"La Princesa Rana", EDAP

29.08.2013 20:12

Me clavó sus ojos en la espalda, y no pude más que sentirme observado. El miedo, el fabuloso miedo, comenzó a invadirme de los pies a la cabeza. Al principio una simple convulsión apenas perceptible me hizo estar alerta, y aquella sensación tan fría, comenzó a brotar desde la punta de los dedos de los pies a la cabeza, hasta dejarme helado, casi como un témpano. La sensación de ser observado, me hechizó, para al cabo de unos segundos ver a una chica mal vestida, llena de harapos oliendo en el ambiente mi presencia ( es inevitable nuestra olor. Parecida a almendras recién tostadas).

- ¿Dónde estás querido? – dijo fervorosa. – Ven chiquitín…

Su aspecto quejumbroso, y destartalado no era el semblante de una princesa. Sin embargo lo era. Estoy más que acostumbrado a tratar con ellas. Las reconozco por sus andares, y los ojos de desesperación. Una cosa más me llamó la atención, la marca del anillo en la mano derecha. Solo las princesas lo llevan.

“¿Qué debía temer de una princesa? Yo soy un duende”, pensé, “las princesas siempre piden consejos a los duendes, cuando están apuradas”. Pero a ella no se le veía una princesa normal, de esas de cuento, vestidas tan galante, con trajes impolutos, una corona de diamantes a la espera de un príncipe azul. Me escondí entre la maleza todo lo que pude, sin que se me viera. Fue lo peor que hice, porque el crujir de las ramas le llamó la atención. Al sentir sus pasos aproximarse el miedo me fue encogiendo el estómago, se me cortó la respiración, y cuando quise darme cuenta, a unos escasos pasos, estaba ella, allá, mirándome sonriente.

- ¿Eres un duende? –dijo

- ¿Y tú qué crees? – contesté tembloroso.

Me quedé mirándola sin saber que decir, aun encogido por el miedo. Los duendes no tenemos demasiado contacto con los humanos, a no ser que nos soliciten nuestros servicios para hacer cambiar las cosas. Y yo, pobre de mí, me encontraba preso entre las ramas secas, y la princesa. A la espera de una de esas cosas sorprendentes que suelen pedirnos, para cambiar el curso de su vida.

- Sal, no temas – extendió la mano.

Y cauteloso salí, con un poco de recelo.

- ¿Y? – pregunté.

- Nada pasaba por aquí, y pensé… ¿y si viera un duende?. ¡Qué casualidad! Apareciste de la nada.

No me la creí, para nada. Una princesa siempre suele mentir, y más cuando tiene un duende delante. Así que me armé de valor, salí por completo de entre los matorrales y me planté frente a ella. Sonreí enseñándole mis dientes desordenados (siempre me habían dicho que no me favorecían físicamente), ella asombrada dio dos pasos atrás.

- ¡Qué feo por Dios! – dijo tapándose la cara.

Se le notaba espantada, con miedo. El mismo que minutos atrás se había adueñado de mí.

- ¿Qué quieres? – añadí firme.

No solemos conceder demasiadas cosas, ni pocas, ni muchas, solo las justas. Ella lo sabía perfectamente, se le veía en su rostro algo encogido por el temor. Le leí en sus ojos la duda, de si decir, o callar para siempre.

-¿Y? – pregunté

Ni siquiera un pelo de su largo cabello rubio como el sol se movió de lugar.

-Yo… - y se hizo el silencio. Un silencio aterrador, profundo y firme.

- Puesto que no dices nada, me marcho. Tengo tanto que hacer…

Mi respuesta la despertó de su sueño, y avanzó dos pasos al frente queriendo hablarme. Aquel acto fue fatídico. Os lo juro por Dios que lo fue. Os lo reafirmo como me llamo Estromel, y os lo aseguro como que soy un duende que habita en el bosque de Amifel, justo en la ladera norte de una de las montañas más altas de la cordillera de Prades. No os imagináis lo aburrido que fue escucharla. Toda una retahíla de historias, cual peor. Comenzó por un tal Burgel, que la secuestró en un asalto al castillo de su padre, y luego la abandonó en un lugar que desconozco. Pudo escaparse sin que se dieran cuenta, y para ese entonces ya había caminado tres días por un bosque tenebroso, del cual escapó del ataque de un Ricel gigante. Una especie de Trol, más enana y feroz. Y siguió con su historia, en una laguna lejana, fétida y llena de babosas chupasangre. Para acabar después de cincuenta y dos historias más cerca de donde nos encontramos. Al ver en el suelo mis pisadas se le abrió el mundo. Pensó que yo podría devolverle a la vida normal. Estuve diez horas escuchándola.

- ¿Y? – volví a preguntarle a las diez horas.

- Que quiero volver a ser la princesa que fui. ¡No me has entendido!

Y encima exigente. No le contesté, la miré extendiendo el brazo derecho. Le toqué la frente, y la introduje en un sueño profundo, muy profundo, y me marché. Le dejé un frasco de pócimas en el suelo para cuando despertara (no suelo dejar mis pócimas porque requieren mucho trabajo hacerlas) y una nota: “no tomes más de tres gotas al día, es contraindicado, puede provocarte efectos adversos. Tres gotas y volverás al castillo con tu padre”. Y ahora se, después de días, que está buscándome para volver a la normalidad, su sueño no se le ha cumplido, porque me equivoqué de pócima. Está harta de ser una rana.