La corta vida de un panecillo

27.10.2014 17:35

¡Hola amigos! Permitid que me presente: Soy Bollito, un humilde y tostado panecillo de sobremesa, uno de esos que  se suelen colocar en los restaurantes o bares de carretera en el interior de una cestita en el centro de las mesas. Mi misión y la de mis compañeros de especie es tan simple como servirles a los comensales de acompañante en sus comidas.

Hoy quería  hacer pública una denuncia respecto a  los desafíos y  abusos  a los que nuestro gremio se expone  durante nuestro corto paso por esta vida tan ingrata.

Como todas las mañanas Juan, el tabernero nos ha colocado con delicadeza dentro de una mugrienta y apestosa cestita de mimbre. Para disimular las manchas de grasa que salpican nuestra improvisada mansión, ha procedido ha adornar los bordes con una servilleta de lino a cuadros rojos y blancos, que a su vez juego hacía juego con el mantel que cubría la mesa y al que un paso por la tintorería no le vendría nada mal. A esa hora y recién sacados del horno, mis hermanos y yo estábamos tan blanditos y vulnerables que crujíamos al menor toque  y desprendíamos un sabroso olor capaz de atraer al más glotón e invitarle a devorarnos de una sola dentada.

Precisamente esa era nuestra misión y lo que se nos había inculcado desde el momento en el que el panadero nos amasaba con cariño: habíamos venido a este mundo con la finalidad de deleitar los paladares más exigentes del planeta. Ahora esperábamos impacientes que nos llegase el turno de que alguien nos hincase el diente y nos devorase con gran apetito.

El primero que se sentó  en nuestra mesa fue un camionero en ruta. El hombre acababa de despertarse de una larga e incómoda noche dentro de la cabina de su camión, y entre bostezo y bostezo, espolvoreándonos con su aliento fétido, le pidió a Juan que le sirviese algo contundente para la larga jornada de carretera que tenía por delante.

“¡Tráeme unas buenas y doraditas tostadas con beicon y huevos fritos!”

A nosotros no nos dedicó ni una mirada. No éramos dignos de su apetito. Con cierta envidia observábamos desde nuestra cesta cómo engullía su desayuno, masticando con la boca abierta y dejando así entrever su dentadura llena de caries. De vez en cuando intercambiaba algunas palabras con Juan, el tabernero, a la vez que nos rociaba con migas y restos de su sándwich. Cuando terminó su comida, Irene, la ayudante de cocina, se apresuró a recoger la mesa, limpiar los restos de comida que el camionero había esparcido por todas partes y nos volvió a colocar en el centro. Con una rápida mirada se cercioró de que aún seguíamos presentables.

El próximo comensal que se acercó hasta nuestra mesa fue un señor de negocios, que casualmente pasaba por la zona. Mientras esperaba a que le sirviesen la comida, no paraba de atender llamadas de móvil. Parecía deleitarse mientras gritaba órdenes al teléfono y maldecía en voz alta. El hombre extrajo con sus dedos regordetes a uno de mis compañeros de la cesta y empezó a juguetear distraídamente con él. Lo rodaba de un lado a otro de la mesa, le hincaba el dedo en el pecho y se lo lanzaba de mano en mano, como si se tratase de una pelota de tenis, estrujándolo fuertemente cada vez que se enfadaba con su interlocutor al otro lado de la línea.

Justo antes de que Irene acudiese con su comida, había vuelto a depositar a nuestro hermano en la cesta de cualquier manera. El pobre  no paraba de quejarse  de los malos tratos sufridos, mientras que los demás intentamos consolarle y darle ánimos. Entre todos le acogimos en el centro y procuramos darle calor y un cobijo confortable, de tal manera que   se recuperase lo más pronto posible de las agresiones sufridas.

Aquel hombre devoró su comida en dos bocados y sin parar de consultar constantemente su reloj de pulsera. Después de haber regado su opulento banquete con una copa de coñac, cogió un palillo mondadientes y procedió a limpiarse los restos de comida. Una vez finalizada su higiene bucal no se le ocurrió mejor lugar dónde depositar el palillo usado, que clavándoselo a uno de nosotros. El panecillo lastimado de esta manera se lamentaba y lanzaba gritos llenos de agonía. Pero no había nada que nosotros pudiésemos hacer nada por él y tuvo que aguantar sus dolores un buen rato hasta que Irene tras recoger una vez más la mesa le libró de su particular banderilla. Con sus manos más o menos grasientas, le retocó la corteza para disimular la “herida” y el compañero mutilado volvió a ocupar su lugar en la cesta.

