La Armadura de los Shyvasii", Kar Akdar

05.10.2013 11:08

 

Apenas asomaban los primeros rayos de Lakia tras el borde del océano, cuando Mistrak salió de las catacumbas. De Isla Luna, él próspero asentamiento costero de los shyvassi solo quedaba un montón de piedras ennegrecidas por el fuego. La llanura entre la costa y la aldea era un semillero de cadáveres. El propio Aeruk, thal de los shyvassi de Isla Luna, yacía herido en el corazón de la montaña.

Desde el primer contacto con los kiblanks, Mistrak supo que estos hombres, venidos en grandes canoas desde oeste de mundo Xho, no eran de confiar. Adoradores de extrañas deidades las criaturas de ojos luminosos llevaban la mentira reflejada en el rostro.

Así previno Mistrak a Aeruk, pero el thal había quedado deslumbrado hasta tal punto por las novedades y poderes desconocidos de aquellos seres, que puso a un lado toda prudencia y no tuvo por buenos sus consejos.

Con la confianza que le habían conferido largos años de poder sobre las tribus vecinas, el thal aceptó las ofrendas de los extranjeros y les obsequio a su vez con la piedra arcoiris; la que fragmenta la luz con su magia; acuna el fuego en sus entrañas; corta con facilidad las más duras materias y es capaz de emitir los más delicados sonidos cuando la tañen dedos expertos.

Mistrak pudo ver la codicia en los ojos de los jefes kiblanks, pero nada logró hacer para cambiar la suerte de su pueblo.

Dos rondas de Lakia después de la llegada de los malditos, el thal convocó a todos los shyvassi a presenciar la magia de sus invitados. Unos extraños artefactos fueron colocados en la llanura aledaña a Isla Luna y, a la caída de Lakia, comenzaron a rugir y lanzar fuegos que estallaban en el cielo dibujando figuras de colores.

Los shyvassi se lanzaron al suelo temiendo la cólera de los dioses. Ante el desconcierto de la guardia personal del thal, uno de los jefes kiblanks, guerrero fornido y de larga trenza blanca clavó su arma filosa en el cuerpo del regente.

Así comenzó la matanza.

Las hachas shyvassi, talladas de las más duras rocas, se quebraron contra las armaduras de los extranjeros y las armas de estos atravesaron con facilidad los petos de cuero de los guerreros locales.

La mitad de sus hombres y mujeres cayeron. El resto escapó hacía las catacumbas, llevando consigo a su thal herido y a los niños que pudieron salvar de la sed de sangre de los kiblanks.

Pero hoy, con la salida de Lakia, no había lugar para las lamentaciones.

Mistrak, riik de los shyivassi, custodio de los secretos de los Dioses Etéreos, tenía un trabajo que hacer.

Visitó uno por uno los cuerpos inertes de centenares de guerreros. Con la ayuda de sus ayudantes comprobó los signos vitales y, una vez confirmada la partida del alma al Ikss, el lugar-donde-el-agua-no-cesa, les aplicaba los ritos mortuorios elementales. Pero en está ocasión Mistrak dio un paso más allá.

El riik fue atrapando la esencia de los muertos en su caracol espejo. Era una magia prohibida, legado de los dioses etéreos, y su implementación solo era lícita en un caso de vida o muerte para la nación shyvassi. De acuerdo con los códices ocultos, la muerte física no extingue totalmente la llama de la magia en el individuo. Por medio del antiguo sortilegio Mistrak aspiró esa magia de los guerreros muertos, mezclada con la ira ante la traición, el odio a los invasores y el amor por su tierra.

Cuando hubo terminado, con Lakia ya bien avanzada hacía el oeste, Mistrak y sus ayudantes transportaron el caracol hacia las catacumbas y con esa amalgama vital del amor-odio, el riik entretejió una armadura para cada guerrero shyvasi.

Dos recorridos completos de Lakia tomó el proceso.

En la mañana del tercer día, encabezadas por la guardia personal del thal, las huestes shyvasi sorprendieron a los kiblanks en su campamento a orillas del océano y los diezmaron.

Los pocos invasores que lograron escapar en sus embarcaciones referirían al llegar a sus tierras que el cuerpo desnudo de los guerreros shyvasi emitía aquel día un enigmático halo que los hacía invulnerables a sus armas de acero.

Desde la cima del monte sagrado, Mistrak contempló la victoria a través de sus lentes de poder. Luego le entregó los atributos de riik a su primer ayudante y cerró los ojos para siempre. Porque estaba escrito en los códices divinos que una magia de tal magnitud solo podía ser sellada con la vida del hechicero. Así ningún caudillo sediento de poder y gloria podría usar jamás en su provecho las telúricas fuerzas de la muerte.