"La laguna", Arthur D.

06.10.2013 21:04

Un día nublado – pensó Carlos – mostrando una leve sonrisa casi imperceptible. Durante todos los días del año el sol empuja olas de calor que llegan a los 30° C., y los pocos días en que las nubes fueran tan amables como para darle, aunque sea durante unas horas un poco de sombra, se agradecía. Y más si prometen lluvia. No una llovizna. Lluvia torrencial, bíblica. De lo contrario solo se evaporaría y el aire calentaría más.

 

Al llegar, la Universidad ofrece un aspecto sombrío, con muy pocos estudiantes y por las noches con su tenue iluminación blanca, paredes de ladrillos rojos y puertas metálicas, parece más un instituto psiquiátrico de los años 20 que una institución educativa. Frente a los salones solo había pasto y árboles, aderezada con una laguna sucia y luego más bosque.

 

Carlos llegó temprano para la clase y el profesor no ha llegado. Quizá se deba a que la Universidad está en medio de la nada, a unos 15 kilómetros de la ciudad. Un estudiante o maestro sin automóvil no podría salir ni llegar si no era por el transporte escolar que llegaba cada 2 horas desde a las 7 de la mañana todos los días.

 

Carlos tenía auto, pero decidió usar el transporte escolar por que despertó, a diferencia de otras ocasiones, con tiempo de sobra para vestirse. Caminó lentamente y arrastrando los pasos desde el estacionamiento hasta el salón de clases con ganas de no llegar nunca. Sintió el peso punzante de una mirada, giró la cabeza hacia su derecha en dirección de la sucia laguna y le pareció ver que algo se asomaba y desaparecía rápidamente en el agua, incluso pudo ver las ondas expandirse desde el centro a las orillas, y antes que pudiera pensar qué había sido, una joven alegre de cabello corto y negro, con jeans justos y pegados a la curvatura de su perfecta silueta lo cruzó de pronto volteándolo a ver con una sonrisa mágica, y con cierta prisa en su andar.

 

Sus pasos aterrizaban uno frente al otro, y a pesar de sus tacones altos, sus pies no parecían tambalearse ni tan siquiera un poco. Sus caderas bailaban con cada paso y mientras Carlos imaginaba a esta chica cerrándole un ojo, desnuda en una ostra gigante y con pequeños ángeles destapándole el vestido, ella desapareció de su vista al entrar en una de las aulas.

 

Carlos tuvo una emoción que no había sentido antes. El aroma que envolvía a esta chica fue de limones dulces, lo sintió claramente mientras pasaba a su lado, todo de ella le atraía.

 

Una palmada en la espalda, lo sacó de su trance.

 

-¿aún no despiertas? – dijo un compañero en tono burlón

 

Carlos no se molestó en contestar, pero notó que había pasado 5 minutos fantaseando. Se fijó muy bien en qué aula entró la chica y después siguió de largo hasta su propia aula. Entró a clase.

 

Tenía una sonrisa inexplicablemente hipnotizante, pensó Carlos. Las comisuras de sus labios eran finas y marcadas. Quizá eran los ojos, esos ojos color avellana tan grandes con esas pestañas que parecían mover el aire alrededor cuando parpadeaba. Tal vez era el cabello. Negro, corto pero sensual, cubriendo parte de su frente, lacio hasta los hombros. Era como si alguien hubiera excavado en sus deseos más profundos y hubiera fabricado esa chica para él.

 

Estaba fantaseando otra vez. Carlos no podía evitarlo, era una sensación hipnótica, como estar en un sueño, y tener control de lo que uno desea soñar. Esa sonrisa era…

 

- ¡Siéntate por favor Carlos! –ordenó el profesor.

 

Carlos, aún confundido, perdido, como si acabara de despertar de un coma profundo, poco a poco cayó en cuenta que todos en la clase lo miraban con risas. Carlos se encogió de hombros tímidamente y se sentó. Ni siquiera supo en qué momento se puso de pie.

 

La clase pasó como una película de cine mudo. Veía al profesor dar clase, mover las manos, abrir la boca, pero no escuchaba nada. Sus pensamientos se hundían en ella, y con eso, él se perdía más y más en una fantasía mortal. Ella. Sus labios. Su piel. Sus piernas. Cabello corto. Si existe el amor, entonces tiene que ser algo muy parecido a esto, pensó. Pero no podía estar más equivocado.

 

Arriba en el cielo, las nubes fueron cobrando un tono más y más oscuro. Prometían una lluvia como las hay pocas veces en el año. El sol se ocultó, y el profesor dio por terminado la última clase del día. Carlos caminó rápidamente frente al salón donde la chica había entrado, decidió que la esperaría hasta que saliera. A espaldas de Carlos, un relámpago se reflejó en la laguna e iluminó los cielos nublados. Carlos no se fijó en los extraños ojos espiando al ras del agua desde la laguna.

 

No quedaba nadie, y ella nunca salió. No quedaba nadie más en el pasillo. Y ella nunca cruzó el umbral de la puerta. Nadie se extrañó que Carlos no estuviera en el autobús, porque todos sabían que tenía carro. Las alargadas lámparas de halógeno del techo comenzaron a parpadear encima de él. Comenzó a sentir un aire frío que venía del bosque más allá de la laguna.

