"La Muerte y la niña", Samuel Ornáriz

23.07.2013 11:18

En una helada provincia de un frío país del norte, vivía en una ciudad una niña sin preocupación alguna. Hasta que cierto día vio a un hombre cuyas negras ropas y presencia oscura parecían arrebatar toda vida a su alrededor. Presa de la curiosidad más que del miedo, la pequeña le siguió hasta una taberna y le vigiló durante un buen rato. Cuando ya no pudo aguantarse por más tiempo, se le acercó y le preguntó de modo resuelto:

-Disculpe, usted es la Muerte, ¿verdad?

La enigmática criatura asintió secamente y la niña se emocionó. La Muerte frunció el ceño, sorprendida, y así le dijo:

-Sin duda tu mocedad y la ausencia de un temor arcano, impide que se aspe la pátina que se forma sobre el juicio de hombres y mujeres.

Pero la cría, obviando su comentario, le preguntó con un brillo en los ojos:

-Entonces, como eres la Muerte, ¿podrías hacer que viviera eternamente?

-Sí –respondió la Muerte-, pero tiene un precio.

La pequeña rebuscó en el único bolsillo de sus ropas y sacó un cintillo.

-¿Qué precio? ¡Lo pagaré de buen grado!

-Diez madares.

La niña se desinfló, pues para ella resultaba muchísimo dinero. No obstante, asintió y salió de la taberna decidida a ganar aquellos dineros para tan elevada recompensa.

Al año siguiente la niña había crecido un poco cuando regresó a la misma taberna y allí encontró a la Muerte.

-Aquí tienes –dijo ella depositando las monedas sobre la mesa-. He pasado el último año haciendo recados para conseguir mi parte de nuestro acuerdo.

La Muerte miró con desdén el dinero y le dijo a la pequeña:

-Pero yo no te dije diez, te dije mil.

La niña suspiró, recogió las monedas y salió de la taberna. Los siguientes años pasaron rápidamente y la joven mujer encontró a la Muerte, cuya apariencia siempre era la misma, en el mismo lugar de la misma taberna.

-Aquí tienes –declaró la mujer depositando un saco de cuero sobre la mesa, mientras se sentaba frente a su interlocutor-. Desde que nos separamos he trabajado con ahíto para conseguir mi parte del trato que acordamos.

La Muerte miró con desdén el saco y dijo:

-Pero yo no dije mil, dije cien mil.

Los hombros de la mujer se derrumbaron ante todo el esfuerzo que había invertido sin obtener su fruto. Y tanto tiempo pasó mirando el saco que la Muerte, finalmente, se levantó de la mesa y se marchó de la taberna.

Muchas estaciones pasaron y muchos años se encadenaron. Cierto día, sentada estaba la Muerte en su mesa habitual de la taberna que solía frecuentar cuando, con paso lento y cansado, una viejecita se sentó frente a él.

-Has regresado –dijo la Muerte-. ¿Tienes tu parte del trato?

El rostro de la anciana, surcado por docenas de arrugas, asintió. Rebuscó con esfuerzo en uno de sus bolsillos y, con una mano, depositó sobre la mesa diez madares.

La Muerte sonreía enigmáticamente mientras intercambiaban una larga mirada. Finalmente la anciana dijo:

-Tú siempre pedirás cien veces más por algo que no puede concederse. Lo comprendí desde nuestro último encuentro. Aquel día, recogí las mil monedas y me compré un pequeño huerto, donde también construí mi hogar. Me desposé con un hombre maravilloso. Tuve hijos fuertes e inteligentes, y he vivido en dicha y plenitud sin más preocupaciones que el ocio, la comida y los impuestos.

La Muerte asintió, lanzó una fugaz mirada a los diez madares que la vieja había colocado frente a él hacía un instante, y le dijo:

-Pero, aun así, has venido para comprobar si tenías suerte y aceptaba el primer pago que acordamos, ¿verdad?

-No –dijo la anciana-. Es para que bebas a mi salud.

La Muerte le sonrió con calidez, recogió su dinero y, en aquella ocasión, ambos se marcharon de la taberna juntos.