"Historia sobre una premonición", Igor Rodtem

30.10.2013 11:43

No le importaba que le llamaran la bruja, al fin y al cabo se dedicaba a ello: era vidente y futuróloga, echaba las cartas, leía los posos del café y adivinaba el porvenir a través de una bola de cristal, o donde se terciara realmente, siempre que a cambio hubiera una suma de dinero, generalmente considerable, y siempre “a voluntad”. Ni qué decir tiene que se trataba de un completo fraude. No tenía esas supuestas habilidades de las que hacía gala, ni creía siquiera en esa posibilidad, pero sí poseía una gran elocuencia y mucha labia, un gran don de gentes, que se suele decir. Eso, unido a una cierta habilidad analizando la psique humana, le permitía convencer a la gente de la veracidad de sus poderes. Era una tramposa, una engañadora profesional, y le daba igual los sentimientos de los demás, porque la gente seguía acudiendo a ella, soltándole su dinero. A sus ya más de cuarenta años, sabía que se había convertido en una mala persona, poco digna de confianza y algo ruin. Tampoco quería cambiar.

Esa vida huraña y llena de engaños no le había permitido rodearse de un círculo de amigos fieles. A los pocos que había podido tener a lo largo de su vida, los había acabado traicionando más temprano que tarde. Pero el momento más vil de su vida ocurrió unos cuantos años atrás, tras una tortuosa relación con un buen hombre que, infructuosamente, intentó que cambiara de vida y se convirtiera en una mujer de bien. Se quedó embarazada, sin desearlo, y lo primero que hizo fue deshacerse de aquel pobre tipo, a quien rompió el corazón y jamás le confesó su embarazo. Después, tras un fallido intento de aborto, y tras un doloroso parto, decidió abandonar a su hija a las puertas de un hospicio. En aquel momento, lo hizo con odio hacia su hija no querida pero, con el tiempo, fue de lo único de lo que llegó a arrepentirse en su vida.

Su vida empezó a cambiar realmente cuando tuvo un extraño sueño premonitorio. Una noche, tras una larga sesión de falso espiritismo, cuando ya se disponía a tomar una austera cena, entró en lo que parecía ser una especie de trance. Tan sólo duró unos pocos segundos pero lo que vio dentro de su mente, en una experiencia tan vívida como la propia realidad, le dejó helada. Vio, y no le cupo la menor duda de que no era un simple sueño o una mera pesadilla, su propia muerte. Vio cómo alguien –una mujer vieja y decrépita, muy fea y llena de arrugas–, y a la que estaba segura de no conocer, se le abalanzaba encima, casi de sopetón, y le echaba las manos al cuello, llena de furia y odio, agarrándola con fuerza, ahogándola hasta dejarle sin respiración. Acabando con su vida en poco más de un instante.

Se pasó los días siguientes, como es lógico, verdaderamente asustada, vigilando sigilosamente a todo el mundo cada vez que salía a la calle, esperando encontrarse con la anciana de un momento a otro. Decidió no atender a nadie en su “consulta”, que no era más que un pequeño cuartucho debidamente decorado, en su propio piso. Los días fueron pasando, pero nada ocurrió, la anciana no hizo acto de presencia. Poco a poco, la bruja fue recuperando el valor y dejando atrás el recuerdo cada vez más lejano y borroso del mal sueño que vivió. Pero no se encontraba con ánimo de continuar ejerciendo de vidente. Temía que le volviera a ocurrir un episodio similar. Prefirió buscar otra manera de ganarse la vida, y acabó convirtiéndose en costurera de una pequeña tienda de barrio. Fueron pasando los días, los meses, los años... La anciana de aquel extraño sueño jamás apareció y la bruja, a la quien ya nadie llamaba así, la fue olvidando hasta convertirse en apenas un borroso recuerdo del pasado. De una vida pasada, ya apenas recordada. Tampoco volvió a tener ningún otro sueño ni experiencia similar a la que tuvo aquella lejana noche.

Cuando ella misma era ya una anciana que había pasado de los setenta, y retirada ya de su apacible trabajo como costurera, recibió una desconcertante invitación. Alguien requería sus servicios como vidente. Alguien que sabía que ella se había dedicado a adivinar el futuro, y que estaba dispuesto a desembolsar una importante suma de dinero. Aunque le entraron muchas dudas, decidió aceptar. No aceptó por el dinero que le ofrecían, aunque la cantidad era generosa. En parte aceptó por tener la oportunidad de volver a hacer aquello a lo que se dedicó hacía tanto tiempo, pero sobre todo aceptó por la curiosidad de saber quién preguntaba por ella.

Se presentó una joven, que no tendría más de veinte años cumplidos. Era una chica atractiva, de larga melena rubia, muy brillante, y de penetrantes ojos azules. Aunque no la conocía, le resultaba extrañamente familiar.

—Antes de nada –dijo la bruja una vez que tomaron asiento–, quiero saber un par de cosas sobre ti.

