"Flores ausentes", Zaindari

18.11.2013 13:27

 Elvira bajó las escaleras atemorizada, entre el murmullo distinguió numerosas voces. La llegada tardía, ya avanzada la noche, impidió los primeros saludos. La suegra, viuda desde hacía escasos meses, aprovechó la excusa del duelo para decir la última palabra. Hasta los padres de ella aceptaron la petición, aún conscientes de que los invitados de la novia no podrían asistir. El desplazamiento desde las tierras mineras a orillas del Nervión, donde residían los novios, hasta la árida estepa castellana suponía un gasto difícil de asumir.  Las amigas íntimas y familiares se quedaron en la distancia. Sólo contó con la compañía de sus padres y el único hermano.
Entró en la cocina. La madre del novio, una mujer de carácter, manejaba la situación. Las demás mujeres, obedeciendo órdenes, amasaban la mezcla para los dulces, o cortaban y pegaban papel maché de colores para los adornos. Detuvieron la tarea mientras realizaron las presentaciones. Fulgencia, Clodomira, Ramona...nombres tan raros que salían de su cabeza con la misma rapidez con la que entraban. Después llegó el cura para dar la bendición a la joven, como nueva integrante de la familia. Se deshizo en elogios hacia la anfitriona, después de todo aquella beata era el sostén de la iglesia local.
Cada minuto de esos tres días fue una agonía. Ella se iba apagando al mismo ritmo que la mujer vestida entera de negro se encendía. No tomó parte en la preparación del lugar para el convite; ni le consultaron para realizar la distribución de los invitados, después de todo tampoco los tenía; ni tuvieron en cuenta sus gustos a la hora de elegir las flores para decorar el recinto. El sencillo vestido blanco fue el único deseo que pudo cumplir porque ya lo había comprado, pero del peinado y del maquillaje se encargaría Felipa, la peluquera.
La muchacha se sentía una invitada no deseada en la fiesta. Como si los preparativos no fueran con ella. Sin embargo, esa tristeza pasó totalmente desapercibida hasta para el novio. La tan esperada felicidad se escondió en algún rincón del caserón y en esa frialdad se congelaron sus ilusiones. Asumió con desidia el cambio de papel de protagonista a mera espectadora en la distancia.
El padre confundió esa actitud con simple holgazanería y le recriminó la conducta desagradecida que mostraba. Le tenía tanto miedo que no se atrevió ni a levantar la vista. Le contestó con la cabeza agachada y simuló que se afanaba en  alguna tarea, mientras deambulaba por la casa sin un cometido al que hacer frente.
Se preguntaba una y otra vez qué hacía en aquel lugar lleno de gente extraña. La noche anterior al gran día, no podía dormir, la presión  podía con ella. Sintió el corazón  paralizado, que el aire no llegaba hasta los pulmones y como si el mundo se detuviera en ese instante. Cuando recuperó el aliento, fue consciente del grave error que estaba a punto de cometer.
En un acto de valentía se levantó de la cama como si hubiera tomado una decisión inapelable, abrió la ventana y dejó volar la imaginación. Tal vez no sería difícil deslizarse por la ventana y desaparecer entre la oscuridad sin levantar sospechas y sin que su padre se enterara. El carácter autoritario de este hombre le había empujado a seguir adelante en una dirección que marcaría toda su vida. Debía poner fin a un comportamiento contrario a su criterio y voluntad.
El novio era una persona comprensiva, seguro que con el tiempo la perdonaría, pero ella a sí misma no. Tampoco era justo para él, con el paso de los años, se daría cuenta de que había sido engañado  y tal vez ninguno de los dos podría rehacer su vida.  Por el contrario, el hombre que le había dado la vida jamás pasaría por alto esa deslealtad. Lo tomaría como un agravio difícil de superar. Sobre todo cuando regresara a su pueblo y tuviera que contar lo sucedido. Sería capaz de cualquier cosa, y era contra eso contra lo que debía luchar.
En el silencio de la noche y moviéndose en la oscuridad, salió de la habitación y buscó el teléfono, con la esperanza de que nadie la oyera y de que Isabel, su mejor amiga, contestara al otro lado de la línea.
Cuando oyó la voz de la otra joven, sintió ganas de llorar, pero no podía perder el tiempo, tenía que actuar con rapidez. En un tono apenas perceptible, le relató lo sucedido en la casa de la futura familia. Dejó salir las emociones contenidas durante tantos días y llegó al final de la cuestión. No se sentía feliz y no quería continuar con ese compromiso, con el que tanto había soñado y que ahora sentía extraño a ella misma.
La muchacha que estaba al otro lado de la línea tardó en contestar. No entendía qué había sucedido para que la situación cambiara en el poco tiempo que había transcurrido desde que se marchó, a lo que a toda vista era el sueño de su vida.
Al principio trató de calmarla y hacerle comprender que eran los momentos previos a la ceremonia lo que le estaba poniendo tan nerviosa, era normal y a casi todas las novias les pasaba en un momento dado. Ella misma había sentido esas dudas.
Pero en cuanto comprendió la desesperación con la que hablaba, le ofreció todo su apoyo. Le aconsejó que se lo pensara dos veces porque una vez hecho, no habría vuelta atrás. Pero si lo tenía totalmente claro, su felicidad era lo más importante así que lo mejor era que rompiera cuanto antes, aún a sabiendas de las consecuencias que acarrearía por parte de la autoridad del padre. Ella se ofrecía a ayudarle en todo lo necesario.
En ese momento oyó el ruido de una puerta que golpeaba al cerrarse y colgó el teléfono sin tiempo para una despedida ni para una contestación a la pregunta que la amiga dejó en el aire. Corrió por las escaleras, con la esperanza de alcanzar la habitación antes de que nadie adivinara su presencia por los pasillos.
Volvió a la cama y se acurrucó entre las frías sábanas donde escuchó el estremecedor silencio que invadía la casa. El corazón latía a un ritmo acelerado aunque no sabía muy bien si se debía a la carrera que había realizado escaleras arriba o a la incertidumbre producida por la decisión que debía tomar en un breve espacio de tiempo y que marcaría el devenir de su vida. La balanza de los sentimientos se inclinaba hacia la huida como la solución más rápida al problema. Le hubiera gustado salir descalza y correr por la fresca hierba sin mirar atrás y sin parar hasta que las piernas ya no respondieran más a esas expectativas. Sin embargo, un miedo atroz al futuro incierto la tenía paralizada. La ruptura con la familia era inevitable porque su padre no superaría la decepción causada. La vergüenza que sufriría al presentarse ante los amigos para contarles la actitud imperdonable de su hija, sería superior al amor por ella.
La almohada algo húmeda la acogió entre sus brazos, y las horas pasaron y pesaron como una gran piedra sobre sus espaldas. A través de la ventana comenzaron a penetrar los primeros síntomas de que un nuevo día estaba a punto de aparecer. Escuchó el relincho de un caballo, en plena actividad. En su mente se dibujó un animal al galope. Fue como una señal y una respuesta a sus dudas. Lo había decidido.