas a tapar el sol con un dedo? Yo también soy isleña, nací en esta isla; en la que si sacas cuenta hay más negros que blancos ¿Qué te parece? El orgullo de mi raza es un derecho antiguo que heredé de mis ancestros. Escúchalo bien tengo identidad racial y todos están obligados a respetármela. Nadie te mandó a casarte con una negra tan prieta como yo.

Un silencio cargado de incomprensiones tornaba densa la conversación, pero Rafael no se daba por vencido. En el preciso momento en que iba a reanudar la conversación Iris anunció:

--- Mami, llegó el taxi.

 

 

Nadie podía calcular las vueltas que daba la vida, ni las sorpresas que deparaba en cada uno de sus laberintos. Alina supo que Rafael se empeñaba en no abandonar aquel lugar porque tenía otra relación.

A Iris le afectó el divorcio de sus padres. Ya era toda una adolescente y había logrado entrar a la Academia de Artes Plásticas, donde desarrollaba de forma vertiginosa su vocación. Su madre apenas tenía tiempo para dedicárselo. El trabajo del bufete la absorbía. Quizás por esas razones la tarde que la hija determinó ir a hablarle de su problema. La encontró discutiendo con uno de sus colegas:

--- Que te quede claro que todos los negros no son delincuentes, es una teoría fabricada y falsa ¿No será que ustedes ven en todos los negros a un delincuente? ¿Hasta cuándo vamos a mantener ese concepto?

--- Hasta que demuestren lo contrario-- se atrevió a responderle otro letrado. Parecía que la discusión no tenía para cuando acabar.

Iris lo pensó mejor, con ese grado de alteración no podría decirle a la madre que estaba viviendo los días más felices de su adolescencia con aquel hombre que descansadamente podía ser su padre. La pasión que sentía por su profesor de pintura le robaba la calma y los sentidos.

El artista era un personaje de renombre. Sus ojos claros, el pelo entrecano, daban un toque especial a la estatura poco común. Traía desquiciada, a la mayoría de las estudiantes, más de una alumna suspiraba por él y otras tantas fueron seducidas por el galán.

--- ¡Qué clase de blanca se ha desperdiciado ahí! -- conversaba el profesor con un colega--Esa niña no se me quita de la mente. Tiene tremendo cuerpo Da por hecho que la convenzo para que se acueste conmigo. No cejaré en mi empeño de añadir una virgen más a mi expediente de conquistador.

--- ¡Hay gustos que merecen palos!—acotó otro profesor—Ni muerto me acuesto con esa prieta.

--- Pues yo sí—afirmó con mirada lasciva—Parece una diosa de ébano.

--- De chapapote diría yo—la burla resultó colectiva.

 

Esa misma semana el profesor llamó aparte a Iris.

--- ¿Estarías dispuesta a posar para mí?—la alumna lo miró asombrada. ¡No podía ser verdad! Sintió centenares de campanillas tintinearle en los oídos -- Después de clases irás a mi estudio. Te pido que no lo divulgues. Debes guardar la mayor discreción. Nadie debe saberlo. Prométeme que no se lo dirás ni a tu madre—la tomó por la barbilla y con la altanería que lo caracterizaba afirmó --Puedes darte por dichosa que alguien como yo, te elija -- notó el entusiasmo en la expresión de la chiquilla; el brilló de sus ojazos negros, dijeron más que las palabras.

 

El artista la vio llegar y se frotó las manos. Tras una breve explicación pidió que se desnudara. Iris hizo un gesto de extrañeza. Era muy pronto. Se sintió avergonzada, pero se deshizo de la última prenda.

El profesor observó cada detalle de aquel cuerpo perfecto. Sus manos se deslizaron por la piel tensa. Tras el caballete intentó disimular la erección y comenzaron los primeros trazos. Debía dominarse, refrenar sus ímpetus o la atemorizaría. "No, esta vez no --repetía mentalmente -- Debo ser juicioso no cometeré la locura de tener relaciones carnales en el primer encuentro como en otras ocasiones. Tampoco esperaré mucho, estoy obsesionado con esta conquista"

---Vístete, por hoy terminamos. Recuerda a nadie. A nadie, digas que eres mi modelo.

