"La secta", Nomade

18.11.2013 13:25

Los ojos inquietantemente hermosos, grandes y oscuros de Sonia en su pálida tez se destacaban sobre las demás mujeres. Su rostro de muñeca despertaba sensaciones en cualquier espíritu. A esta combinación se sumaba su cuerpo blanco y perfecto, que atraía casi inevitablemente.

 Su voz sugestiva y profunda no dejaba lugar a dudas: se alejaban rápidamente o quedaban enredadas en las entrañas espirituales  de la mujer serpiente.

Ramiro está con ella. Ha tratado siempre de pasar cada día en armonía con el universo y sus habitantes. Su cuerpo atlético,  su simpatía y su sonrisa casi permanente llevaban  a ciertos seres humanos a flaquear en sus iniciativas.

Su disciplina le permitió conocer nuevas personas  todos los días. Hombres y mujeres se acercaban a los que suponían repleto de espiritualidad. Y él seducía prodigando sus enseñanzas. Lograba así una sutil pero efectiva dependencia.

Parecía que cada uno tenía su vida y su mundo propio, pero siempre se unían en la cama y en la locura. Cuando los caminos parecían paralelos se unían nuevamente.

Unidos en su delirio, arrastraron a sus discípulos a creer  que la fuerza interior de ellos junto a la de su congregación les permitiría una transferencia de energía  a seres que ya carecían de ella.

Concretamente su idea era poder revivir a una persona.

Con ese fin  se reunieron en el cementerio aquella noche  de noviembre.

Llegaron a las diez de la noche. Esparcieron mantas sobre el frío empedrado y se sentaron en círculo.

Apareció Sonia con una túnica blanca y una antorcha en la mano. Comenzó a recitar en un lenguaje desconocido. Pocos minutos después Ramiro, también con túnica blanca y  antorcha, se unió a Sonia en aquella misteriosa ceremonia.

Se podían ver los rostros desencajados de la excitación entre los discípulos.

Cuando terminaron el rezo se hizo un silencio sólo interrumpido por el ruido del viento al rozar las hojas de los árboles.

Sonia y Ramiro entregaron las antorchas a sus asistentes. Con la luz del fuego se desvistieron. Sus cuerpos perfectos despertaban siempre una mezcla de admiración y profundo respeto. Sólo la mirada de Sonia generaba miedo.

 Sus asistentes llegaron con las túnicas violetas. Se vistieron.

Entonces ocurrió lo inesperado.

Ellos no pensaban que el castigo vendría en algún momento. No imaginaban que su monstruosa soberbia sería castigada.

Y llegó. Pero no vino en forma horrible, donde el mal se muestra en su más terrible esfinge.

 No fue el grito desgarrado de un monstruo repulsivo. No.

En el frío silencio nocturno, la condena llegó en la forma más dulce e inimaginable: La voz de un niño.

-¡Má! ..... ¡má!

La voz  retumbó en cada rincón como si estuviera hablándole a cada uno.

Era una vocecita pequeña pero se escuchó clarísima.

Habían reconocido esa voz. Era la de David, el hijo que tuvieron hace cuatro años. Tuvo problemas desde  su nacimiento y al no poder solucionarlos decidieron

separarlo de todos ...y de todo.

Los rostros de Sonia y Ramiro comenzaron a resquebrajarse al igual que sus cuerpos.

Era la cruel decadencia de los que buscan desesperadamente lo imposible de la perfección. 

Los discípulos corrieron horrorizados con la imagen de la desfiguración humana y los gritos desgarradores...

Después de varios años algunos en el pueblo tienen un vago recuerdo de gritos en el cementerio.

El paso del tiempo deshizo las mantas muchas veces arrastradas por el viento pero que nadie quiso levantar ni tocar.

Las cenizas desaparecieron también con el viento.

Les costó mucho a los discípulos volver a la normalidad. Algunos se recuperaron, otros todavía dependen de los tratamientos psiquiátricos.

Nadie sabe que pasó con Sonia y Ramiro.

A veces me  atrevo a pasar por el cementerio. Sigue tan abandonado y silencioso como siempre. 

Bueno, salvo los murmullos que se escuchan en la primera bóveda...