"La hija de Terminator", B.A.

03.10.2013 16:01

LA HIJA DE TERMINATOR

 

¡Al fin! Llegó el año 3011 y los creadores japoneses me consideran mayor de edad y lista para salir al mundo. Esto no me produce sensaciones ya que no fui diseñada para sentirlas.

Soy un androide. Por fuera me parezco a cualquier ser humano y por dentro poseo una maraña electrónica que -si llega a descomponerse- arreglaré tocando el chip implantado bajo la piel siliconada del antebrazo y ajustando los botones del pesado reloj en la muñeca (si el desajuste no es grande, de lo contrario lo arreglan desde casa).

Cierta vez, riéndose entre ellos, me llamaron la hija de Terminator. Yo conozco la risa del ser humano porque en varios disquetes con los que fui programada ese sonido aparecía y entiendo que ese estrepitoso ruido debe ser gracioso y darle identidad al tema. Por lo tanto cuando miro la película, llamo a Schuartzeneger papá.

Lo sé todo. En la memoria de mil gigabytes está el conocimiento del tiempo, desde sus orígenes hasta hoy. Admito que es un oscuro intento por comprender aunque no es esa mi asignación.

Ahora me instalaron en un departamento de Buenos Aires. Al estar tan atiborrado de tecnología lo siento análogo al centro experimental natal. Si bien todo luce familiar resultan extraños tantos espejos. Me explicaron que en su reflejo me reconocería una mujer bella y actuaría como tal. Sin embargo también me enseñaron que belleza es un cuadro de Dalí o Picasso. Y yo no me veo como un reloj derretido o un clown cubista. En todo caso, si ellos dicen que soy bella, así será. Me sistematizaron para obedecer y no cuestionar.

Por ahora mi misión es hacer espionaje industrial en la usina nuclear donde trabajo. Les envío los datos solicitados; lo hecho con ellos no es asunto mío.

Hoy de mañana algo en el software no funcionaba y como les llevaría cuarenta y ocho horas solucionar el inconveniente que no puede arreglar ni con el chip ni con el reloj, fui autorizada a conocer la ciudad.

Bueno, ¿por qué no? Comencé a caminar por ella hasta que una callecita llamada Pasaje Bolonio llamó mi atención. Decidí recorrerla; nadie la transitaba. Y fue cuando lo ví. Estaba apoyado en un vidrio. Apreté el chip para que me diese información, recordé la rotura. Recurrí al reloj pero los botones estaban enloquecidos. Evité reconocer que por primera vez estaba a mi tacto.

Temí al notar cosas fuera de control. Luego recordé que al ser mayorcita podía hacerme cargo de situaciones nuevas. Entonces dejé de centrarme en el desperfecto y lo contemplé con cuidado, evitando que mi visión de quinta dimensión le hiciera daños colaterales. Él permaneció quieto y por ese pensamiento mío a la velocidad de la luz, percibí el agrado ante la porfiada observación.

¡Qué extraño, vivía sensaciones! ¿Cómo haría la humanidad para sentirlas todo el tiempo? Reconozco cuán desconcertante fue, pero como ninguno de los sensores daba el alerta roja me acerqué a quien parecía estar sólo para mí. Tras mirarlo más de media hora y no captar resistencias, lo compré y llevé a mi departamento. Al no saber qué hacer me dejé transportar por una idea en mi cabeza y lo acosté conmigo.

Algo debería ocurrir en él porque con sumisión consintió el toqueteo. Rocé su contorno rústico, masculino. Respondió a la curiosidad enseguida y desnudó su alma para mí, causándome un gran impacto. Ni en la más intensa de las programaciones se me había preparado para ésto.

De él comenzaron a surgir vocablos difíciles de conectar; mis filamentos se cortocircuitaban. Y como el sistema descompuesto no indicaba nada, acepté entregarme a esas frases provocadoras de chispas.

En mi memoria no había registro de una codificación semejante. Así que lo viví tal cual los humanos lo harían. ¿Y cómo lo harían? Mi única salida fue improvisar.

Lo acurruqué sobre el pecho y algo nuevo emergió: la maravilla. Hablaba de un corazón enamorado, de estar perdido por mis ojos y del encuentro en los besos y caricias. Me costó entender. Sabía que la emoción causaba vulnerabilidad. Muchos clásicos literarios las exaltaban; sin embargo, experimentarla era una deriva constante. Hasta que me invitó a leer en la hondura de sus palabras y un nada informático deseo de a poco lió ciertas ondas eléctricas.

Fueron horas a las que llamó pasión y me hizo suya cuántas veces quiso. Cansada de tantas licencias lo saqué de encima con ternura estrenada y encontró un lugar en mi colchón. Para él también había sido demasiado.

 

Mañana tengo otro día libre, así que con el pretexto de los circuitos descompuestos me entregaré alocada a lo que ese libro de poesías tenga para contarme.