"Joven de la esquina plateada", Vladimir Senda

17.09.2013 10:44

La ciudad parecía embriagada de brumas estivales. El cielo nuboso se hallaba a ras del pavimento caliente como arenas de un desierto. El auto negro era un carbón tiznado impregnado de un fuego sin llamas. El semáforo detuvo a la joven mujer distraída, que frenó su coche menos por atención que por instinto. Su cabeza divagaba en temas insustanciales que se antojaban a tono con la pesadez de la atmósfera turbia y gaseosa de la ciudad, en ese extraño mediodía de diciembre. Por instinto revisó los seguros de las puertas y contabilizó los objetos que la obsesionaban: sus anteojos, su teléfono, la radio, y un par de discos más algunos libros que, desordenados, ocupaban el asiento delantero. Todo estaba. Un ritual cotidiano que producía desasosiego o una paz efímera o menor, derivada de la serenidad que la poseía cuando nada faltaba. Una más, solo una persona más en la ciudad monótona, de manzanas iguales y repetidas. Una cuadrícula previsible de casas bajas con escasos edificios singulares. Eclécticos, plagiados, réplicas que carecían de armonía arquitectónica. No se veía gente; el verano desolaba la ciudad que se poblaba en invierno y se vaciaba de actividades y de gentes en tiempos de fiestas y descanso. La estación de servicio lateral, relucía de rojos y naranjas, como un atardecer ilusorio. El sol quemante y blanco de plata lo invadía todo. Pero un sereno atardecer, bello y fresco de primavera se mostraba con solo girar un cuarto la cabeza de quien conducía y pensaba. El edificio blanco que veía enfrente,  le había parecido esbelto en otros tiempos. Ahora se había convertido en un modesto ícono racionalista hecho de cartón, útil para muestra de escuelas de diseño. La plaza arbolada se veía sesgada, con árboles saturados de verdes, que producían sombras preciadas por la escasa población que deambulada en trámites o transacciones de ocasión. Abrumada de pensamientos no supo cuánto verdes de luces la habilitaron a seguir. Nadie habitaba esa calle desolada y permaneció largas horas, o días, o años, detenida en la esquina inmóvil. Cuando volvió en sí, ya no había sol y una llovizna ineficaz había manchado los vidrios. Observó que las luces de la estación se hallaban apagadas y se notaba ahora abandonada. El cruce de calles se veía mojado y un tenue gris se acentuaba por el barniz plateado de la luna. Un joven apareció como de un sueño. Era moreno, conforme y con una barba rala que dibujaba algo singular en su cara. Ofreció limpiar los vidrios. La mujer agradeció y negó cuando advirtió que no tenía monedas o un billete de escaso valor para recompensarlo. Nada lo detuvo y prolijamente devolvió transparencia y claridad al turbio para-brisas salpicado de tierra. Esperó tal vez su recompensa. La mujer lo miró con sinceridad, hurgando entre sus cosas algo con qué pagar. Con un gesto se excusó. El joven la miró a los ojos extasiado, olvidado del vidrio y de su labor. Sonrió con una demorada mueca, plácida, confiable, intensa. Su mirada, ahogada en sus ojos marítimos, se detuvo sin razones. Tiene unos ojos muy lindos. ¿Sí?; ¡son hermosos!, contestó, mientras sonreía y la barba dibujada en su cara mutaba en expresiones de mimo o máscaras de carnaval. Se fue apartando sin quitar sus ojos de sus ojos, hasta desaparecer en la persistente luz plateada. Acomodó el espejo y vio una mujer atravesada de arrugas, de pelo incoloro y rasgos imprecisos. Aterrada, solo reconoció sus luminosos ojos azules como el cielo de ese reiterado o perdurable mediodía de diciembre. El sol reverberaba pertinaz sobre las nubes bajas - grises de hojalata - del inacabado desierto.