"Experimentos con la verdad"

02.01.2015 11:27

 “Suele hallarse en los templos indianos cofres de sándalo y de laca, delicadamente taraceados, con triple y cuádruple fondo de complejas cerraduras: el curioso que logra abrirlas una tras otra, penetrando hasta el misterioso escondrijo central, encuentra una hoja seca, una pizca de polvo…” Paul Grousac, 1918.

La tarde se mostraba confusa. Las nubes negras desfilaban por la montaña dejando pequeños huecos donde asomaba un azul profundo que parecía retazos de mares; un museo de las aguas más claras y coloridas del mundo. Yo estaba en la terraza de mi cabaña y veía como en un film una sucesión de fotos del cielo serrano que parecía constituido por humos grises, negros y blancos entreverados con azules. Finalmente, el negro intenso cubrió los colores y una lluvia gruesa y potente arreció luego que el sonido de furia, como de animal herido, la anunciara. Había hecho un calor insoportable y el agua era una bendición. Bajé descalzo por la ladera en busca del arroyo que se mostraba caudaloso y potente. Me introduje en un hueco entre las piedras y desde esa cueva acuática observaba la lluvia caer con tal fuerza que debí hundirme para evitar exponer mi cabeza a su repiqueteo implacable. Durante bastante tiempo tomaba aire y así, mi permanencia en el agua fue cada vez mayor. Hasta que no recuerdo más nada. Hubo un tiempo que no puedo contar pero lo cierto es que aparecí en el medio del bosque de arrayanes dentro de una caja de vidrio. Me reconocía en una extraña caja de vidrio. Respiraba profundo tratando de acercarme al oxígeno que ingresaba por una manguera. La temperatura era agradable y me descubrí completamente desnudo y sin heridas a la vista. Mi pulso era normal pero estaba enjaulado en un prisma grueso y transparente. Ocupaba un pequeño sitio entre infinidad de árboles que no permitían ver el sol. En realidad, se filtraba una luz tenue y clara que apenas iluminaba lo cercano. La sensación era la de estar en un bosque infinito situado en algún lugar que desconocía. Me dormí extenuado por mis pensamientos y cuando desperté hallé comida. Uno extraños frutos secos y una leche pastosa se hallaban en un recipiente que parecía industrial y de diseño sofisticado. Alimentado y oxigenado volví a sumirme en un sueño profundo. La rutina se prolongó no sé cuánto, había perdido toda referencia y toda noción de realidad. Pero un día desperté libre, respiraba probándome y todo estaba bien. Encontré la comida como de costumbre, sin duda proteína pura ya que no me sentía débil ni más gordo ni más flaco. Corrí esquivando troncos y hasta trepé hasta donde pude a uno de ellos. Una extraña sensación de libertad era contrarrestada por la soledad y el silencio más extremo que había experimentado en mi vida. No sabía qué pensar ni qué hacer. Creo yo que el instinto me hizo correr para salir del bosque. Y corrí durante horas. A no ser que lo hiciera en círculos, al bosque se mostraba infinito. El sueño y las marcas de los números en los árboles me daban, ahora, una idea de los días transcurridos. Así pasó un año de mi calendario. Misteriosamente la comida aparecía cada mañana. Siempre lo mismo, una leche espesa con frutos secos. Desesperado intenté llegar hasta el extremo de un poderoso alerce. Me resultaba imposible. Extenuado por el esfuerzo y la ansiedad me dormía y al día siguiente todo recomenzaba. Llegué a marcar 365 y así pasó, absurdamente, mi segundo año. Decidí esperar y esperé. Me entretuve tallando cuentos en los árboles, inquietantes como mi propia historia. Así llegué a marcar, otra vez 365 y se fue otro largo año de quietud e ilusión, esperando acontecimientos, de cualquier tipo. Cansado de la vana espera y del puro intelecto, decidí a dejar todo en el intento de encontrar la salida y me propuse correr hasta morir. Turbado por el esfuerzo dudé primero, pero no cabían dudas que de repente el bosque comenzó a ralear. Los árboles se disponían, primero distantes, hasta que desaparecieron del paisaje. Un césped ralo e intenso simulaba un enorme campo de golf. Volver a ver el cielo me produjo emoción. Lloré como un niño todo el nuevo día. La alegría me acompañó una semana. El color del cielo de tan perfecto parecía artificial. Volví a ver nubes grises, blancas y negras. El azul se adivinaba entre ellas simulando nuevamente un muestrario de océanos. El sol me calentaba y la noche le daba certidumbre a mis días. Sin embargo, un mañana se puso negro ocultando un extraño sol que parecía tener un velo ligeramente esmeralda. Bajo una negrura intensa veía como en un cine los relámpagos incandescentes. El cielo comenzó a rugir como el grito visceral y primario de una criatura mitológica. O de un Dios enojado y vengativo. Dispuesto a disfrutar del placer elemental de la lluvia, me dispuse desnudo sobre la suave hierba y con mis brazos abiertos me dediqué a esperar. Cerré los ojos y me dejé estar abandonado a pensamientos calmos. Recordé el hueco en el arroyo. La lluvia se demoraba inexplicablemente. El sonido del agua contra el vidrio me volvió a la realidad y me sumió en un profundo desánimo. Resignado y sin razones me negué a comer, por primera vez, el alimento que de rutina yacía junto a mí.