"Je ne t'aime plus"

21.07.2014 11:33

Je ne t´aime plus

Marat

 

No bien se terminó la función salimos del teatro. Yo alcancé a ver algunos conocidos de otros fines de semana, pero como esa vez iba acompañado, no quise detenerme. Si debo ser sincero, no me pareció tan mal. Para ser el primer protagónico de Sadaise Arencibia, la vi bastante bien. Por supuesto, yo hubiera preferido a Lorna Feijóo o Alihaydée Carreño interpretando ese mágico contraste que Odette y Odile suscitan en nuestras más profundas emociones, pero una estaba en el San Francisco Ballet y la otra en República Dominicana haciendo soloDiosabequécarajo, y no quise atormentarme pensando que nos estábamos quedando sin bailarinas gracias a algún secreto que nadie, en su sano juicio, se atrevía a confesar. Gonzo intentó bromear diciendo que lo mejor del Lago había sido el trasero de Víctor Gilí. Casi todos se rieron con aquella ocurrencia, pero la mirada de Frank lo hizo callar y allí mismo terminó su broma. Aunque no la noche.

—Son solo las diez—había suplicado Mauricio, el novio de Gonzalito. Nadie nos lo había presentado, ni siquiera el mismo Gonzalo. Por lo general, esa era una operación completamente innecesaria. Todos lo sabíamos y nunca hacíamos preguntas estúpidas. Siempre ocurría del mismo modo: el nuevo comenzaba a insertarse lenta y continuamente en nuestro habitual grupo de andanzas y, ya para la cuarta o la quinta salida, era uno más de nosotros.

Otra vez Frank se atravesó.

—De eso nada, monada. Después el transporte se pone en llamas.

—Podemos coger la confronta de la 298; pasa a la una.

Nadie hizo gesto alguno aunque, lo más probable es que todos hubiéramos preferido extender aquella circunstancia hasta algo más de las irrisorias diez que marcaba el intransigente reloj de Frank.

—No sean así. Miren, si quieren yo compro una «Tres Toneles» y nos vamos para la Avenida del puerto.

La idea pareció aceptable y, más que aceptable, magnífica. Un brandy a aquella hora no estaría nada mal, en especial, si lo pagaba Mauricio. Y, mientras el Gonzo y él compraban la botella en el Floridita, nosotros seguimos por Obispo en busca de la bahía. Solo llegamos hasta la Plaza de Armas. Allí estuvimos hasta que la primera, la segunda y la tercera botella estuvieron lo suficientemente vacías, o quizás hasta que la cara de Frank comenzó a emular con el trasero de una mofeta contrariada. No recuerdo con exactitud. Casi enseguida se terminó todo: las críticas de ballet de Mauro, las bromas tóxicas de Germán, el oportuno silencio de María y hasta aquella extraña noche inconclusa.

Solo seguía inalterable la mala cara de Frank.

 

Y así, por los próximos días.

 

—¿Qué le pasa a Frank? No quiere ni hablarme.

—¿A ti tampoco?

—¿Excuse moi?

—Como lo oyes; al parecer ha decidido olvidarse de que nosotros existimos.

—Pero, ¿por qué él se pone así, tan malito?

—Yo creo que me vio besando a Mauro.

—No te lo puedo creer. Solo a ti se te ocurre hacer algo así… y nada menos que delante de Frank.

—¿Y por qué me voy a esconder para besar a mi novio? Si él no quiere vernos puede virar la cara.

—Tú sabes muy bien cómo es él.

—Claro que lo sé. Por eso no me explico por qué sigue saliendo con nosotros.

—Rectificación: salía.

—Sale o salía, da igual. Yo creo que, muy en el fondo, el padece del mismo mal.

—Tú no eres nada fácil, papito.

—Saca la cuenta tú mismo; este no es mi primer novio. Él los ha conocido a todos y, que yo sepa, hasta ahora ninguno le ha molestado.

—Siempre hay una primera vez. Lo que me fastidia es que también la haya cogido conmigo. A fin de cuentas yo no besé a nadie.

—¡Como te gusta hacerte la víctima! ¿Tú crees que él es imbécil? Estoy segurísimo de que él conoce muy bien la pata de la que tú cojeas.

—Yo tampoco pienso que él sea un imbécil pero eso no quita que se haya pasado.

—Me imagino que tenga alguna razón.

—¿Razón? ¿Qué razón podría tener?

—¿Qué se yo? Yo no soy un adivino.

—Yo tampoco…, pero bueno, él se lo pierde. De cualquier forma, je suis trop desolé mais c´est ne pas ma faute.

