La línea azul

26.10.2016 10:26

A Banuvia solo le bastó recorrer el barrio con la mirada para darse cuenta que aquel poblado playero, de pescadores, estaba dejado de la mano de los que debían velar por su bienestar. Había llegado de sorpresa a casa de la única pariente que le quedaba; una tía abuela y madrina, pues la bautizó, a escondidas, cuando aún era un delito tal hazaña.

El amanecer divulgó la noticia. Apenas había salido el sol. La gente se asomaba dudosa por los visillos de las ventanas, las puertas entrejuntas o las hendijas de las paredes para comprobar, de primera mano, la veracidad de la habladuría.

La vieron atravesar la plaza con aquel jean ajustado y los altos tacones que mostraban la esbeltez de su cuerpo espectacular. Se detuvo frente a la iglesia depauperada, carcomida por el salitre, los azotes de ciclones y el abandono generalizado. Bajó la cuesta para observar su escuela, se asombró que la hubiesen cogido de vivienda. Más bien era una cuartería, por las diferentes familias que habitaban sus aulas. Encogió los hombros en un gesto de inconformidad y continuó la marcha por la calle estrecha y ahuecada de la Esperanza. Miró de reojo la unidad policial y apretó el paso hasta llegar al callejón que conducía al cementerio. Atravesó la herrumbrosa verja, saludó a uno de los enterradores y fue directo a la tumba que buscaba.

-Perdóname mamá – dijo hincándose de rodillas frente al panteón – Te fallé. Sé que me porté mal, pero era muy joven, mi viejita y deseaba tenerte como tú merecías. Estaba ilusionada con poderte dar una vida diferente a la que llevábamos ¿Acaso tú no puedes comprender eso? - los sollozos quebraron sus palabras. Estuvo un rato en silencio, como si reflexionara. Juntó las manos sobre el pecho, apoyó la cabeza sobre los dedos, quién sabe si con ese gesto quisiera persuadirla por haberle causado tantos sin sabores o simplemente susurrar una oración que la eximiera de su comportamiento.

No pudo calcular el tiempo que mantuvo esa posición, solo al incorporarse sintió el cansancio. Frotó los muslos, las piernas y se dispuso a retirarse:

- ¿Ya se va?–, preguntó el enterrador. Banuvia abrió el bolso, le dejó unas monedas. El hombre agradeció de mil formas.

A toda prisa salió del camposanto. Tomó el rumbo contrario al que había escogido, era el más cercano para llegar a la playa. Se descalzó, sintió la humedad de la arena en sus pies después de andar un buen tramo; detuvo sus pasos y quedó extasiada ante el paisaje de aquel mar abierto que se acercaba constante a la orilla, como si con esas cercanías atenuadas deseara conquistarla o ganarse su generosidad. El mar es un viejo conocedor de las intimidades, los secretos, las inquietudes de las rocas o la arena. ¿Quién podría afirmar que no las estuviera incitando a ser algo más que un límite imaginario, quizás una novia de espuma, o su cómplice, igual lo hace con el océano cuando de comunican ¿Qué le dirá?

Banuvia, observaba el vaivén de los botes, veleros, goletas y balandros atados en el embarcadero, gastados, faltos de pintura en su mayoría. Encogió los hombros, volvió a desviar la mirada hacia al azul mágico del mar. Admiraba la inmensa masa de agua de silenciosa majestuosidad. Ignoraba qué misterio ejercía sobre su persona, por qué la hacía tan susceptible el movimiento de las olas, sosegadas, sin agitación. Contempló el límite perfecto de los azules en la línea horizontal. Aspiró la suave brisa que venía envuelta en el manto perfumado del salitre y descubrió a una gaviota, que bajaba en vuelo rasante en busca de alimentos; con la presa en su pico anaranjado, volvió a remontarse a las alturas. Le siguieron unos pelícanos, llegaron revoloteando para tirarse furiosos contra el agua, en cuanto encontraron la mancha de sardianas o cualquier otro pez que le sirviera para sus energías, siguieron su recorrido