Aquel día no tuvimos demasiada variedad de clientela al bar. acudieron varios clientes más que degustaron sus desayunos delante de nuestros ojos, pero que no nos hicieron el menor caso. Algunos, los menos, nos cogían, nos toqueteaban, nos inspeccionaban muy detenidamente para volver a depositarnos en la bandeja, mientras que otros, la mayoría, se conformaban con aplastar  nuestro caparazón comprobando así el estado de frescura, que al parecer no resultaba convencerles. A ninguno de todos ellos le parecíamos lo suficientemente apetitosos como para servirles de tentempié.

Por la tarde, ya a la hora de la sobremesa, se sentó a nuestro lado, Perico, un jubilado de campo, que por cierto, había pillado un resfriado de narices. Perico le pidió a Juan un carajillo bien cargado, alegando que esa era la mejor medicina para curar un catarro.

Entre estornudo y estornudo se  bebió aquel brebaje muy lentamente, saboreando cada trago. Eso sí, cuando finalmente acabó su consumición, nosotros estábamos tan empapados, que parecía que acabábamos de salir de la ducha.

Una vez más fue Irene la encargada de aderezar nuestra cestita. Con unos retoques de su mano experta nos fue dando la vuelta de tal forma que mostrásemos nuestras caras más amables al público y  pareciésemos más apetecibles.

Después de Perico acudió una familia numerosa. El padre y la madre apenas podían controlar a su escandalosa e inquieta descendencia.

“¡Mamá, yo quiero un panecillo!. ¡Mira qué buena pinta tienen!”

El más pequeño de los hermanos ya había echado mano a uno de nosotros, con sus manitas manchadas de barro, y se lo llevaba a la boca. Sus dientes ya estaban casi decapitando al panecillo elegido, cuando la madre se lo quitó violentamente de las manos.

“¡Deja eso dónde estaba!”

Quiso la mala fortuna que con la sacudida le propinase también un fuerte empujón a nuestra cestita. El resultado fue que todos nosotros acabamos desperdigados por el suelo. Rápidamente la madre y el padre trataron de enmendar aquel accidente. Uno a uno nos fueron recogiendo y colocando y  como buenamente pudieron en nuestro “lugar de origen”. No es necesario decir, que la familia, abochornada, se terminó rápidamente sus refrescos y abandonaron el local.

Ya se iba aproximando la hora del cierre y ahí estábamos nosotros, más o menos intactos, aunque con alguna que otra magulladura adquirida a lo largo de la jornada. Para nuestro consuelo se podía decir que el resto de cestas en las mesas colindantes tampoco habían tenido un día mejor. Desde todos los rincones se escuchaban lamentos y quejidos de los compañeros y alguno que otro narraba en voz alta las peripecias vividas en su corta vida.

Todos esperábamos acabar en el gran saco de Irene, para ser recogidos al final del día por el panadero, quien nos convertiría en pan rallado. Ya veíamos en nuestras mentes las afiladas cuchillas de la máquina pasar por nuestros endurecidos cuerpos y sabíamos que teníamos nuestras horas contadas.

Juan estaba ya barriendo el bar cuando entró una pareja joven, agarrados de la mano. Entre todas las mesas libres eligieron la nuestra porque les pareció la más cómoda e íntima. Pidieron tan sólo una taza de café para compartir, pues sus recursos eran escasos. Y entre arrumacos, besos y confesiones de amor, nos descubrieron y se les abrió el apetito.

La pareja de enamorados comenzó a alargar sus manos hacia nosotros y, entre beso y beso sin darse apenas cuenta, dieron fin a la existencia terrenal de mis compañeros de pena, tan solo me libré yo y solo porque en ese momento llegó Juan reclamándoles la factura. Tuvieron que rebuscar todas las monedas que llevaban encima para poder reunir el importe del café que se habían tomado. Gracias a que Juan, es hombre de buen corazón, y se negó a cobrarles el importe de esos cuatro bollos duros y manoseados hasta la saciedad, alegando que a esas horas ya no servía comida.

En estos momentos me encuentro camino de la panificadora donde me convertirán en finos granos de harina. Quería aprovechar mi último aliento para dar fe de lo duro que es ser un panecillo y estar a disposición del público sin poder defenderse de sus ataques y, pese a todo, esperar servicial y con agrado a ser el elegido para satisfacer sus hambrientos estómagos.