La pequeña Némesis

21.10.2016 12:02

A las seis de la tarde del 24 de diciembre, grandes y chicos dieron de garrotazos con palos y bastones a los diferentes troncos que había dispuestos en el salón mientras cantaban populares villancicos catalanes dirigidos al cagatió.

Aquellos leños, que empezaron siendo ramas y terminaron convertidos en gruesos troncos, fueron alimentados durante un mes por la pequeña de la casa, Giovanna, y sus amistades, con el fin de que les cagara muchos chocolates y algún que otro regalito.

En aquella casa no se rezaba, por lo que después de la ceremonia se retiraron a la sala para tomar un chocolate y comer algún pastelillo, mientras la familia de cagatiós del salón echaba fuera de sus cuerpos de madera todo lo acumulado con tanta cáscara de naranja, de mandarina y de castañas.

Al volver al salón encontraron paquetes de regalos con los nombres de sus destinatarios, pues Giovanna, para que nadie se quedara sin nada, había dicho alto y claro cómo se llamaba cada uno de los allí presentes.

Encontraron bufandas, gorros y guantes de todos los colores, pijamas y zapatillas muy calientes, algunos juegos de mesa para compartir y, sobre todo, chocolates: monedas, billetes, paraguas, paquetes de cigarrillos, campanas, bolitas, los tres reyes, Santa Claus... ¡y mucho carbón de azúcar: negro, verde, rojo, azul, blanco y amarillo!

- ¡Abuelita, abuelita! -Gritó Giovanna corriendo hacia la anciana de rostro afable mientras blandía un paquete de caramelos de menta y una manta muy abrigada- ¡Estas cositas son parita ti, abuelita! La Princesita se lo ha pedidito al cagatió flojito, flojito... ¡y me ha hecho casito!

Hasta las diez los pequeños estuvieron jugando y, durante la cena, entre risas, bromas y delicias que había preparado Joana, mamá de Giovanna y una de las anfitrionas de la casa, ayudada por madame Bonciel y Heidi, hablaron sobre aquella experiencia que para todos ellos, exceptuando a Giovanna, era nueva.

Heidi era la profesora favorita de aquel grupo de chiquillos. Ella los quería mucho y ellos la adoraban, en especial Giovanna, que estaba segura de que se trataba de la nieta del viejo cascarrabias y siempre le preguntaba por Pedro, Clara y las abuelas de estos.

Tras el postre, crema catalana, turrones, mantecados, polvorones, neulas y moniatos, los niños brindaron con sus copas llenas del zumo de piña o melocotón, según el gusto de cada uno, extraído de las latas de almíbar que Laureyne, Sheamhmeyre de Giovanna y la otra anfitriona del hogar, abrió. Los grandes se sirvieron un poquito de cava y también expresaron sus buenos deseos mientras hacían el brindis.

Finalmente todos volvieron al salón donde un hermoso fuego, presumiblemente alimentado por la familia de catgatiós, crepitaba en la enorme chimenea.

- ¡Y ahorita cuentito! -Pidió Giovanna mirando con sus ojitos verdes a la abuelita de Amy- ¿Abuelita?

- Sí, Princesita, ahora la abuela Amelia os contará un cuento breve, porque debéis ir a la cama... -Le respondió Laureyne- ¡No olvidéis que Santa Claus todavía no vino por aquí!

Los chiquillos miraron el inmenso árbol de navidad, con sus tiras de colores, sus lucecitas parpadeantes, sus bolas con purpurina y sus otros adornos... y realmente los calcetines colgados estaban vacíos.

- Si alguien desea café... -Murmuró Joana colocando bien una pastora del pesebre que se había caído de espaldas.

- No se moleste usted, mademoiselle, iré yo. -Se ofreció madame Bonciel y salió de la estancia.

Algunos padres se sentaron alrededor de unas mesas disponiéndose a jugar al ajedrez, al dominó, al bingo o a las cartas, mientras que los chicuelos se sentaban sobre la alfombra persa, a los pies del sillón de la abuela Amelia, y Laureyne y Joana asaban castañas, pues a Giovanna se le habían antojado.

Apagaron las luces, dejando exclusivamente encendida la que alumbraba la parte más alejada del salón, allá donde se jugaban las partidas, y la abuela Amelia, fijando por un momento su mirada en la sombra que proyectaba la pareja que torraba las castañas, empezó su narración.

"No hace más de dos décadas y un lustro, un invierno muy duro, una chiquilla corría descalza por la nieve virgen de las montañas en las que vivía.

La pequeña Némesis, que era como llamaban a la niña en cuestión, brincaba de roca en roca con la seguridad de las cabras y trepaba por los árboles con la misma agilidad que una ardilla.

Su debilidad eran los animales. Los protegía y defendía con su propia vida, si era necesario, por eso estos le habían puesto el sobrenombre de Némesis, la diosa de la justicia y la venganza, y la adoraban.

La niña era capaz de hacer huir a los cazadores y leñadores, pues su otro punto débil era la naturaleza, bien fuera tirándoles bolas de nieve, grandes piñas de pino, cuando las había, o, en el mejor de los casos, piedras que se encontraban a montones por toda la montaña.

Aquel día era Navidad y acababa de nevar. Sólo las huellas de la pequeña Némesis se veían por todas partes, pues estaba buscando a todo su séquito de animalillos, grandes y chicos, para hacer enormes muñecos de nieve.

- ¡Némesis! -Le riñó un reno- ¿Te has vuelto a escapar de la cueva aprovechando que Mamá Osa está dormida?

- ¡Yo no puedito invernar! -Se rió la pequeña- ¡Andita, Renito Gruñón, vamitos a divertirnos!

Y es que la pequeña Némesis vivía en una cueva con una gran osa que, a decir verdad, no invernaba... ¡pero sí dormía mucho!

