"La edad adulta", María de la Hoz

19.06.2013 10:02

La ninfa de los árboles crecía lentamente en el apogeo de su juventud. No tenía prisa por alcanzar la madurez de sus parientes más adultos. Esos que, a veces, arrastraban el lastre de una serena vejez. La de unos años vividos a pleno rédito. Ese que, ahora, llenaba sus pulmones de viento, fuego y llanto. Estaba llena de vida. Sus hazañas de protectora de los bosques la habían colmado hasta la saciedad más célibe. Hasta la saciedad más libre. Esa por la que conseguía, con un simple toque de delicadeza, amistades allí donde fuera. Y es allí, donde ahora encaminaba sus pasos de realidad inquieta.
Había escuchado el rumor de que, en el sudoeste del bosque, una decena de hombres estaban derribando árboles vivos. Árboles maduros. Tanto, que existía el riesgo de que la sombra del mediodía quedase difuminada por una circunstancia equivocada. Y, aunque sabía que no debía  acercase al peligro de una muerte abierta, árbol tras árbol, su esperanza por salvar lo que era vida, la henchía de un espíritu transgresor. El mismo que la había llevado a creer que, en un simple bosque, las ninfas son como estrellas cargadas de una tenue luz blanca. La tenue luz blanca de un futuro conmovedor.

Así, mientras seducía al tiempo, pensaba en cómo aturdir al peligro humano. Había muchas maneras posibles, pero únicamente una era válida. Loable para todos. Y pese a que, la sabiduría de sus padres le había repetido en diversas ocasiones que, el peligro casi nunca se impone al temor, sus ansias de valentía la empujaban a tomar la mejor de las resoluciones. Esa por la que los árboles del bosque la mecerían, de nuevo, con el esmero de una ninfa que se sabe querida. Que se sabe amada por todos.

Al llegar, lo que vio le abrió los ojos de la maldad. Nunca nadie había hecho lo que estaba ella viendo ahora: árboles mutilados por las ramas del agarre. Árboles mutilados por el tronco de la tierra. Árboles mutilados por las hojas del tiempo. Los hombres, impávidos, sudaban gotas de maldad. Gotas de sudor sanguíneo. El sudor que llegaba hasta la ninfa como ráfagas de viento arrebatado.

No habiendo tiempo para la espera, decidió sacar de sus bolsillos generosos las armas del exterminio: el amor múltiple. Ese por el que los hombres nacen y viven en comunidad. Ese por el que las ninfas nacen y viven en absoluta, y completa, felicidad. Lo expandió por todo el lugar a la espera de que cumpliera con su cometido: rehacer unos corazones malsanos. Unos corazones putrefactos. Y, naturalmente, lo logró. El amor de una ninfa es tan grande que ni los dioses de la mediocridad pueden amedrentarlo.

Así, poco a poco, los hombres abandonaron el lugar, dejando cada uno de los huecos vacíos con la desesperanza del dolor. El dolor que nuestra ninfa utilizó para sembrar semillas de presente. Semillas de futuro propio. Tanto que, cuando regresó a su lugar de partida fue recibida con el regalo: los más bellos de los cánticos. El cántico de unos árboles que movían sus copas al compás de las notas de una nueva vida. Una nueva vida protectora hacia una ninfa amiga. Amiga de sus amigos. Los amigos de guardar, cuidar un bosque para toda una eternidad y… once años cumplidos.