"Hora de cenar", Alanore

31.10.2013 18:13

 

Anoche, mi novio quiso tener un gesto romántico conmigo. En las últimas semanas hemos discutido con bastante frecuencia, por lo que pensó en invitarme a una cena romántica para tratar de acercar posiciones. No tenía por qué hacerlo, no soy de esas que con un detallito se olvida de lo ocurrido, no obstante, no me opuse, pues sabía que nos vendría bien salir una noche juntos.

Reservó mesa en un italiano del centro, en una zona pintoresca por la que a los turistas les gusta pasear y hacer fotos. Íbamos caminando por una callejuela cuando, al fondo, vimos coches de policía impidiendo el paso y una muchedumbre curiosa amontonada alrededor de las vallas de seguridad. Cuando pasamos junto a ellos se me ocurrió preguntarle a una mujer sobre lo que ocurría.

-Están rodando una película -me contestó sin apartar la mirada del coche cruzado en mitad de la carretera y centro de todos los focos.

Continuamos nuestro camino sin prestarle más atención al asunto, huyendo de la multitud allí reunida y escurriéndonos hacia la puerta del restaurante, situado en la siguiente calle. Una vez en el interior, el que sería nuestro camarero nos guió hacia una mesa situada al final del local, donde se respiraba un ambiente tranquilo, a diferencia de las mesas más cercanas a la puerta, abarrotadas y demasiado bulliciosas para nuestro gusto.

No fue hasta que pedimos el postre cuando me di cuenta de que, sentado en la mesa contigua, ¡cenaba mi actor favorito! ¡Qué sorpresa! No pude evitar comentárselo a mi novio y comenzamos a cuchichear. Aquel guapísimo actor de piel clara y ojos negros se dio cuenta (no éramos muy discretos) y sonrió un poco avergonzado en nuestra dirección. Mi novio le sonrió de vuelta y, cuando me vio, embobada como estaba, decidió presentarse e invitarle a una copa. Él, agradecido y educado, nos invitó a su mesa. Charlamos durante más de una hora, aunque yo más que hablar le observaba embelesada. Si se dieron cuenta de ello, al menos tuvieron la decencia de no decir nada al respecto. Nos comentó que ya había terminado de rodar sus escenas y que pasaría la noche en la habitación de hotel que la productora le había reservado, pero que como no conocía la ciudad y no recordaba por dónde quedaba, tendría que coger un taxi. Antes de darme cuenta de mis palabras, ya me estaba ofreciendo a llevarle (con mi novio, claro). Me dedicó una sonrisa exquisita, aceptando el ofrecimiento. Miré a mi novio y, para alivio mío, no puso objeción alguna, así que salimos del restaurante en busca del coche.

Cuando llegamos a su hotel, bastante alejado del centro, se ofreció ahora él a invitarnos a una copa en su habitación, y mi novio, consciente de la ilusión que me hacía, aceptó en nombre de los dos. ¿Cuánto tiempo pasamos allí metidos? Es algo que no sé. Lo único que recuerdo desde que cruzamos el umbral de la puerta es la copa de vino que nos sirvió, mi cabeza dando vueltas e incapaz de fijar la mirada, y nuestras ropas tiradas por los suelos.

Me he despertado sola, desnuda y mareada. El sabor de la sangre invade mi boca. El espejo del cuarto de baño no me devuelve mi reflejo. ¿Tan mareada estoy? Me duele el cuello; me palpo y descubro dos pequeñas heridas gemelas. Del cuarto de baño asoman un par de piernas inertes y amoratadas. Me apresuro a buscar mi ropa y descubro una nota en la mesa de la habitación.

"Gracias por lo de anoche, me divertí mucho. Espérame. Regresaré al anochecer".

No reconozco la letra. Espera, ¿se divirtió mucho? De pronto, ya no me parece tan importante el estar confusa; ni esas piernas que creo saber a quien pertenecen. Sólo deseo cerrar más aún las cortinas y esperarle desnuda en la penumbra.