—Pensaba que los videntes no necesitaban hacer preguntas –replicó la joven. El comentario era jocoso, pero su rostro permanecía serio, sin sonreír siquiera.

—Una cosa es tener ciertas habilidades –respondió la anciana, sonriendo socarronamente–, y otra muy diferente es saberlo todo, niña.

Se encontraban en una pequeña salita de su también pequeña casa. La bruja había decidido no montar una decoración especial, al estilo de los viejos tiempos. Ya no se dedicaba a adivinar el futuro y, fuese quien fuese su visitante, ésta ya lo sabría.

—¿Quién eres y cómo has dado conmigo? –preguntó la anciana.

—Sólo soy una chica con preguntas que necesitan respuesta –respondió rápidamente la joven–. Y si estoy aquí, es porque alguien me habló de usted.

—Son respuestas ambiguas...

—Pero soy yo quien debe hacer las preguntas...

La anciana sonrió.

Touché –dijo, poco después–. ¿Qué buscas? ¿Qué quieres de mí, niña?

—¿Qué método utilizas para adivinar el futuro? –preguntó la chica tras una breve reflexión.

—Hace mucho que ya no poseo una bola de cristal, y no tengo ganas de hacer café para leer en sus posos, así que haremos algo más íntimo... Extiende los brazos hacia mí, y deja que te sujete las manos... No temas, apenas tengo fuerza ya, a mi edad... Ahora relájate, deja que tu mente fluya con la mía. Y pregúntame lo que quieras saber...

Que ya me inventaré lo que haga falta, pensó la anciana. Después de tantos años, y al parecer no había perdido nada de su arte.

—En realidad... –comenzó la joven, titubeando por primera vez desde que se había presentado allí–, no es el futuro lo que me preocupa.

—¿Ah, no?

—No, señora –contestó–. Quiero saber sobre el pasado.

—¿Sobre el pasado en general o sobre algún pasaje en concreto? –preguntó la bruja, siguiendo su papel, como tantas veces hizo tiempo atrás.

—Quiero saber por qué... ¿Por qué? –la expresión de la joven se tornó gris.

—Me temo que tendrás que ser más explícita... –pidió la anciana, ciertamente desconcertada.

—Mi madre murió cuando me dio a luz –explicó la chica, con un par de lágrimas gemelas bajándole por ambas mejillas–. Pero me dejó escrita la historia de su vida... Una vida triste y penosa... Y todo por culpa de su propia madre, mi abuela.

La bruja se puso tensa de repente, y se le erizó el escaso vello de su cuerpo arrugado. Sin ser apenas consciente de ello, apretó con fuerza las manos de la joven entre las suyas, pero ésta tampoco dio signos de percatarse de ello.

—Mi madre fue abandonada nada más nacer –prosiguió la chica, llorando ahora más vehementemente–. No pudo conocer a sus padres, y eso la marcó de por vida. Cuando fue adulta, se dedicó a buscar su propio origen y, lo que encontró, la asustó y amargó aún más.

—¿Qué fue lo que encontró? –preguntó la anciana, con recelo. Cada vez apretaba con más fuerza las manos de la joven.

—Su madre... mi abuela... era una mala persona, una embaucadora y mentirosa... Llevaba una vida basada en el engaño y el odio... Abandonó a su propia hija... Y lo peor de todo, con el paso de los años llegó a reconducir su vida, pero jamás intentó recuperar o siquiera encontrar a su hija... Yo me pregunto... ¿por qué?

—No sé por qué me cuentas todo esto, niña...

—Lo sabes muy bien, bruja. Soy tu nieta. Eres mi abuela.

—¡Nooooooooooooo! –gritó la anciana, apartándose violentamente de la muchacha–. ¡Déjame! Ya he dejado atrás esa vida...

—No es verdad –replicó la joven, furiosa–. O no me habrías dejado venir...

—¡Déjame!

—Aún no me has contestado...

—¡Déjame en paz!

—¿Por qué?

Ambas mujeres se levantaron forcejeando con violencia y fuera de sus casillas. Y ambas con más fuerza de la que aparentaban a simple vista, quizás producto de la rabia. La joven trastabilló, y la anciana aprovechó para echarle las manos al cuello. Apretó con fuerza y, unos segundos después, la joven dejó de forcejear. Había muerto, estrangulada. Entonces la bruja recordó aquel extraño sueño premonitorio que tuvo hacía tantísimos años. Y pudo recordar con claridad el rostro de la vieja. Era su cara, era ella misma. Cuando tuvo aquella visión, aquel raro sueño, se vio incapaz de reconocer su propio rostro envejecido, pero ahora lo comprendió todo. Había interpretado mal la premonición. En realidad, no vio cómo la estrangulaban a ella, sino que vio cómo ella estrangulaba a su propia nieta, de cuya existencia ni siquiera sabía hasta entonces.