Banuvia recogió las patas del jean hasta las rodillas y se sentó a meditar,

- ¿Por qué las personas dirán que entre cielo y tierra no hay nada oculto? – Se preguntó mentalmente y del mismo modo respondió con otra interrogante - ¿Será porque tú estás lleno de intrigas y confabulaciones? Eres una verdadera incógnita –susurró– Pensar que en tus aguas han combatido, numerosos conjuntos de guerra, escuadras completas que guardas en tu vientre, embarcaciones que perecieron cuando más confiaban en ti. Quien te ve así tan apacible, desconoce tu apetitoso deseo de venganza. ¿Quiénes puede causarte tanta indignación para que te enojes de esa forma? No sabría predecir en qué momento desatarás tu ira. No me gusta verte enfurecido y rabioso, arrasando con todo lo que encuentras a tu paso. Me aterroriza tu violencia, esa que hace que te eleves al infinito para estrellarte temario contra las piedras del litoral. Me asustas. Ese es otro de tus misterios, ¿verdad? No importa estoy convencida de que te amo y te he extrañado mucho.

Inclinándose mojó las manos en el agua y se persignó. Costumbre enseñada por su abuela.

-Se debe pedir permiso antes de entrar, para que no te pase nada malo – decía. Sin embargo jamás aprendió a nadar. No hubo manera de que abandonara la orilla - Nada se me ha perdido allá dentro.

El recuerdo de la abuela la inquietó. Con ella esperaba la puesta del sol para ver a los pescadores recoger sus cordeles, los anzuelos, trasmallos, todos los avíos utilizados en la pesca y escucharles las protestas o alegrías según se portara la faena en el mar.

La imagen de la abuela se volvía cada vez más lejana, apenas recordaba su voz:

-Es lo primero que se pierde en la memoria, cuando los nuestros nos abandonan – confesaba con los ojos aguados recordando a sus muertos.

Banuvia, afirmó con un ligero movimiento de cabeza, era cierto, porque en su mente, solo veía la imagen borrosa del padrastro llegar tambaleante, después de dejar el escaso salario entre el dominó clandestino y el ron barato. Las lágrimas de su madre recogiendo los añicos del plato de comida tirado contra el piso y el escándalo para que todo el caserío conociera que él era el macho. Nunca se había alegrado del mal de nadie, pero fue un alivio que la embarcación de su padrastro zozobrara entre las marejadas de aquel mal tiempo al que no hizo caso. Después del accidente las dificultades se vistieron de desdichas y arribaron a la miseria. Hasta que un rayo de luz iluminó su existencia.

El sol se debatía entre luces y sombras. Era esa la magia del ocaso la que aprovechaba Banuvia para bañarse.

Aquella tarde Eddy la vio pasar hacia la playa. Quedó perplejo ante la belleza de la muchacha. Bien podía ser su padre, pero los ojos siempre son jóvenes y con dinero se logra lo que se quiere, dijo para sí. Salió de la casa sin importarle la fiesta que organizaron para su bienvenida. Comenzó a seguirla, guardó la alianza de casado en el bolsillo y apretó el paso hasta alcanzarla.

- No eres de por aquí ¿verdad? – indagó sofocado.

- ¿Qué te hace pensar eso?- Por supuesto que Banuvia lo reconoció, lo había visto desde niña. Además en el pueblucho todo el que llegaba o se iba se sabía de inmediato. Claro que él jamás imaginó que era la hijastra de Pablo, su amigo de la juventud, con el que había pescado varias veces hasta que decidió emigrar. Las anteriores visitas las había hecho con la esposa, quizás por eso…

Eddy no respondió de inmediato, la devoraba con la vista. Nunca antes había reparado en ella Demasiado joven quizás, pero esa piel tostada, los ojos azules, el pelo negro ondulado que llegaba hasta la estrecha cintura. Sintió deseos de enredarse en él como una telaraña y dejar que lo devorara, convertido en el más infeliz de los insectos.

- ¿Vives aquí? Eres encantadora ¿Conozco a tu familia?

