"Juicio moral", La Agüelita

04.01.2014 12:08

                 

"En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento". Albert Einstein.

 

 

                    Un encuentro casual

                     solo un encuentro,

                      y aquellos ojos tiernos al mirar,

                      … nos engañaron…

 

- Hace dos días -

Sigo a la jovencita por calles que no conozco, a una distancia prudente, con la mirada aparentemente distraída de una vengadora nata. A mis ochenta años me cuesta seguirle el paso, pero las estrechas calles empedradas del casco antiguo de la ciudad, también ralentizan el ritmo de la muchacha.

Mi mente se encuentra completamente absorbida por grandes dosis de enojo y tristeza, emociones que golpean mi cansado corazón, sumiéndolo en un mar de efímeros  latidos, un corazón que se muere lentamente, derrotado, triste, por verse apartado de su hogar, deshojando sus últimos días, antes de partir. En un par de días he de desalojar mi casa, mi morada desde mi tierna infancia, víctima de un engaño, tan cruel como premeditado.

No me quedará nada, no tendré donde ir.

Ha sido una vida llena de felicidad junto a mi marido y nuestro hogar. Dios no nos dio la posibilidad de engendrar niños, pero el amor entre nosotros y la infinita alegría de los niños de acogida, que cada año pasaban por él, llenaban nuestras vidas.

Hace unos meses, recibimos el frío aviso del banco. La propiedad quedaba embargada, y sería derruida para construir unos grandes almacenes. Hacía tiempo que no podíamos pagar la hipoteca. ¡Y la casa había sido nuestra!, ¡nuestra!, muchos, muchos años, hasta que aquel pésimo día, aquella muchacha de cara angelical… nos timó.

¿Para qué una casa totalmente nuestra?. ¿Por qué tenerla en propiedad, si mientras no tenemos casi ni para comer?. Y además con la crisis que tenemos encima. ¿Por qué no venderla al banco y comprar bonos preferentes que nos vayan dando rendimiento para pagar la hipoteca y tener unos ahorrillos?.

Ingenua la mente de los octogenarios que nos vimos estafados. Menos ingenuo el talento negociador  y embaucador de la exitosa joven directora de la sucursal.

Y ahora la tenía allí delante, a la traidora, la principal responsable del fallecimiento de mi marido el mes pasado, cuyo gran corazón no pudo sufrir todo este tormento.

Su esbelta figura se detiene en el lujoso portal de un edificio de oficinas, la sede oficial de los grandes almacenes que demolerán mi casa. Gruesas lágrimas de rabia inundan mi arrugado rostro. Con la mirada perdida acaricio el recio mango de la navaja, que esconde mi bolsillo…

 

- Ayer -

    Pesadillas, miedos y ansiedades visitan y perturban mi sueño. He despertado sollozando, con la eterna herida en mi alma.

    Emociones contradictorias me atormentan cada noche, la sed de venganza, porque la peor pesadilla es estar despierta en vida sin nada que soñar, y a mí me lo han arrebatado todo, y, por otra parte no dejo de pensar que no soy, no quiero ser una asesina; pienso en los niños de acogida, muchos de los cuales su edad actual no diferirá mucho de la de la joven directora.  

    El sonido del timbre de la puerta me devuelve a la triste realidad. Abro y me encuentro frente a frente con la joven de rostro candoroso. Dice necesitar hablar conmigo sobre lo de mañana y ofrecerme todas las explicaciones del porqué todo el proceso a concluido con este trágico final.

    Con rabia contenida la invito a pasar, hasta la cocina, y preparo un té, para lo que parece va a ser, una mañana muy larga.

    Comienza a explicarme otra vez lo de las participaciones preferentes, que tenían un funcionamiento sencillo, con gran rendimiento, y que por eso ella había propuesto la venta de propiedades y compra de bonos a gente mayor, para ayudar a los más desprotegidos. Con lágrimas en los ojos y voz quebrada va relatando que en estos tiempos de crisis se habían convertido en una trampa por varios motivos, resultando prácticamente imposible recuperar el capital, y… no, no puede acabar la frase, sollozos y gemidos entrecortados inundan el ambiente, con cabeza gacha y rodilla en tierra me pide perdón mientras me entrega la notificación de desahucio para mañana y el consecuente derribo de mi hogar ese mismo día.

    Un punto de compasión invade mi interior, en el fondo no es mala persona, es una víctima más de este sistema que nos ha llevado a una crisis general, que nos está arrastrando a todos a un sombrío final.

Las sabias palabras de mi madre emergen en mi cabeza, recuerdos de la infancia, cuando siempre me recordaba bellos fragmentos bíblicos, “Si tu hermano pecare contra ti entonces repréndele, si (después de haberle reprendido) se arrepiente entonces perdónale”.

Sus inacabables lágrimas besan el frio suelo cercano; con gran tristeza me giro hacia el armario de la cocina donde guardo los pañuelos, un armario viejo, blanco, con un espejo en su centro que me muestra… me muestra su doble cara,  me muestra el verdadero monstruo de esta sociedad, agachado, sí, con lágrimas en los ojos, pero ahora, creyendo que no puede ser visto, con una chispa especial en ellos, una chispa maligna, y una sonrisa falsa, cínica, burlona, de quien se sabe buen estafador.

Con súbita ira le asesto un golpe en la cabeza, con la tetera,  certero, sinuosos regueros de sangre y lágrimas invaden el suelo. Su delgado cuerpo cae lateralmente mientras sus ojos se van cerrando, el eco del golpe contra el pavimento resuena en la vivienda.

Pausadamente arrastro por los pies a la embaucadora hasta la alacena, sigue inconsciente. Son apenas unos metros, pero me lleva horas poder meterla, atarla y amordazarla. Por último cierro sus puertas y me dejo caer en el suelo de la cocina, agotada; lentamente el sueño invade todo mi cuerpo.

 

- Hoy -

    Me despierto entre escalofríos, una tiritona persistente hace presa en mí. Poco a poco empiezo a tomar consciencia de donde estoy y lo ocurrido ayer. He estado durmiendo casi un día. Hoy es el día tan marcado en esta sociedad nuestra, el día del desahucio y derribo de mi casa.

    Nervios, estrés, ansiedad, situaciones que van haciendo mella en mi anciana mente. Deambulo por la casa, con la mirada perdida, mientras  preparo mi pequeña maleta y adecento la cocina.

    Finalmente me dirijo hacia la alacena, sí, hacia la alacena, porque irremediablemente este mundo sigue siendo de gente perversa, tramposa y cruel, y mi juicio moral no me permite tener a alguien encerrado esperando un cruel destino… Llaman, llaman a la puerta, un mar de histeria se apodera de mí, iba a… no puedo recordar, iba a hacer algo pero no logro recordarlo…

    Abro por última vez la puerta, con la maleta en la mano, y me dejo llevar tiernamente, entre arrumacos, mientras oigo voces que me aseguran que el centro de acogida es el mejor lugar donde puedo estar. 

    El sol de la mañana se esconde entre las nubes mientras un oscuro secreto se instala en lo más recóndito de mi mente, para que nunca pueda llegar a recordarlo.

Sonidos de excavadoras invaden el ambiente…