"La sonrisa de Micaela" (colaboración especial)

14.01.2015 15:42

Así de sencillo

Para los niños afortunados, disfrutar de una buena navidad depende de muchas cosas: Que papá y mamá tengan trabajo, dinero y cupo en sus tarjetas de crédito para comprar árbol, pesebre, adornos, comida y regalos de navidad. Que ambos les roben un tiempo a sus múltiples quehaceres para visitar en Nochebuena la casa de los abuelos. Que en casa de los abuelos se reúnan tíos, tías, primos, primas y buenos vecinos para cantar villancicos, comer golosinas, buñuelos y mantecadas y dar y recibir abrazos, sonrisas, gozos y aguinaldos. Que la abuela, tío gordo y tía soltera, para alegrar la velada, organicen juegos, cuenten buenas historias, preparen bebidas azucaradas y toquen guitarra, tambor, flautín y pandereta. Que los canales de televisión por suscripción emitan las películas y los especiales navideños de siempre cargados de nieve, duendes, renos, juguetes y Santa Claus, jo jo jo. Y que todos los protagonistas: niños, padres, familiares, ciudadanos y país en general olviden durante una semana sus problemas y recarguen el corazón de buenos sentimientos para recibir a Niño Dios, Reyes Magos y Papa Noel como sólo ellos se lo merecen por ser tan buenos.

Para Micaela, en cambio, para sus hermanos y vecinos, digamos que para todos los niños que van a merendar al Comedor Comunitario de Bajos de Japón disfrutar de una buena navidad depende de una sola cosa, una nada más. Que el día previo al nacimiento de El Niño Dios es decir el veinticuatro de diciembre, sea lunes, martes, miércoles, jueves o viernes. Sólo eso. Así de sencillo.

Porque si ese día es sábado o domingo es decir un día no laborable, el comedor comunitario no abrirá sus puertas y, al no abrirlas, Micaela, sus hermanos y los demás niños del barrio no comerán y en tales circunstancias, con el hambre a flor de piel, con la barriga más desocupada que un colegio en vacaciones, no podrán tener felicidad. Por muy y que Santa Claus, duendes y renos de los anuncios publicitarios hiciesen hasta lo imposible por alegrarlos, como es su deber hacerlo con todos los niños del planeta, sin distingos de sexo, raza o clase social.

 

En dos mil diez todo fue diferente

Micaela lo sabe al pie de la letra porque en dos mil once lo experimentó en carne propia. Ese año, las puertas del comedor comunitario de Bajos de Japón estuvieron cerradas la víspera de navidad y, al estarlo, no hubo arroz, papas, ahuyama, pollo, jugo de tomate y un pedazo de torta para los niños del barrio quienes, hambrientos y tristes a pesar de los esfuerzos de Santa Claus, duendes y renos de los anuncios publicitarios por alegrarles la ocasión, tuvieron una navidad más negra que el carbón.

En cambio en dos mil diez todo fue diferente. El profe Germán y la profe Mencha, un poco para variar el menú y otro poco para sorprender a los niños, autorizaron que se sirviera pizza en el comedor el día veinticuatro, pizza de pollo, queso y una cosa riquísima que se llama champiñón, tres porciones para cada uno, y un vaso grande de gaseosa y un pedazo de torta más grande todavía… «Profe, ¿podemos llevarnos la torta a casa para comérnosla mañana?». «Pueden. Pero que no vaya a saberlo el director porque de pronto nos regaña».

De esta suerte, con la barriga llena y el corazón recargado de buenos sentimientos, Micaela les cantó villancicos a sus hermanos menores en Nochebuena y les contó historias cargadas de nieve, duendes, renos, juguetes y risas de Santa Claus… «Jo jo jo, jo jo jo». Luego cada cual se comió su pedazo de torta y una que otra pizca de champiñón que habían guardado para la ocasión, y fueron felices sin más ni más, como si pertenecieran al grupo de niños afortunados del planeta. 

 

Será lunes

Aunque corre el mes de julio y falta todavía mucho tiempo para llegue diciembre algunas tiendas de la ciudad comienzan a anunciar sorpresas, novedades y grandes descuentos para la temporada navideña. Por tal razón, con algo de temor, cruzando los dedos y juntando con la imaginación tréboles de cuatro hojas, sus hermanos le preguntan a Micaela si en este dos mil doce, el día veinticuatro de diciembre, las puertas del comedor comunitario de Bajos de Japón estarán abiertas o estarán cerradas…

Consultando el almanaque y sonriendo como el Santa Claus de los anuncios publicitarios, Micaela les responde que, gracias a Dios, será lunes y por lo tanto las puertas del comedor estarán abiertas de par en par y sus mesas estarán repletas de pizzas y gaseosas o, por qué no, de hamburguesas, emparedados de pollo y de jamón, golosinas y cajita feliz. 

Por tal motivo, tan simple y tan sencillo, Micaela y sus hermanos son felices antes de tiempo. Tanto o más que si hubieran sido invitados a casa de los abuelos junto con tíos, tías, primos, primas y buenos vecinos para cantar villancicos, comer golosinas, buñuelos y mantecadas y dar y recibir abrazos, sonrisas, gozos y aguinaldos. Tanto o más que si abuela, tío gordo y tía soltera les hubieran prometido una velada con buenas historias, bebidas y tocata de guitarra, tambor, flautín y pandereta. Tanto o más que si fueran a gozar de esos canales de televisión por suscripción que emiten las películas y los especiales navideños de siempre, cargados de nieve, duendes, renos, juguetes y Santa Claus, jo jo jo. Tanto como si pertenecieran por derecho propio y por clase social al grupo de niños afortunados del planeta.

 

Micaela sonríe mucho más

Y sabiendo también que el veinticuatro de diciembre volverá a caer en sábado recién en el año dos mil dieciséis y para esa fecha ella tendrá catorce años y podrá trabajar y, al hacerlo, seguramente podrá ahorrar algunos pesos para comprarles a sus hermanos hamburguesas, golosinas y cajita feliz sin depender de si se abren o no las puertas del comedor comunitario de Bajos de Japón, Micaela sonríe mucho más, tanto que, si no fuera porque es lo que es, una niña no tan afortunada y sólo eso, muchos desprevenidos llegarían a confundirla con la abuela, el tío gordo, la tía soltera, Rodolfo, el reno, o el mismísimo Santa Claus… «Jo, jo, jo».