- ¿A qué tantas preguntas? - , sonrió zalamera – Averígualo.

- Dímelo tú. Te invito a una cerveza y hablamos ¿Quieres?

Le mostró la cartera llena de billetes. Banuvia quedó deslumbrada al ver tanto dinero. Pensó para su interior: Quién duda que este viejo verde, sea mi boleto de salida. Estoy cansada de todo esto. Si mis amigas se han arriesgado y le ha salido bien ¿A qué temer?

 

El bar estaba poco concurrido a esa hora Solo una vecina que pasó, se detuvo para reconocerlos, por supuesto fue enseguida a contarlo:

- No vas a creerme, vi a tu hija muy acaramelada hablando con Eddy en el bar del puente. Espero a que la atajes antes que esté en boca de todos. Recuerda que es casado.

- Te lo agradezco – dijo la madre de Banuvia – Sé que no podrás callarte. Tú eres muy servicial. Descuida, hablaré con ella –anunció con el rostro enrojecido por la pena. Sin esperar a que se alejara, tiró la puerta

 

Banuvia llegó pasada la medianoche y con unos tragos de más.

- ¿Dime si estás loca?- Se sobresaltó, lo menos que esperaba era que su madre estuviera levantada a esa hora.

-No, no lo estoy – se atrevió a responderle – Vine a buscar mis cosas. Me iré para el cayo con Eddy. A partir de ahora viviré a mi manera. No quiero ser como tú; que te conformas con un poco de arroz y un pescado hervido, porque ni grasa hay para freírlo – sintió la mano abierta de la madre en la mejilla El bofetón la dejó aturdida -¡Mátame! Eso solo falta. ¡Mátame de una vez! –, gritó en busca de la mochila -Me acostaré con él. Quizás de ese modo podremos arreglar esta covacha que está por caerse. Parecemos un par de harapientas. Esto es lo que heredamos del borracho de tu marido, que bien muerto está.

- ¡Cállate! – la tomó por el brazo y la zarandeó – Estás borracha, solo así entiendo tu actitud.

- No, lo que estoy es hastiada de todo - colgó la mochila en el hombro y salió llorando para el muelle donde la esperaba Eddy, preocupado preguntó qué pasaba. Banuvia se abrazó contra su cuerpo y entre gemidos le comunicó que había tenido problemas con la madre.

- Ya no aguanto este infierno ojalá me muriera ahora mismo.

- No llames a la muerte- pidió secándole las lágrimas - Tienes un futuro por delante.

Pasaron unos meses, la ayuda nunca le faltó, esperaba ansiosa el día de la partida. De madrugada cruzaron el estrecho. Banuvia experimentaba sensaciones indefinidas, como si todo lo bueno estuviera de su parte y dispusiera de un universo entero para hacerla feliz. Juró que más nunca regresaría al pueblo. Sin embargo, a su llegada, Eddy la convirtió en su amante. Aunque navegó con suerte, pudo estudiar peluquería y con la ayuda de su protector puso un salón. Todo iba bien hasta que el accidente de su avioneta particular se lo arrebató. Los hijos del difunto comenzaron hacerle la guerra. Tuvo que mudarse de estado para que la dejaran en paz. En realidad se sentía vacía, la tristeza merodeaba su mente, ese año fue fatal. Solo cuando recibió la noticia de la muerte de la madre hizo de tripas corazón para regresar al pueblo.

Una fina lluvia comenzó a caer sobre las ahuecadas calles, solitarias, mal iluminadas. La inquietud se hizo más precisa. Por un instante creyó que estaba volviendo a lo mismo de siempre. A los gritos y golpes de la madre, a las borracheras del padrastro, a los chismes. En todo eso pensó y la nostalgia aligeró sus pies aun descalzos, empujó la puerta de la casa de la tía abuela, no estaba en ese momento y se echó a llorar. En cuanto logró calmarse le escribió una nota. Dejó algo de dinero. Entró al carro rentado y volvió a dejar atrás, la línea azul del horizonte.