"Globurfars y la sombría puerta", A. Torque

10.06.2013 11:37

Globulfars había pasado todo el día con Mamá Duende en su cocina, mientras ella hacía galletitas y rosquillas azucaradas, sus preferidas; él ejerció de ayudante durante todo el tiempo, nada podía igualarse a aquel olorcillo que despedían en el horno al tiempo que se tostaban, incluso los recipientes donde se había hecho la masa despedían un olor de lo más agradable, todo el lugar estaba impregnado por un dulce aroma, sin embargo al declinar la tarde llegó la hora de volver a casa. Con su ceremonioso estilo Mamá le sirvió al pequeño un buen surtido de pastas en una bandejita, la cual envolvió con un florido pliego de papel como acostumbraba a hacer; se despidió con un sonoro beso y le introdujo una de sus rosquillas en la boca, de tal modo que le hizo parecer un “tragaldabas” pues su tamaño era considerable, con una mirada por encima de sus anteojos se lo dijo todo, “Ve directo a casa”, no fue necesario que lo pronunciase. No sin cierta dificultad, Globulfars pudo sacarse el aro de entre los dientes y emulando a un maromero se dispuso a bajar por los empinados escalones del Sauce en el que vivía la abuela, del techo colgaban unas cristalinas lámparas de color verde hoja con forma de hongo, iluminaban los descansillos de las entreplantas, en su interior gran cantidad de luciérnagas revoloteaban de un lado a otro, entrando y saliendo del mismo, por lo que el foco de luz brillaba de forma intermitente; el pequeño comenzó a bajar los peldaños con paso medido, pues no quería perder el equilibrio. Descendió hasta el siguiente nivel, donde para su sorpresa el candil estaba totalmente apagado, a oscuras, Globulfars se sintió inquieto, siempre le sucedía lo mismo cuando llegaba a aquel sitio, “la planta solitaria” la había “bautizado”, jamás vio entrar o salir a nadie de aquel apartamento y el lugar siempre estaba en penumbra; la sensación de inquietud fue en aumento, paulatinamente, poco a poco; receloso, Globulfars estudió aquella puerta como un ratón mira la trampilla con el queso, dubitativo e indeciso no se atrevió a dar un paso mayor que el otro para no hacer ruido alguno. “¿Por qué me da tanto miedo este sitio?”, se preguntó; con desconfianza miró la hendedura entre el suelo y la madera, ya que cuando era de día podía observarse cierta claridad en el interior, como si entrase a través de algún ventanal. Al pequeño se le erizaban los vellos de la cola, cuando recordaba aquel día en el vio moverse algo dentro del “apartamento vacío”, lo vio perfectamente, sin la menor duda, por lo que desde entonces aquel lugar le pareció aún más inquietante si cabe; pensaba que un buen día, al pasar junto a la puerta, ésta se abriría de sopetón y una enorme garra lo atraparía arrastrándolo hacia el interior de… “Mejor no pensarlo”, se dijo a sí mismo. El pequeño intentó concentrarse en cualquier otra cosa, pero eso no le sirvió de mucho, los temores son como las nubes de una tormenta, difíciles de olvidar sobre todo cuando los tienes delante, por lo que decidió hacerse fuerte en su interior, los poderes de un superhéroe le auxiliarían si algún mal lo acuciaban ¡Eso es, me convertiré en un enorme… en un enorme…! Elucubró para sí, aunque no consiguió concretar nada. Estático, así permaneció durante unos segundos hasta que se dio cuenta de que aún seguía de pie frente a la puerta; de repente oyó algo ¿Un sonido metálico? ¡No! Era otra cosa, se trataba de… a Globulfars se le “heló” la sangre cuando se percató de que aquel ruido era, nada más y nada menos, que la puerta abriéndose, lentamente; inmóvil y petrificado con los ojos como platos contempló como la hoja, ahora más agrietada, oscura y tétrica más que nunca, fue abriéndose pausadamente, como la tapa del ataúd en una de esas películas de Drácula; el pequeño pudo oír su corazón tronando como un tambor en el interior de su pecho, su mente se había quedado en blanco, ya no había lugar a la duda, luchar o huir, aunque Globurfars no entendía por qué sus pies no lo tenían tan claro como él y echaban a correr sin preguntar; el chirrido de las bisagras le erizó los pelos del cuerpo hasta tal punto que casi pareció aumentar de tamaño de forma considerable, a simple vista casi parecía otro; con los ojos fijos en la puerta reparó en que tras la misma apareció una pequeña mano, sujetando el borde de la madera, un pequeño rostro infantil surgió, muy despacio, tras ella, un niño pequeño asomó la cabeza y comenzó a gritar de forma tremendamente escandalosa, de tal modo que Globulfars comenzó a “volar” escaleras abajo para huir de semejante estruendo; llegó hasta la planta baja como por arte de magia, pensaría más tarde, donde su madre apareció nada más oírlo llegar, con su florido delantal extendió su mano al pequeño, que aún respiraba de forma entrecortada debido a la impresión y la carrera; Globurfars le dio la bandeja con las pastas y se quedó mirando hacia el pasillo de la escalera, extrañado y confuso, comenzó a reír recordando el susto que se había llevado; su madre negó con la cabeza antes de volver a entrar en el apartamento, “Niños…”, pensó; mientras el pequeño se regodeaba en sí mismo, pues al fin había vencido sus temores y jamás volvería a sentirlos, cada vez que cruzase frente a la sombría puerta de camino a casa de Mamá Duende, jamás.