"La próxima parada", Aytana

23.10.2013 20:19

 

Mi espera en la Estación Central de Ferrocarril se prolongó, pues suelo ser en exceso puntual. Creí hallar en este viaje del día 2 de febrero, con el boleto también número 2, las mejores vacaciones de mi vida; alejada de las crónicas y, sobre todo, de la columna sensacionalista. Una vez que puse los pies sobre las escalerillas del tren, se activó mi hambre de aventura. Esta fue acrecentándose por la incertidumbre provocada por uno de los pasajeros mientras le vi avanzar por el vagón hasta acomodarse justo en el asiento libre a mi derecha. Ante la proximidad de su cuerpo, se creó un aura lúgubre. Llevaba una maleta que colocó sobre sus piernas. Quise adivinar su identidad, como el contenido de su valija y derrotero. Vino el recuerdo de Ambrosio, mientras se infundía siete erróneas conjeturas acerca de Oscar al verlo entrar al vagón. A los pocos minutos, comprobé su aspecto enigmático. Y sí, su apariencia podría ser de un italiano meridional, un playboy francés, quizás un romántico byroniano, tal vez un caballero solvente, y en mi caso coincido con Ambrosio —por su pesada maleta— con que podría ser un ladrón de trenes. Nuestras miradas se cruzaron sin mediar, entre ambos, palabras ni alguna muestra de cortesía. (…) pero no estoy en la hora de alzar telones sobre misterios que sobrepasan mis deducciones, sino en la hora de la humildad que reclama la cercanía del desenlace (…) Recosté la cabeza al espaldar para disfrutar del ligero vaivén y cerré los ojos, en el intento de aspirar el aire que golpeó mi rostro y que a su vez traía parte de los olores de la ciudad: residuos contaminantes de las industrias, el hedor de la bahía… Sobrepasada la zona urbana floreció el olor libre contagiado por la semblanza de un cobrizo reticente. Ya el ritmo alcanzado por la velocidad y el sonido de las ruedas sobre los ríeles habían convergido para completar el desplazamiento expedito. Desde la ventanilla aprecié instalarse —sobre el desierto— la noche y colgarse a mis pestañas de modo hostil. (…) puede ocurrir que la noche te parezca demasiado larga, que te pongas a mirar las estrellas, pero de ningún modo quedará excluida la posibilidad de seguir alimentando el amor mientras realizas, o sueñas que realizas, algo nuevo. Mis pensamientos y sensaciones fueron interrumpidos de manera abrupta cuando sentí la mano del pasajero rozar mis dedos. La mano glacial cubrió la mía. Tapó con fuerza mi boca. Me vi impelida a pedir auxilio cuando me atrapó contra él y sentí un arma afincada a mi cuerpo. Intuí que iniciaba un viaje avanzando hacia la nada. Finalmente, ni siquiera me importaba el contenido de su valija: aunque no pude evitar observar, en la pantalla de su laptop, una joven atada a una silla cuando era torturada. Cohabitando en medio de una ingravidez irreal, vertí ríos de lágrimas. El hombre me cedió —hoscamente— sus audífonos y escuché una voz dictatorial. “Si desea mantenerse con vida, no voltee la cabeza, en la próxima parada descenderá, caminará dos cuadras a la derecha, entrará a un club” —no pude evitar pensar en el Club de la Serpiente de las noches de Saint-Germain-des-Prés, pero nada tenía que ver ese pensamiento con lo que acontecía—. Continuó la voz. “Tomará una llave y subirá a la segunda planta y entrará a la habitación número 2. Se sentará en una silla y allí aguardará.” Comprobé que el intento de gritar resultaba inútil al no poder encontrar ni voz ni fuerzas. Despabilé entre sollozos. El tren había avanzado unas millas y, a través del cristal, se proyectaban luces a lo lejos. Aunque acunando una tendencia demostrable de mi recóndita pesadilla, no dejé de sentir horror al mirar al pasajero a mi derecha. En sus oídos los audífonos, sobre sus piernas la laptop, en la pantalla una muchacha llena de heridas, horrorizada, intentaba zafarse de unas cuerdas para, a duras penas, dar algún movimiento sobre la silla. En breve, la mano glacial del hombre rozó mis dedos, apretó mi mano, cubrió mi boca. Su cuerpo me atrajo con brusquedad y, con el arma, apuntando por debajo de mi chaqueta, me indicó descender en la próxima parada, caminar dos cuadras, entrar a un club llamado el Club de la Serpiente, subir a la segunda planta y aguardar en la habitación número 2.