"La canción de una mirada", J.Stark

29.07.2013 14:55

-Éste no es lugar para un simple humano -le espetaba con autosuficiencia el Dios oscuro mientras le aferraba la garganta. Sus ojos rojos parecían brillar aún más mientras una dura sonrisa mostraba su colección de afilados colmillos...

 

Sushean era una simple valquiria no muy feliz con el trabajo que le había tocado por norma. Paseaba por el campo de batalla algo alicaída. Tantos muertos había visto, tanto dolor, que apenas si atisbaba a imaginarse cómo sería aquello a lo que llamaban amor. Vio a su elegido del día para convertirse en einherjar y se acercó al cuerpo con pesadumbre. Lo que ocurrió a continuación lo cambió todo: al contacto con su mano el humano revivió inhalando aire con desesperación y se medio incorporó. La miró. Era imposible que la pudiese ver, pero lo hizo. Sus miradas se encontraron y les bastó medio segundo para explicarse la sensación extraña que sentían en sus estómagos. Era imposible, pero había ocurrido. Por primera vez, un humano y una valquiria se habían enamorado.

 

-¿Quieres decirme algo?

El poderoso ser aflojó la presión que ejercía sobre su tráquea.

-No...te tengo...miedo... -logró articular.

 

Ella había nacido para elegir guerreros; él simplemente conocía el arte de la guerra. Ahora la vida era sencilla, resguardados uno en los brazos del otro; el mundo y todo su odio no importaban.

Llevaban tiempo alejados de la civilización, viviendo con el beneplácito de los elfos del bosque, ocupando una pequeña parcela en la que habían construido una sencilla casa. El hogar natal de Sushean era inalcanzable para un humano vivo; el de Leandro era hostil y cargado de odio. Nadie podría ver a Sushean y además, ahora no era más que un desertor.

-¿Qué? -le preguntaba ella sin perder la sonrisa.

Él simplemente continuó mirándola a los ojos, guardando el instante. Vio en su mirada la inmensidad del mar y la importancia del tiempo...amaba perderse en ella.

 

Rió y su gutural sonido hizo retumbar el castillo entero.

-Insolentes humanos. No entendéis nada y os paseáis por el mundo con una absurda autodeterminación...

-Eres...tú...quien no...lo entiende.

Era difícil callar al Dios oscuro pero sucedió. Algo en la mirada de Leandro lo sorprendió, fue como si lo abofeteasen. Lo que vio en sus ojos era orgullo y felicidad. Era increíble, pero así era: ahora incluso sonreía. Jamás había visto tal cosa.

-¿Qué es lo que te hace tan feliz, si puede saberse?

Entre la sangre y la mugre que decoraban su cuerpo, su sonrisa se ensanchó.

-El amor.

 

Pero la felicidad no es eterna. En medio de una nueva gran guerra, los elfos oscuros se tomaron la revancha de viejas rencillas y derribaron una a una las barreras de los elfos del bosque. Ayudados por todo el potencial de el señor del caos, el gran Dios oscuro, no les resultó excesivamente complicado. Sobre las llamas que barrían los bosques los dragones danzaban salvajemente trazando trayectorias imprevisibles. Los orcos se divertían arrancando grandes árboles; el dolor vencía a la paz.

Leandro cargó contra la oscuridad sabiendo que no podría ganar. Terminaron desarmándolo y cebándose a golpes con él. Vio como se la llevaban...fue lo último que vio antes de perder la conciencia.

 

-Tanto sufrimiento; tanta distancia recorrida; tanto riesgo...¿tan solo por el absurdo amor?

Leandro no perdía la sonrisa.

-Es...lo único...que merece...la pena...

 

Lo dieron por muerto de nuevo, pero aún le quedaba mucha vida. A su alrededor todo era destrucción hasta donde alcanzaba su vista. Recorrió un largo camino hacia Melas, tierra de brujas. Necesitaba algo para poder divisar esa entrada donde el mundo se desdoblaba...ese punto en común para el inframundo y el habitado por los vivos. Nada era gratis para ellas, así que tuvo que entregarles su espada a cambio de un pequeño frasco que debería beber en el lugar exacto. Eligieron su espada ya que sabían de sobra el aprecio que le guardaba...se trataba de la espada de su familia, utilizada heroicamente en grandes guerras. Por supuesto, no le indicaron el lugar, haciendo gala de la malignidad que albergaban esos seres. Eso tenía un precio y no estaba dispuesto a pagar más.

Pasó el tiempo y comenzaba a convertirse en leyenda. Sus ataques hacia fuerzas del señor del caos eran cada vez más frecuentes. Rápidos; letales; absolutamente efectivos. Así asaltó Ogam junto a un grupo de rebeldes y derribó sus defensas. El consejo de esa ciudad era famoso por su sabiduría...allí se le desveló el punto de acceso tan deseado.

Llegó allí y se bebió temeroso el brebaje. Eran malvadas, pero nunca faltaban a su palabra: ante él, en plena montaña, apareció una entrada en forma de profunda cueva. No titubeó, cada segundo era un tesoro teniendo en cuenta la brevedad del efecto del líquido.

Entró en tromba matando a cuanto oscuro ser se encontraba a su paso. Quería que lo llevasen ante el señor del caos, pero antes iba a divertirse. Todo era cuestión de tiempo, hasta que ocurrió. Fue desarmado y llevado ante él.

 

 

-Sea como sea -le decía ya no tan seguro de si mismo- éste es tu final.

Su presa continuaba sonriendo y ahora negaba con la cabeza.

-No. Tan solo...es...el principio.

Acabó con su vida sin saber que en ese mismo instante creaba un einherjar. Y que no iba a perder el tiempo ahora que sabía dónde se encontraba su amada y el Dios oscuro que la custodiaba.

Reunió un ejercito de guerreros que habían oído parte de sus andanzas en la tierra y lo admiraban profundamente; recordó aquella mirada azul que daba sentido a su existencia y se lanzó a la carga.

 

La derrota no es una opción para los que luchan por sus sueños. Así nacen las leyendas.

 

 

FIN