"La bruja de pelo rojo", Longobardo

08.07.2013 10:10

Los hombres jóvenes más valientes sentían una emoción cuando evocaban a la terrible bruja del bosque, una criatura de aspecto femenino, con irresistible encanto, pero con cascos de cabra en lugar de los pies. Su pelo, rojo como el fuego, caía sobre sus hombros blancos. ¡Ay de ser seducido! Los que sucumbieran a sus gracias la siguieron, encantados, y no volvieron nunca más. Ningún joven se atrevía de salir solo en la oscuridad, si no en caso de extrema necesidad, y sobre todo no desprovisto de una cuchilla, para plantarla inmediatamente al suelo, si se parecía a la bruja. ¡Cuántos jóvenes habían desaparecido! Imprudentes, habían salido solos por la noche, y habían conocido a la mujer fatal, que los había traído en el reino de las sombras, del cual no hay retorno. Pocos los afortunados que escaparan y pudieran contar la reunión temida. Algunos de los sobrevivientes, sin embargo, no tenían resistido al terror y habían enloquecido.

Fue una noche terrible, que todos aún recuerdan. Un joven llegó a una casa aislada, para pedir ayuda. Estaba aterrorizado y balbuceaba palabras indistintas. Después de un buen té caliente, fue capaz de hablar de su desventura.

"Cené en casa de un amigo y estaba volviendo a casa. El amigo quería que yo me quede para dormir, pero yo no quería. Puse el arnés a la mula, que era más cansada que yo, y empecé a cruzar el bosque. Cayó la noche, la mula me parecía ansiosa de ir a descansar en su establo. La luna iluminaba el cielo y el sonido de los grillos me adormecía. De repente me enteré que todos los ruidos habían cesado. La mula agitaba la cabeza, nerviosa, como si temiera algo escondido en las sombras.

Me cogió un escalofrío al oír una tenue voz que me llamaba por mi nombre. Una mujer, con tono de voz familiar, me pidió ayuda. Ella se me apareció, de pie bajo un olivo, bella y seductora, vestida con un velo blanco brillante.

La mula parecía petrificada. Salté al suelo. El rostro de la mujer fue golpeado por un rayo de luz de la luna y vi el pelo bien rojo, como llamas, que bajaba hasta cubrir sus caderas. Levantó el brazo izquierdo para aferrarse a una rama del árbol, y extendió su mano derecha hacia mí, como una invitación. Se parecía con mi novia, la que murió el pasado invierno de meningitis deslumbrante. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho como un loco tambor. Debía ser la terrible bruja. Estaba paralizado por un terror letal. Ella me invitó a acercarme con tonos suaves. Yo estaba a punto de rendirme a la llamada y darle mi mano. No sabía qué hacer, quería clamar a Dios para protegerme por Satanás y todos los demonios, pero ninguna palabra salió de mi garganta ahogada. Me arreglé para sujetar el cuchillo. El rostro de la mujer se convertió en una máscara espantosa, distorsionada por la rabia. Tomó el brazo del árbol y se dirigió hacia mí. Se acercó de una manera torpe. Entonces vi sus pies: eran cascos negros, bifurcados, como los de una cabra, cubiertos por el pelo que bajaba de los tobillos.

Intentó agarrarme, pero me tiré al suelo y le dio la daga al suelo. Ella gritó de dolor, como si le hubiera herido de muerte. Yo me aferraba desesperadamente al cuchillo, inmóvil, aterrorizado, los ojos cerrados, para no ver la vil criatura retorciéndose alrededor de mí. Sentía sobre mi cabeza el aliento horrible, como el silbido de las víboras. Me suplicaba a la extracción del cuchillo del suelo. Me prometía el poder, la eterna juventud, cofres de oro y plata, pero nada me interesaba, si no guardar mi vida y deshacerme de esa pesadilla. Yo no quería negociar con el diablo, por temor a perder el alma y la razón.

Después de lo que pareció una eternidad, me di cuenta de que no podía sentir su respiración en mi cuello, ni sus gritos furiosos. Abrí los ojos y miré alrededor. Pude ver en dirección al río una nube fantasmal blanca, que desapareció entre los árboles. Yo estaba de rodillas, con las manos aferradas a mi daga. Los árboles estaban quietos y en silencio, la luna y las estrellas seguían brillando, como si nada hubiera pasado. Salí de la oscuridad sombría del bosque y pedí ayuda a la primera casa que vi. Quería ver a otros hombres, la luz, la vida... "

Después de esa noche, el chico se cerró en un silencio total y no quería salir de su casa. Rara vez hablaba, era completamente cambiado. Se quedaba pensativo, y se mantenía mucho tiempo en la terraza, masticando paja, reflexionando sobre quién sabe. No pensaba al diablo de pelo rojo, pero le torturaba el recuerdo de su novia. Lo llevaron a un médico, que no lo podía sanar, entonces por todos los curanderos de la región, pero nada se podía hacer.

El joven, consumiéndose día a día, no se cambiaba de ropa, no se lavaba más. Parecía separado del mundo de los vivos, irremediablemente "poseído". No permitía que cualquier persona se acercase a él. Muchas veces lo vieron en el cementerio, en frente de la tumba de la niña desaparecida. Abrazado en la tumba fue encontrado una mañana, casi por accidente. Nadie le prestaba más atención a sus movimientos y nadie se había dado cuenta de su ausencia, que se estaba prolongando durante varios días. Pensaron en una de sus visitas regulares a la tumba de su enamorada. Su cuerpo, sin embargo, permanecía inmóvil. El joven estaba sin vida, tal vez desde un par de días. Los brazos agarrando la tumba con tal fuerza, que fue difícil girar su cuerpo. Una expresión serena, en el rostro atormentado, indicó que había encontrado por fin la paz. Tenía en la mano un largo mechón de pelo, rojo como el fuego. Alguien dijo que había visto, todo en torno al cuerpo del joven, las huellas de una zarabanda de pezuñas de cabra.