"La carta del Elfo herido", Ogam

10.06.2013 11:43

Nadie me creerá lo que acaba de pasar, pensaba yo, apenas un aprendiz de mago que cursaba su tercer año de enseñanza en el castillo del Rey Dante. Tal vez sería mejor omitir al unicornio, hacía años que nadie en el pueblo veía uno. Sí, eso haría: aquel unicornio alto y bello, de cola brillante y cuerno dorado, nunca, ni en sueños, fue vislumbrado por mis ojos. ¿Pero y el elfo que viajaba sobre su lomo? Existían relatos de viajeros al norte, que regresaban contando sobre su estancia en la ciudad mágica de los elfos, e incluso algunos presentaban pruebas tales como piedras preciosas, plantas y aguas curativas. Lo del elfo sí que me lo creerían, y aparte en mi mano izquierda existía una prueba.

La verdad es que no tenía nada de valor comparado con lo que otra gente del pueblo ha traído, pues se trataba simplemente de una carta que me había entregado el elfo. La carta iba dirigida al Rey Dante, y en ella el jefe de los elfos narraba su deseo de que hubiera una unión entre pueblos ante la amenaza de los orcos, que día con día incrementaban su raza.

Cuando el guardia de la entrada del castillo me vio llegar (yo un joven mago de pelo alborotado, de grandes zapatos y túnica raída) soltó una carcajada. El Rey no recibía visitas de casi nadie del pueblo, al menos que se tratara de algo muy importante. Entonces al guardia le enseñé la carta que me había dado el elfo. Las letras en cursiva brillaban en azul, y la sonrisa del guardia, hombre ancho de gran nariz, desapareció. Las puertas se abrieron.

El Rey Dante, sentado en su trono, me hizo con señas de que me acercara. Me presenté ante él y le dije que era un aprendiz de magia en el sector tres del castillo, y que vagando por el bosque en búsqueda de ciertas semillas que servirían para la práctica de esa tarde, me había encontrado con un elfo que viajaba en dirección al pueblo. Le di la carta y éste la tomó y leyó con el entrecejo fruncido.

-¿Dices que un elfo te ha dado esta carta? ¿Por qué no ha venido él hasta acá? –quiso saber el Rey.

Tragué saliva y contesté:

-El elfo está herido. Ha sido atacado por dos orcos en medio del bosque. Cuando lo encontré estuve con él unos momentos, no podía dejarlo solo. Por suerte aparecieron tres señoras ninfas y le están cuidando. Me dijeron que estará mejor en unos minutos.

El Rey seguía con el entrecejo fruncido.

-Así que has visto a un elfo… -soltó de pronto, en voz más baja-. Hace como cinco años que yo no veo a ninguno. De pronto me llega esta carta… quieren unión…de mi pueblo con el suyo. ¿Debería dársela?

No capté bien que esa pregunta iba dirigida a mí hasta unos segundos después, así que respondí, tratando de cuidar mis palabras:

-El elfo… está herido… Es muy joven; nos hicimos amigos, se le miran buenas intenciones. Ayúdelo, por favor y ayude también a su pueblo. Hoy los orcos lo atacaron a él, ¿pero y si después es a uno de nosotros?

El Rey Dante dejó la carta en la mesa y cruzó sus manos, pensativo. Fue entonces cuando clavó su mirada en la mía, y empecé a ponerme nervioso.

-Hay algo que tú me ocultas –me dijo. Y yo negué con la cabeza-. ¿Lo ves? Sí, lo sabía. Dime pequeño mago, ¿qué es eso que no quieres decirme?

Qué nervioso estaba, pero no podía decirle lo del unicornio, porque entonces el Rey pensaría que le estaba echando mentiras. Como les dije antes: hacía años que nadie del pueblo había visto un unicornio.

-Señor, créame.

El Rey se levantó del trono y caminó hacia una ventana, donde se dispuso a observar el pueblo.

-Más allá –dijo-, lejanas tierras, más allá de los volcanes dorados, de los nubarrones lilas, donde vuelan los dragones, están los elfos. Y hoy uno se ha presentado. ¿Es eso un mal augurio? ¿Serán ellos los que nos traerán guerra después de tanta paz?

-¡No! –le grité molesto, y cuando giró rápido su mirada hacia mí me puse rojo de la vergüenza-. Perdón señor, pero no. Los orcos son los que traerán guerra, ¿acaso usted ha olvidado la primera guerra del mundo, la cual fue contra ellos?

-Por supuesto que no. Si en ella participaron mis ancestros, y gracias a eso estamos aquí.

-Así es, y ahora, que podríamos correr el mismo peligro, haga caso a lo que dicen los elfos.

-Está bien –accedió el Rey por fin-, pero con una condición -Ahora quien frunció el entrecejo fui yo-. Quiero que lo hagas venir, en este instante. Supongo que no está lejos de aquí, ¿verdad?

-¿Cómo? ¿Yo… hacerlo venir? Pero si él está herido y…

-Nada de eso. A estas alturas las señoras ninfas ya lo debieron de haber curado. Aparte cursas ya en la sección tres de la escuela de Magia. ¡Ya debes de saber comunicarte con quien quieras a través de tu mente!

Aquella magia que el nombraba justamente la acababa de aprender. El Rey Dante me miraba, retándome. Cerré los ojos… visualicé el bosque, a las ninfas volando con sus alas de colores y sus cabellos rojos… al elfo, delgado y de rostro fino sentado bajo un árbol. “Ven” le dije. “Ven, el Rey quiere verte a ti, ven”. Cuando abrí los ojos el Rey me dio dos palmadas en el hombro, lo que me dio algo de coraje. Esperamos unos minutos hasta que el guardia entró a la habitación y dijo que urgía que bajáramos.

Una vez en las afueras del castillo nos hicimos paso entre una multitud de personas que se unía para ver algo. Sonreí y el Rey se quedó con la boca abierta. Era el elfo, que ya no estaba herido y quien venía a visitarnos a todos montando el más bello de los unicornios.