 

Carlitos – susurró la voz suave detrás de él – Carlos se puso de pie, y giró la mirada lentamente hacia ella. Era radiante. - Ven conmigo, te necesito - escuchó Carlos. Pero sin que ella moviera los labios.

 

Ella no movió los labios.

 

Carlos se alarmó. Aunque su deseo de verla era inmenso e increíble, se sintió solo e indefenso. Sintió miedo. No de ella específicamente, sino de todo a su alrededor, todo el contexto presagiaba maldad: las luces fallando, el aire congelante, el bosque oscuro, la laguna negra. Su subconsciente lo tenía alerta de que algo no estaba bien, de que esa tormenta no era normal, las luces no fallan de esa manera, y el aire parecía soplar hacia él, pero la lluvia se inclinaba hacia el otro lado. Verla a ella era relajante, era lo único hermoso en medio de todo el caos y la maldad que percibía. Ir con ella era el camino más seguro.

 

Una luz de linterna atrás de Carlos comenzó a brincar por el pasillo, la luz se movía velozmente de lado a lado como buscando algo. Seguido por el sonido de pasos. – ¿Queda alguien aquí? – inquirió la voz ronca. Y Carlos recobró el control de su cuerpo justo cuando el intendente le iluminó la cara.


¡Muchacho! ¿Qué carajo haces aquí solo mirando la lluvia? – preguntaba el vigilante con más preocupación que enojo. 


Yo estaba… estaba con ella – dijo Carlos temblando mientras levantaba su mano para señalarla. Pero solo estaba el aire frío, la laguna y el bosque. - Acompáñame, te llevaré a casa. No te quedarás aquí – comentó el vigilante, ya un poco más calmado pero igual preocupado.


Mientras caminaban hacia el estacionamiento, comenzó a llover con más y más fuerza, como si la naturaleza misma estuviera enojada por interrumpir el ritual. Carlos y el vigilante comenzaron a correr con sus manos frente a sus ojos para protegerse de la lluvia. El cielo retumbaba por los truenos que parecía que la tierra iba a abrirse. El vigilante sacaba de sus bolsillos sus llaves, nervioso y apurado. Consiguió abrir la puerta y después de entrar, levantó el pestillo del seguro de la puerta del copiloto. Carlos entró tranquilamente. Ambos quedaron completamente empapados. Carlos notó que el vigilante respiraba rápidamente y temblaba de las manos, sobre todo al intentar meter la llave en la ignición. Arrancó el vehículo y salieron de la universidad. Un kilómetro en carretera después, la lluvia cesó por completo. Incluso las nubes habían desaparecido.

 

Durante la semana siguiente Carlos buscó a la chica, pero no la volvió a ver. Y cada vez que intentaba recordar su rostro, la imagen era borrosa y lejana. Solo recuerda claramente al vigilante, manejando por la carretera, con una mirada de terror en sus ojos. La sensación de no poder recordar algo tan intenso lo asustaba. Él no creía en fantasmas, pero no podía explicar lo que sintió, lo que vio y lo que pasó durante esa noche lluviosa. Incluso cuando intentó hablar con el vigilante durante los días siguientes, pero siempre estaba ocupado, no estaba disponible, o decía que no tenía tiempo y que era mejor olvidarlo todo. Claramente estaba ocultándole algo y no quiso hablar de ello. Y no importaba ya, el vigilante había dejado de trabajar en la escuela a los pocos días del acontecimiento, o al menos eso pensó Carlos porque nadie lo volvió a ver en la universidad.

 

De noche, en la última clase del día, Carlos miró al cielo y sintió una repentina ansiedad. Las nubes anunciaron una tormenta con un destello que iluminó el firmamento, y de alguna manera le pareció familiar. Todos salieron, menos él. El autobús se fue, pasaron las horas y en el estacionamiento sólo el auto solitario de Carlos resaltaba en la débil luz de un poste.

 

Carlos miraba fijamente la laguna. No, no a la laguna, a ella. 


En el pasillo las luces se habían apagado. El aire frío soplaba y movía las ramas de los árboles. Carlos portaba una sonrisa estúpida mientras avanzaba hacia la chica. Los pies descalzos de la chica no dejaban huella en el pasto. Al menos no una huella humana. Sus caderas se movían tan sensualmente. La laguna estaba a tiro de piedra. Carlos intentó detener a la chica sujetándola por el hombro, al pie de la laguna. Al tocarla sintió su piel dura y fría, no tersa ni suave sino escamosa. Ella lo tomó de la mano y lo guio hacia la laguna hasta que el agua le empapó los zapatos y luego el pantalón hasta llegarle al ombligo. El agua estaba extrañamente cálida y era negra como el petróleo. 


Ella desapareció bajo el agua y segundos después Carlos sintió una punzada, un tirón debajo de la cintura. Su sangre era completamente invisible en la oscuridad del agua. Tenía ganas de dormir, dormir con ella. Se dejó caer y cuando el agua lo envolvió por completo cerró los ojos con una sonrisa.


Un relámpago iluminó a la criatura sobresaliendo de la superficie del agua. Sus cuernos eran retorcidos y largos. El vigilante pagó por quitarle su comida, pero al menos ya no tendría hambre, al menos no durante un año.