"La momia y el escarabajo", Longobardo

05.07.2013 21:52

"Dame una palabra capaz de hacerme volver a la vida."

Dicen que los antiguos egipcios conocían palabras capaces de levantar enormes rocas y hacer que floten en el aire, como los globos de los niños. Así hicieron las pirámides. Tendrías que haber visto... los magos levantaban las piedras, y los picapedreros las esculpían en el aire, y las trasladaban rápidos. Por último, sobreponían las rocas, tales como latas de tomates pelados en un supermercado. Así era posible construir enormes montañas de piedra en un corto tiempo.

Otro método recurría a la labor de los roedores come–piedras, una pequeña especie de animales, que ayudaron enormemente los antiguos constructores para erigir sus maravillas. Los come–piedras eran similares a los osos hormigueros, del tamaño de un perro mediano, con un pelaje corto y de color ocre, hecho para mezclarse con la arena. Originalmente vivían en el desierto, donde no había mucha comida, y se habían especializado en roer arena y fragmentos de piedra caliza, para fortalecer su cuerpo, a través de una transformación alquímica compleja.

Los sacerdotes y los arquitectos lograron domesticarlos y los empleaban en la construcción de las pirámides gigantes. Dejaban los pequeños animales en las canteras de piedra, donde se alimentaban con los fragmentos, los restos de estatuas y columnas, las piedras y la arena. A continuación, los arquitectos llevaban los come–piedras hasta el sitio de la pirámide que se debía erigir. Los expertos en arqueología piensan que serían suficientes los excrementos de pocas centenas de come–piedras para construir, en un solo día, dos o tres gigantescos bloques de conglomerado de caliza.

Los astilleros de las pirámides, que nuestros historiadores imaginan frenéticamente animados por los esclavos, que participaban en el transporte de bloques gigantescos, eran en realidad todo un hormigueo de pequeños animales, que depositaban sus heces, y también de una innumerable cantidad de escarabajos coprófagos, subiendo y bajando por las laderas, rodando en continuación bolas de masa de caliza.

El secreto de los come–piedras estaba bien cuidado, nadie podía revelar, bajo pena de muerte. No se trataba, sin embargo, del único secreto en poder de los sacerdotes–magos, que conocian la ave–espejo, una especie de gallina con reflejos en su plumaje. Esas aves eran vagamente semejantes a las bolas cubiertas de espejitos, que reflejan la luz en miles de rayos, que rodan en las discotecas modernas. Los sacerdotes las utilizaban para obtener la luz hasta el fondo de los túneles más profundos. Solo asi podrían pintar las escenas en las cavernas oscuras de las pirámides.

Come–piedras, escarabajos, aves–espejo... lo que usted imaginaba ser un astillero lleno de esclavos para trabajar, bajo el silbido de los látigos de feroces torturadores, resultó ser una especie de zoológico. El constante estudio de la magia y la alquimia permitió el conocimiento de los sacerdotes–magos.

"Yo era el asistente de un mago que experimentó las fórmulas de la alquimia y las palabras mágicas. Ocurrió un desastre. Un pequeño contratiempo en el camino de la humanidad, sino un asunto serio, para quién fue la víctima.

Un día mi jefe me hizo encontrar, en la mesa, un hermoso escarabajo de color turquesa, demasiado lindo para que yo lograse frenar el impulso de tomarlo en mis manos. Me lo apoyé en el corazón. Me encontré paralizado, petrificado y expuesto en un museo.

El escarabajo era el insecto mágico que garantizaba la petrificación del cuerpo del difunto y la vida eterna de su “doble”, pero para mí, que todavía no había hecho mis días, se convirtió en una palabra maldita. Mi mago se ha reducido a polvo, hace miles de años, mientras que yo estoy condenado a permanecer para siempre, con la mente alerta, en un cuerpo incorruptible, con el escarabajo apretado entre mis manos, descansando justo en el corazón.

Por favor, devuélveme un cuerpo que vive, sufre, y se consuma. Para escapar de la pesadilla milenaria necesito una palabra mágica que está escrita con la figura de una hierba milagrosa, rara y casi desconocida. Pongan la planta efímera en lugar del divino insecto. Quiero un día más de vida".

Esto se cernía la momia de Kheper, el capataz de las pirámides, pero ni sus labios ni sus ojos podían expresar la profundidad del abismo en el que su ser estaba. Vivía en un universo paralelo, un limbo desde donde podía observar todo, pero sin interactuar con el mundo de los mortales.

Un niño, un alumno del tercer grado, fue al museo con su clase. Era curioso, como todos los chicos de su edad. Venía de una escuela rural, en un viaje escolar. Una brizna de hierba, entre los dientes, le había hecho compañía durante todo el viaje. Un paquete de patatas fritas (introducido ilegalmente en el Museo) se adjudicó su turno en las mandíbulas del niño, y la brizna de hierba terminó en las manos de la momia. ¿Cómo podía saber, el niño, de una hierba milagrosa? El hecho es que la hierba comenzó a trabajar. Trabajó toda la noche. Rayos misteriosos, con los colores del arco iris, abrieron el techo del museo, para formar una cúpula radiante, con mil matices.

Una noche, una sobrecarga en el sistema eléctrico provocó un incendio en el Museo. La sección egipcia fue severamente dañada, tres momias se acabaron destruidas. Entonces dos mil come–piedras aparecieron de la nada, se dispusieron en orden, como un ejército organizado, y comenzaron a devorar las paredes del Museo Egipcio. Alguien podría haber jurado que había muchos escarabajos turquesa, para dirigir a la multitud de los pequeños animales hambrientos. Los animales dieron forma a una pirámide en el centro de la ciudad. En la mañana del tercer día, después del gran incendio, el sol naciendo alumbró la cara este, cándida, del sólido perfecto.

Nadie podría saber a ciencia cierta, pero estamos convencidos de que bajo la pirámide, en el secreto de la cámara de entierro, están todavía tapiados los restos inmortales de Kheper,. el capataz de las pirámides.