"La impaciencia del monstruo", Alfonso von Warden

30.08.2013 22:36

El monstruo le miraba desde el umbral del armario, entre la ropa colgada de las perchas. Una luz tenue, procedente del farol que colgaba al otro lado de la ventana, caía sobre sus garras y unas sombras enormes y bien definidas ocupaban la pared bajo la que estaba tumbado el niño. Éste, tapado hasta la nariz con la sábana, no dejaba de llevar su mirada del rostro grotesco de la criatura a la puerta del dormitorio, en la pared opuesta al armario.

Tras asegurarse de que no le miraba a él, sino al osito de peluche que había tirado en el medio, se deslizó de puntillas bordeando la habitación, giró el pomo con cuidado de que no crujiese y tras salir al pasillo cerró la puerta tras de sí y pulsó el interruptor que tenía justo enfrente. Una luz blanca y brillante hizo desaparecer las sombras, y tras sentarse en el suelo el niño comenzó a respirar con normalidad.

Escuchó abrirse la puerta del fondo y vio cómo salía un hombre en ropa de pijama, aún aturdido y cegado por la claridad.

-¿Marcos, qué haces ahí?

El tal Marcos no dijo nada hasta que su padre se arrodilló a su lado.

-En el armario hay un monstruo.

En cuanto hubo acabado de hablar, la cara del padre se relajó y una sonrisa de dientes blancos y rectos apareció frente a él.

-¿Un monstruo? ¡Imposible! -explotó con falsa gravedad en la voz-. Yo hablé con ellos y les dije que ni se les ocurriera acercarse a esta casa. Y ya sabes que a mí me hacen caso, ¿Verdad?

Marcos asintió, a regañadientes.

-¿Y por qué siempre me hacen caso, lo sabes? -insistió, secándole las lágrimas de las mejillas.

-Porque... -Hubo una pausa y continuó como quien repite la lección al maestro-, "porque somos criaturas de luz, y no hay nada que tema más un monstruo que la luz".

-...Y no hay nada que tema más un monstruo que la luz -repitió, mientras le cogió en brazos-. Entonces, ¿Quieres ahora entrar conmigo y enseñarme dónde lo has visto?

Sin esperar respuesta abrió la puerta y de dos saltos se colocó delante de la lámpara de la esquina y la encendió. Su hijo, antes encogido como un animal asustado, estiró tímidamente el cuello y con un gesto señaló el armario entreabierto.

Le dejó en el suelo y el padre puso ambas manos en la puerta, le miró con seriedad y sin dejar de hacerlo empujó ambas hojas hasta desaparecer por completo en el interior. Marcos esperó con el corazón encogido, la espalda empapada en sudor y las manos lívidas de la fuerza con que las cerraba.

-Aquí no hay nada -gritó el padre desde dentro, y salió ileso, sin un rasguño, tan tranquilo como siempre-. Solo hay ropa, ¿Quieres mirar?

El niño negó con la cabeza.

-¿Puedo dormir esta noche con vosotros? -preguntó al tiempo que abría mucho los ojos y unas lágrimas le caían por las mejillas.

-Está bien, está bien... pero solo esta noche, ¿Trato hecho? ¿Sí? Pues ven conmigo -Y dándole la mano le condujo fuera de la habitación-. ¿Por qué no vas con tu madre? Yo voy en un momento.

Sin decir nada Marcos se alejó por el pasillo bajo la atenta mirada del hombre. Cuando hubo entrado en el otro cuarto, volvió a la habitación de Marcos y cerró la puerta.

-Esto no puede ser -escupió entre dientes, marcándose los huesos de la mandíbula con fuerza en la carne.

De un golpe apagó la lámpara, y se volvió hacia el armario. Allí, el monstruo se retorcía las garras mientras agachaba la cabeza.

-Te dije que esperaras, nada hasta los diecisiete -Le susurró al tiempo que le ponía una mano en el hombro peludo y acercaba mucho su cara a la suya-. Aún los necesito, a él y a la madre, ¿Entendido?

El cuello retorcido y de piel macilenta se movió de un lado a otro. Como recompensa le dio dos golpecitos en la cabeza, y tras asegurarse de que la criatura salía por la ventana se fue.

En el exterior, la brisa suave de la noche le revolvió el pelo. Se detuvo en la cornisa, cerró los ojos y con un ruido sordo y nasal su hocico se extendió medio metro hacia la calle. Lejos, quizá a dos o tres manzanas de allí, otro niño marcado acababa de cerrar los ojos. Quince años, casi dieciséis. En ese caso, el vínculo era la madre.

Con un aullido inaudible para los humanos, remontó el vuelo y se perdió en la oscuridad, acompañado por los ladridos de los perros.