"Fiesta", Valdimir Senda

07.01.2014 16:49

Octubre 1°, 2012

La tarde se fue poblando de alegría. Cora y Salvador ladraban felices de reunirse con Uma. Agustina y Juliana portaban pertrechos para una larga excursión o un meditado paseo en el campo. Los lirios hacían de batuta superflua, perfumada, señorial. Bolsas de alimentos sin cocinar y música que pronto poseyeron la casa con la autonomía que solo su intangibilidad puede conseguir. Ocupó todos los espacios, y la cocina se enrareció de olores y notas. Los perros jugaban a correrse y buscaban cada tanto la caricia complaciente. Me fui a proveerme de algunas cosas que me correspondían. Demoré con extrañeza por cuanto acababa de ocurrir. La fiesta estaba en preparativos bajo la decidida y denodada labor de mis hijas. Llegó mi madre, mi hermana, Lucía y Gonzalo. La mesa se fue poblando de manjares, los lirios presidían ahora el centro de la enorme mesa familiar. Se sumó Mónica y Hernán. Llamados, mensajes, recordatorios, afectos que diseccionados me llegaban como artificios multicolores, llenos de brillo y símbolos que explotaban en mi alma sensible. La música sonaba fuerte, como una invitada más, la charla cobró vida integrada, disociada de a pares o tríos, aleatoriamente. De pronto nos abarcaba a todos y en ese ir y venir se desplegaba la vida. De pronto todo pareció detenerse, congelarse en el espacio acotado de mi living. Salvo yo que parecía suspenderme a pocos pasos del piso. Comprobé que podía desplazarme en el espacio. Todos congelados como en un museo, conservaban sus risas, o la concentración de quien atiende a su partenaire. Solo Cora, quieta, movía uno de sus ojos mirándome y tal vez buscando una respuesta. La besé y acaricié. La subí sobre mis hombros. Me dijo, te quiero mucho Hugo. No imaginé que pudiese hablar. Era una perra. Pero continuó y esta vez no cabía dudas que hablaba. Me habló de Agustina, Juliana y Lucía. De la vida que llevan en común desde mi partida. Me contó historias maravillosas, singulares y grupales. Le pregunté si había cambiado desde que fue madre. Sin duda respondió, pero tengo a todos mis hijos cerca, nos vemos en la plaza o me visitan. Me preguntó si estaba bien y contesté que no podía estar mejor. Explotaba de emoción, de alegría, de placidez. No sentí extrañeza de que hablara ya cuando me dijo ahora en un rato todos volverán a latir con el pulso del tiempo que ha tomado otro camino. Le pregunté quién era en realidad. Me miró con esa cara perfecta, con esos ojos tiernos e inteligentes. No te lo puedo decir me dijo. ¿Estás preparado? No lo sé, contesté, quisiera retener este momento en la eternidad. Pero, así son muñecos, solo un decorado. Me atemoriza perderlos. Sabes que el tiempo es la sustancia de lo que estamos hechos. El tiempo un río así como nosotros somos ese río. O es un tigre que nos devora siendo nosotros ese tigre también. ¿Lo habrás leído en algún cuento? Claro podría citar de memoria. Bueno, esto lo hice para que te sentaras en tu sillón favorito, aquel que eliges para leer o ver tus documentales. Los lirios y su perfume han dado lugar al aroma de tu gente. Supongo que ya lo podrás retener por siempre. Le contesté que sí. Cora saltó en busca de su pelota y me sobresalté cuando Lucía me preguntaba: ¿papá que hacés en el sillón?; sobresaltado, no contesté y ocupé mi lugar en la mesa. La conversación siguió cálida y fluida. Cora se sentó sobre mi falda y parecía darme consuelo a lo que acababa de suceder. Ya no se apartó más en toda la noche y de a poco retomé el pulso del momento, la alegría efímera, la inmortalidad de los instantes.