"La profecía"

23.10.2013 21:29

El niño corre apesadumbrado y se cobija bajo unos matojos secos, muy cerca de la puerta de donde ha huido despavorido.

-¡Cuchi! ¡Cuchi! – le habla con desdén el viejo hombre encorvado que sale de la casa a gatas -.¿Dónde estás cariñito?. Mira lo que tengo para ti – levanta la mano derecha y hace sonar un sonajero, que balancea dos veces -. Ven con papá. No voy a hacerte daño. Lo sabes. ¿Qué es lo que temes?

El silencio se adueña de cada rincón. La casa de mala muerte, oscura y lúgubre se enturbia con un canto que comienza a salir del interior. El viejo hombre sonríe y descuelga de su faz una irónica mirada que dirige hacia los arbustos. Se adentra sigilosamente con la astucia de una serpiente en busca de su presa entre las ramas, hasta percibir el calor del niño. Y afina su mirada latente en un punto. Extiende la mano y le roza la camiseta.

-Ya te he encontrado. Chiquillo, ¡ven!

El niño sale corriendo y se esconde tras el tronco de un gran árbol.

La luna brilla. El hombre aun a gatas se yergue y comienza a caminar sin apenas rozar el suelo. Levita cual pluma, tan ágil que el niño sobrecogido a punto de gritar retiene todo el aire tapándose la boca.

-Eres malo. Sabes que si papá va hacia ti al final te castigará. ¡Evítalo! – grita.

Un viento helado levanta la hojarasca. El niño chilla tan fuerte que el silencio se llena de su eco. Un eco profundo, ensordecedor, que hace que el hombre se tape los oídos.

-No hay acto premeditado – cuchichea el hombre -. Las cosas son como son – se agita al ver nacer un torbellino que eleva las hojas por encima de la casa -. ¡Ves! Hasta él está de acuerdo. Te indica el camino de entrada a casa. ¿Porqué hacerlo esperar?

Al llegar al tejado las hojas revolotean sin sentido de un lugar a otro, caen como pedacitos de cristal sobre las tejas, escuchándose un “clic” sonoro parecido a las notas de una melodía, que acompaña al canto que surge con más intensidad del interior de la casa.

-Cantan para ti – vocifera -. Ven, niño, ven.

El canto se agudiza, lentamente, elevándose dos tonos. Al principio se escucha la pronunciación de una palabra inentendible, hasta matizarse en un nombre, que el niño interpreta como el suyo.

La luna brilla. Brilla tanto que deslumbra al hombre. Eleva sus manos al cielo al inclinar la cabeza hacia atrás. Sonríe. Su mirada lánguida pronto se vuelve profunda. Una profundidad fría, penetrante. El niño no quiere mirar, hasta que siente en sus pequeñas manos el tacto del hombre encorvado que intenta asirlo.

-Nunca te haré daño. Ven cariño – extiende sus manos para acogerlo en su pecho -. Y ahora vamos dentro. Ellas nos esperan. Unámonos al canto.

-Pero no quiero – dice el niño encogido a escasos dos palmos del hombre.

El hombre se excita y estremece balanceándose de atrás hacia adelante.

-¡Maldito! – avanza dos pasos, estira la mano y lo levanta de golpe, a medio metro del suelo. El niño grita pataleando -. No seas malo – Sin más preámbulos se lo lleva hacia la casa.

Las puertas chirrían acompasadas. El ruido de los pasos en el suelo de madera se clava como puntillas mientras el niño no deja de gritar.

-Aquí lo tenéis de nuevo – le dice a las voces.

Un aire dantesco emerge en medio del comedor. De la chimenea crepitan las llamas. Largas lenguas de fuego surgen en la búsqueda del niño que se agita entre las manos del hombre encorvado.

-Ya os dije que no necesitábamos demasiado. Los niños son inocentes. Hemos de acabar con la inocencia. ¿Quién no se va a creer a un niño con mirada angelical? Es el rostro perfecto. Hagamos lo que hemos venido a hacer.

Varios rostros aparecen entre las lenguas de fuego. Cantan sinuosas, enérgicas. El niño llora y se encoge en el suelo en posición fetal. No hay escapatoria.

-¿Y qué somos? ¿Ángel o demonio? – ironiza el hombre encorvado.

-Mañana lo verás – se oye decir entre llamas -. Las almas son tan débiles – las voces se distorsionan.

-Niño, o callas, o te darás de bruces. Tus padres no van a escucharte nunca más. Se han marchado al cielo – le señala el hombre -. Es tiempo de rendición. Serás el inicio de una nueva emboscada, de un nuevo amanecer del mundo. Es hora que se cumpla la profecía. Y tú huérfano la llevarás a cabo. Esta vez el número de la bestia no será engendrado. Lo vamos a depositar en tus entrañas. Y mañana, temprano, antes que el sol salga por el horizonte, serás nuestro rey.

Las llamas se avivan en un canto gótico, mientras la vida del niño agoniza en un nuevo resurgir.