 

No sé por qué Frank se me había hecho prácticamente imprescindible. Quizás eran las pizzas de La Boya, que por lo general pagaba yo, los juegos de dardos en el laboratorio del Charlie o las canciones de Polito Ibáñez en mi cuarto de estudio, pero solo las del Recuento, las otras estaban vedadas. Laura y María nos miraban como si nosotros fuéramos extraterrestres. Escuchábamos el disco una y otra vez intentando encontrar nuevos sentidos a cada una de las letras. A veces él trataba de reproducirlas con su guitarra y yo lo acompañaba con mi voz de pregonero. Es cierto que de vez en cuando discutíamos. A él le gustaba Pink Floyd y yo prefería Guns and Roses; él era fan de Industriales y yo de Santiago; a él le gustaba María…, al menos eso era lo que me decía, no obstante, siempre me asaltaron serias dudas al respecto. A pesar de eso, nunca habíamos dejado de hablarnos. Esto tenía que ser otra cosa. Sin embargo, no podía imaginarme qué. Laura no entendía aquella repentina enemistad si bien, más que enemistad, era un desagradable silencio que había abierto una grieta demasiado grande entre los dos. Eso era lo peor; no hay nada tan terrible como tener que aceptar algo para lo cual jamás se está preparado.

—¿Qué les pasa a ustedes?

Yo no podía responderle, aunque lo quisiera. Y la verdad es que tampoco quería. No soportaba tener que dar explicaciones cuando el sentido común indicaba que lo normal sería recibirlas. A pesar de eso, ella me caía bastante bien y, cuando me invitó a la última obra de El Público, no lo pensé dos veces.

Desde su estreno, La Celestina había acaparado la atención de toda la capital, y conseguir una entrada para alguna de sus funciones se convirtió, de súbito, en una titánica faena para todos aquellos que esperaban, impacientemente, deleitarse con la desnudez de media compañía. Era muy probable que la representación número cien cerrara las cortinas de aquel espectáculo, tal vez para siempre. Nunca me imaginé que Laura me fuera a hacer aquella mierda. Cuando llegué al Trianón, Frank estaba con ella. Y María, y Germán, y el Gonzo con su novio. Hasta el Charlie estaba. ¡Tremenda reconstrucción de los hechos! Pero yo me sentía inocente. Quizás por eso me molesté tanto y estuve a punto de irme. Ella me insistió, casi llorando, y no tuve más remedio que quedarme. Eso sí, ni siquiera miré a Frank y pasé por su lado como si no existiera. Solo hablé un poco con Gonzalo y, cuando se terminó la obra, me fui molesto con todo el mundo, hasta conmigo mismo. Esa noche supe que las cosas no podían seguir de aquel modo. Había aprendido a aceptar los hechos, pero solo cuando me los explicaban pormenorizadamente, y eso no había sucedido aún.

 

—¡Párate ahí!—le ordeno—. Ahora mismo me vas a decir qué cojones te pasa conmigo.

Desde hacía más de una hora lo esperaba a la entrada del edificio. No quería que se me escapara esta vez.

Él no se deja impresionar. Se detiene, un poco sobrecogido, y solo baja la cabeza.

—Mírame—vuelvo a la carga—, y contéstame, coño, que estoy esperando.

—No puedo.

Al fin me habla. Sin embargo, no es eso lo que necesito. Lo que necesito es una explicación que me ayude a comprender o, mejor, que todo vuelva a ser como antes, que aquella maldita noche jamás se hubiera atravesado en nuestras vidas.

—Al menos dime por qué. ¿Fue por lo de Gonzalo?

Él parece extrañado.

—No puedo—repite antes de escabullirse sin que yo pueda detenerlo.

 

Desde bien temprano escucho el Recuento. Cuando se termina la última canción vuelvo al principio, invariablemente yo la respiración cortada, tú desnuda, me perdía por la gracia de tu pelo. Él llega durante el tercero de los ciclos, justo cuando empieza Dudas como espejo Y con aparente amor en la mirada, sin señales ni testigos

—¿Recuerdas esa noche?—me pregunta casi sin abrir la boca.

Creo que supone mi respuesta porque no la espera nos dimos el cuerpo hasta la mañana cuando del error supimos.

—Esa noche pasó algo que lo cambió todo.

Ya estamos avanzando. (¿Ya estamos avanzando?)

 —¿Qué pasó?

Él me mira por unos segundos aunque no contesta Y en la pesadumbre de ese desacierto fuimos lo irreconocible, lo peor

—¿Qué hice?

Me vuelve a mirar y, mientras baja la vista, me dice:

—Me dijiste que yo te gustaba…, en Francés.

Yo contengo la respiración y comienzo a temblar y en gesto triste te fuiste en silencio cuando despertaba en mi ventana el sol

—¿Alguien más lo oyó?

—Todos, menos Gonzalo y su novio.

No me atrevo a mirarlo. Ya pasó el invierno Él sigue allí hasta que se termina la canción y aún tu sombra en mi cuarto Luego se pone de pie, como si le pesara, va llorando una lágrima y se marcha sin esperar la próxima.