"La mendiga", colibrí

21.09.2013 16:59

Líen, estaba recostada a la verja cuando vio acercarse a una señora con pasos lentos como si arrastrara la vida, vestía una pesada gabardina raída por el uso, el pelo enmarañado y la mano huesuda la apoyaba en el mango de un bastón. Con voz temblorosa se dirigió a la adolescente.
     _ Por favor, niña. Tengo hambre y sed – imploró -¿Podrías ayudarme?
   _Mis padres no están_ respondió temerosa – Me prohíben hablar con desconocidos – hizo ademán de entrar.
   _ Espera. No te haré daño. Sé que se viven tiempos difíciles, pero no aprendas a volverle las espaldas a quien solo se conforma con un mendrugo de pan y un poco de agua.
   Líen quedó pensativa, nada perdía con mitigar la sed y el hambre a la anciana, pero temía desobedecer a sus padres. Cerró la reja y salió corriendo hacia el interior de la casa. Asomada por la ventana vio a la anciana tirar algo hacia el jardín y desaparecer en el viento con bastón y todo.
   La curiosidad hizo que regresara a ver qué había dejado la mendiga. Comenzó a registrar entre  la yerba cuando sintió que una mano se aferraba a la suya arrastrándola hacia el  suelo, rodó por la tierra hasta topar con el borde de una fuente que hacía tiempo no funcionaba.  Intentó incorporarse, pero del surtidor de la fuente empezó emanar chorros de sangre putrefacta empapándola de arriba abajo. Cuando pudo levantarse, unas raíces enormes brotaron de la tierra enredándosele en los tobillos, en los dedos, en los codos, dispuestas a subirle a la garganta.
   Los gritos de Líen nadie lo escuchaba. No supo cómo pudo deshacerse del vegetal  y correr a la casa sin dejar de clamar por sus padres que estaban en el trabajo. Sollozando entró a la ducha con ropas y todo. Un chorro de agua helada, la hizo retroceder, volvió a abrir las llaves como de costumbre, y esta vez recibió un agua amarillenta, llena de gusarapos que se le impregnaba al cuerpo oprimiéndole la piel como si fueran ventosas. Los pies le resbalaban en aquel cebo mugroso, cada vez que pretendía salir de la bañera. Entonces se apoyó en la cortina y una ráfaga de aire congelado la envolvió en la misma paralizándola.
   _ ¡Tengo mieeedoooo…!
   Silencio total, nadie respondía a sus reclamos. Se deshizo de la cortina, envolviéndose en una toalla, fue en busca de ayuda. Aspiraba a salir por la puerta de la cocina, e ir a donde quedaban los vecinos más cercanos. Pero vio como un cuchillo se clavaba en la pared, luego otro y otro. Se dejó caer en el piso, cubriéndose la cara con las manos empezó a suplicar:
    _Déjenme en paz, ¿qué he hecho? ¿Por qué están sucediendo estás cosas misteriosas?
   Repentinamente, apareció la mendiga, esta vez sin bastón.
   _ ¡Ayúdeme! –suplicó Líen – Sáqueme de aquí, por favor. Mi casa está embrujada.
    _No puedo- respondió la anciana – ¿No lo recuerdas? Tengo hambre y sed. No vacilaste en volverme las espaldas y hacer oídos sordos. Tendrás que pagar por tu egoísmo, pero, pensándolo mejor seré consecuente contigo – le tendió la huesuda mano- Ven, acompañarme, te protegeré.
   Líen de momento se resistió, pero la mirada de la mujer fija en sus ojos le brindó confianza, sin embargo en cuanto la anciana le agarró la mano, con fuerza insospechada, la elevó sobre su cabeza y comenzó a darle vueltas por el aire como si fuera un remolino, mientras gruñía:
   _Quien no tiene compasión  con sus semejantes, no merece ayuda– diciendo esto la precipitó contra la pared. Lía  aturdida por los giros y el golpe en la cabeza quedó inerte. Sintió como le golpeaban las mejillas pidiéndole que la atendiera. Cuando pudo abrir los ojos la anciana aún estaba ahí.
   – Si  los peligros a los que te he expuesto no te hacen cambiar. Prepárate a encontrar tu final. El que mal hace, mal acaba. Tomaste la senda equivocada - Líen la escuchaba como si las palabras brotaran desde el fondo de una cueva.
_Discúlpeme, por favor. Perdóneme.
   _ Eras una de las elegidas- aclaró la anciana –. Pero como no fuiste amable padecerás nuestro desprecio.
_ Dispénseme el castigo.
  _ Si ese es tu empeño – dijo suavizando la voz - Conseguirás  mi indulto. Nunca es tarde para rectificar.  Te daremos otra oportunidad.
Pronunciando las últimas palabras, desapareció.
Líen, sosteniéndose de una silla consiguió levantarse, miró a su alrededor y todo estaba en su lugar. Subió al aseo, lo abrió y como si no hubiera pasado nada. Fue al jardín, todo normal incluyendo la fuente. Entonces vio algo que brillaba cerca de la verja, era una figura tallada en madera engarzada a un fino cordoncillo. Dudó en tocarla, cuidadosamente se agachó tomándola entre sus dedos, la miró curiosa y se la colgó al cuello.
Y todo comenzó nuevamente.