Sin embargo la ansiedad del profesor, pudo más que la sensatez, solo espero un encuentro más para poseerla.

-- Iris, tienes un cuerpo espectacular-susurró exaltado al oído de la chiquilla que se erizó de pies a cabeza-- Sabes que soy casado, mi esposa está de viaje y no me separaré de ella, ni por ti, ni por ninguna otra. Te advierto que no quiero inconvenientes, ni compromisos – continuó con todas las indicaciones mientras buscaba los puntos claves que la harían estallar de goce –Estás loquita por mí – admitió, engreído, mientras poseía a la adolescente -- Una virgen más -- resopló satisfecho -- ¿Quién iba a decirme que algún día me acostaría con una negra?

Dándole dos nalgadas en los prominentes glúteos le pidió que se vistiera.

 

Iris no sabía fingir. Debía encubrir las relaciones con el profesor, pero no pudo aguantar la tentación de confesárselo a su mejor amiga, una joven experimentada en las lides amorosas, que asustada por la osadía de la jovencita la advirtió que debía cuidarse o podía quedar embarazada Y añadió:

--- Averigua cuál sería la reacción de tu profesor en caso de que eso sucediera. Montale un teatro y así saldremos de dudas.

 

La noticia estalló como una granada llenándole el cuerpo de esquirlas al profesor. Insultos, amenazas, revolotearon por toda la cátedra, privándole del sentido común. Estaba totalmente descontrolado; le recordó que desde el principio había hablado claro, que no quería complicaciones.

-- Busca quien te dé la sangre, negra de mierda. Sácatelo y olvídate de que existo. No pretendas joderme que está muy prieta tú para eso – hablaba bajo para que nadie lo escuchara. Con el índice extendido hacia la puerta le indicó la salida sin antes aclararle ---Que no me entere que hayas comentado esto con alguien. Quítate de mi vista. Nadie te calcula eres una zorra.

 

Iris salió de la escuela con pasos lentos, como una sombra anulada de la realidad caminaba por las calles. Sentía una sensación de dolor terrible, como si la hubiesen lanzado a un vacio muy profundo. Las crueles palabras del profesor no se apartaban de su cerebro. Habían quemado su corazón de adolescente. Los insultos no se apagarían jamás en sus oídos, solo oía el eco de su voz y el agravio de sus injurias. El desánimo, la vergüenza, le provocaban deseos de morir. No soportaría el bochorno de volverle a ver en clases ¡Cuánto humillación! Era el primer dolor profundo que rompía sus ilusiones. Andaba como una autómata. Se sentó en un parque y desató el llanto, los sollozos no la dejaban razonar. De repente la rabia cegó su entendimiento, algo debía hacer, se mordió los labios, apretó los puños y recordó las palabras de la abuela:

"Tú no estás desamparada. No te hemos enseñado a ser sumisa.

¡Ay niña, si a ti nadie te calcula! Eres como el toro que baja la cabeza para embestir"

Iris respiró profundo. De un manotazo limpió las lágrimas y dijo para sí:

---No me quedaré burlada – aseguró--No seré yo quien deje la escuela.

 

 

A esa hora de la mañana el bufete donde trabajaba Alina estaba bien concurrido. Iris entró corriendo y gritando como si alguien la persiguiera.

-- Mami, mamiiii Ayúdame, mami. Por favor. ¡Ayúdame!-- Todos la miraron asombrados. Estaba pálida temblorosa. Abrazó a la madre, sin dejar de llorar, y a viva voz, le dio la noticia.

-- ¡Ay mami, mi mamita! ¡Haz algo, por favor, haz algo! El profesor de pintura me violó.