"La bruja", Madison Alexander

08.07.2013 10:11

¿Dónde estaba la magia que se le escondía al abrir los ojos? Ya la luz vespertina se extinguía y la bruja soltaba el llanto bajo la sombra taciturna de cuatro paredes que aprisionaban su corazón y su alma. Si la vida se trataba de un sin fin de idas y vueltas al vistazo de la esperanza, ella se alegraba de haber sido feliz un día, pero se reprimía por no poder sonreír como le hubiese gustado hacerlo. Ahora se encontraba encarcelada en el castillo del príncipe que alguna vez la llamó “su princesa”. Pero no, ella no era una princesa. Le engañó para poder ser suya y él la descubrió una vez que la luz del astro nocturno rebotó en su rostro y le hizo ver lo que era en realidad: una espantosa y tétrica hechicera. Su belleza residía en el interior. No era la clase de belleza que ostentaban las princesas de la comarca, que se dedicaban a humillar y sobajar a los aldeanos. Ella era distinta. Ella ayudaba, sanaba heridas y cuidaba a los más débiles. Su corazón brillaba como el sol con su propio candor. Sin embargo, su rostro escocido y manos retorcidas le impedían salir, por lo que su auxilio se veía envuelto en la penumbra. Todo lo que hacía lo hacía escondida en las sombras para no ser encontrada. La tarde en que conoció al príncipe, no pudo resistir. Por primera vez su corazón latió arrítmico en el pecho y la respiración se le entrecortó. Debía tenerlo, era preciso. Así que conjuró a aquella que le regalaba sus poderes para usarlos en beneficio propio.

Poniéndose de pie momentáneamente, posó sus desagradables palmas en el alfeizar de la ventana de la prisión y miró los destellos de la luna que comenzaba a salir, diciendo:

-Soy una criatura que provoca espanto y dolor a los ojos del que se atreve a mirarme. Tuve que hacerlo. Tuve que usar la magia que me encomendaste, mi dulce luna, para cubrir mi cuerpo y ser una princesa para él. No me arrepiento y he de resarcir mi pecado con la muerte. Pero te suplico, madre de la noche, una vez que me haya ido, convierte mis restos en algo hermoso. Quiero que me tenga como no pudo tenerme en vida. Deseo que sea feliz.

A la mañana siguiente, mientras la bruja marchaba a su destino ante el verdugo y el hacha, los espectadores murmuraban insultos y la maldecían. Ella bajaba el rostro, avergonzada de su aspecto. El verdugo, impasible, le ordenó colocarse en el trozo de madera para arrebatarle de un hachazo la cabeza. Ella se atrevió a dirigir las pupilas a su amado. Él no la reconocía y, con un último vistazo, la repudió. El verdugo actuó y la bruja nunca volvió a ver la luz de otro día. Pero al morir, su cuerpo fue transformado en el de la princesa cuya divinidad había robado el alma del príncipe. Azorado, el príncipe corrió para tomarla entre sus brazos, aunque ya nada se podía hacer. Ahora ella descansaba con la luna en la ternura de su abrazo y nunca volvería a sufrir.