Se pasó el día completo con sus amiguitos, los animales, haciendo grandes figuras de nieve. Seres blancos y fantásticos que se veían desde el pueblo que había al pie de la montaña y que, en la noche, parecerían fantasmas que descendieran a la aldea.

Némesis miniatura desconocía las fiestas navideñas, y de cualquier tipo, y arrugaba su naricilla cuando el viento les traía algún aroma delicioso, pues ella prefería la miel, las castañas, las bellotas y todo lo que la Madre Naturaleza quisiera darle... y el olor a guiso le repugnaba.

Sin embargo, la niña había visto lucecitas que iluminaban el pueblo la víspera de Nochebuena y se había hecho el propósito de bajar a descubrir qué eran aquellas estrellitas de colores que, por algún motivo, habían bajado del cielo, así que aquella noche, sin avisar a nadie, cogió una capa que Mamá Osa le había hecho con la piel de Papá Oso y bajó a ver qué estaba sucediendo.

Ella esperaba no encontrar a nadie por las calles, pero había gente de todas las edades que la miraba estupefacta. ¿Dónde iba aquella chiquilla envuelta en una piel de oso... y descalza?

La pequeña Némesis no entendía qué hacían las estrellas atadas, por qué castigaban a los abetos con aquellos grilletes y con aquellas cadenas. Por colores brillantes que tuvieran, para ella era un maltrato.

De pronto, en la plaza del pueblo, donde estaba el árbol de navidad más grande y repleto de luces, tiras, bolitas y regalos, la minúscula Némesis no aguantó más al ver que las ramas se doblaban hacia abajo por el peso de tanta carga y el árbol castigado suspiraba, aunque unos ojos no acostumbrados a la naturaleza sólo habrían visto la hermosura y habrían hecho caso omiso a lo demás, por lo que, ante el asombro de todos, la criatura trepó por el tronco y desapareció en la copa de su nuevo amigo.

- ¡No te preocupites! -La oyeron gritar los de abajo- ¡Yo te liberito!

Y así fue. No tardaron en caer regalos, bolas y tiras. Las luces se apagaban tras un fogonazo, cuando la niña mordía los cables para liberar las estrellas y que volvieran al cielo.

Todo el mundo gritaba llamando a la policía y los niños lloraban desolados, pero la pequeña Némesis no sentía compasión por nadie. Estaba furiosa porque el cable que esclavizaba a las estrellas le había mordido más de una vez. Claro, ella desconocía lo que era la corriente y nunca se supo cómo no quedó electrocutada.

Cuando terminó de brincar de rama en rama, liberando al pobre abeto, la diabólica criatura se dejó caer desde lo más alto, dando un buen susto a las mujeres.

Bien hubo aterrizado sana y salva sobre la nieve, más de veinte personas le cayeron encima para atizarla con lo que tuvieran al alcance de la mano. Fue la primera vez en su vida que sintió el dolor físico que pueden hacer los seres humanos y decidió que aquel juego no le gustaba nada, por lo que silbó... silbó tan fuerte que muchos se taparon los oídos.

Todo pasó muy rápido: el abeto tomó impulso y cayó sobre los agresores de la pequeña Némesis mientras un rumor de cientos de patas se iba acercando vertiginosamente y fue en cuestión de segundos que los animales de la montaña cargaron contra los allí reunidos, mientras Mamá Osa salvaba a su pequeña y huía montaña arriba.

Pero algo terrible sucedió entonces. El mayor enemigo de los animales, el principal cazador de los alrededores, disparó contra el gran animal que, tras un fuerte gruñido de auxilio, se desplomó.

Los animales se lanzaron en tropel contra el asesino, muriendo varios en el intento de venganza, y lo descuartizaron antes de cargar con sus heridos o muertos y volver a la montaña.

La pequeña Némesis nada pudo hacer, pues Mamá Osa, arrastrándose con las pocas fuerzas que le quedaban, la llevó hasta la puerta de una vieja choza y volvió a gruñir.

Una anciana abrió la puerta y, ante su asombro, el animal le suplicó:

- Cuídela y hágale ropa con mi piel.

Tras esto, la minúscula Némesis vio morir a quien ella había considerado su madre, pues el animal la había criado desde que apenas tenía unos meses, desde que su verdadera madre la había abandonado en la montaña".

Cuando la abuela Amelia calló, el silencio era sepulcral. Incluso los que jugaban en las mesas del fondo se habían quedado absortos, escuchándola.

- Abuelita, ¿qué pasita despuesito? -Quiso saber Giovanna.

- No supe jamás qué pasó después... -Respondió Amelia mirando a Laureyne, quien tenía la mirada fija en el fuego- Némesis se me escapó en menos de una semana y no volví a verla hasta más de veinte años después, así que sólo ella lo sabe.

- Y hablabita diminutivito como la Princesita. -Apuntó la niña con orgullo- Igualito, ¿verdita, mi Selameile?

Joana, en vista de que Laureyne no respondía, contestó con regocijo:

- De tal palo tal astilla... -Y, tomando la mano de su pareja, murmuró-: Oye, Némesis... ya no tan pequeña, te has quedado tan absorta que se están quemando las castañas de tu Princesita...

Giovanna se levantó de un brinco. ¡Sus castañitas! ¡Con las ganitas que tenía ella y su Selameile se las estaba carbonizando!

- ¡Mi Selameile, salvita mis castañitas! -Le rogó metiendo sus manitas en la chimenea y retirándolas enseguida- ¡Ay, me he quemadito!

Joana sonrió y, guiñándole un ojo a la abuela Amelia, murmuró:

- ¡Sí, te has quemadito, descendiente directa de la pequeña Némesis, pero no creo que tanto como tus queridas castañas!