"En pocas palabras", Servitud

16.09.2013 16:56

Lo cierto es que desde mi nacimiento ya apuntaba maneras:

-Era sábado y mi madre se fue a la peluquería. Según sus cuentas faltaban un par de semanas para que yo naciera, pero a mí se me antojó que ya era el momento para hacer mi aparición en público. Y así lo hice rodeado de mujeres a las que dejé con la boca abierta, sin duda cuando vieron mis descomunales atributos.

He de decir que a mí ellas también me impresionaron pero de distinto modo, aunque yo pasé de todo. No es muy grato ver tantas mujeres que te observan al mismo tiempo con las bocas y los ojos abiertos de par en par. Y si añadimos a esto que tenían los pelos unas liados, otras pintados, otras chorreando… estuve tentado de volver al refugio del que había salido, y lo hubiera hecho de no ser porque me tenían sujeto por los pies. Creo que se dieron cuenta de mi intención pues una tía con la cara llena de una pasta verde me sacudió un azote que me hizo olvidar mis intenciones.

No hace falta mirarme mucho para ver que mi pelo es casi rojo y mi cara está llena de pecas. Ese es otro hándicap de mi vida. Pues aunque mi madre dice que he sacado los genes de algún antepasado familiar, mi padre no está del todo convencido y me mira como quisiera adivinar a quién me parezco. Temo que algún día me coja de las orejas y me tire por el balcón. Aunque estoy siempre al loro y tengo guardado en mi habitación un tirachinas y unas cuantas piedras para poder defenderme.

Dado que nunca he temido a nadie, –no me quedaba otra- los chicos del barrio decidieron que yo debería ser su jefe. Eso sucedió un día que yo estaba de mal humor y la banda del Andrés andaba atizando a los espejos de los coches que estaban aparcados en mi calle. Un vecino no se lo pensó y me atribuyó a mí tal acción. Todos los propietarios de los coches agraciados con el premio del Andrés querían darme a mí un premio de consolación. No paré hasta que lo tuve bajo mis pies y lo intimidé de tal manera que prefirió el castigo de mis vecinos, contando lo que había hecho él y su banda, que arriesgarse a que fuera yo quien le atizara.

¿Todavía siguen queriendo saber más de mi vida? ¿Por qué no le preguntan a doña Cloti mi maestra de parvulario? Aunque no estoy muy seguro de que su opinión sobre mí sea muy acertada. Puede que les diga que siempre fui un chico malo, que les quitaba a mis compañeros cualquier cosa que llevaban y que a mí me gustaba, pero lo cierto es que sólo era un niño inquieto y que siempre me ha gustado compartir –compartir lo que tenían los demás- porque yo nunca tenía nada.

Puede que les cuente que un día até al Boby a una columna del patio del colegio y quería quemarlo como había visto en las películas del oeste. Pero sólo quería comprobar si funcionaban las cerillas que le había quitado a mi padre.

 

Y además el Boby estaba de acuerdo. Claro que le daba igual estar de acuerdo conmigo o no yo estaba decidido a poner en práctica mi plan y cuando a mí se me mete algo en la cabeza… ¡ah! Lo de Boby no es porque se llamase Roberto, más quisiera, se llamaba Ciriaco, es porque era el tío más bobo que he conocido.

Pasados los primeros doce años de mi vida, me dediqué a holgazanear y dejé de ir a la escuela. Me pasaba el día en compañía de chicos mayores, aprendí a jugar a las cartas, por supuesto haciendo trampas, a distraer a las mujeres mientras otro le robaba el bolso, a cambiar en las tienda alguna cosa de sitio: lo quitaba de la estantería donde se encontraba y siempre lo colocaba en mis bolsillos.

Mis padres estaban hartos de castigarme por lo que decidieron olvidarse de que tenían un hijo, -más que hijo un problema- y me dieron a elegir: o me atenía a las normas o me marchaba de casa. Si aún tienen duda de la elección les diré que me quedé con la segunda opción y me largué con lo puesto. Desde entonces he ido dando tumbos por todos sitios. En los pueblos donde he aterrizado siempre he dejado mi sello y no creo que sea bienvenido si algún día intento volver. Claro que yo tampoco tengo intención de regresar para comprobarlo.

Recuerdo el día que se me ocurrió ir por Tierrasbajas un pueblecito del sur que estaba celebrando sus fiestas. En el centro de la plaza del ayuntamiento habían puesto una tarima. Mientras la gente descansaba en la siesta, a mí se me ocurrió poner una traca debajo. Llegó la noche y un grupo flamenco taconeaba y bailaba para deleite del populacho, cuando vi que toda la gente estaba embobada con el evento, le prendí fuego a la traca y fue tal el fragor que causó que todos corrían sin saber hacia dónde dirigirse. Iban y venían se tropezaban unos con otros, con las sillas. Los críos lloraban… y yo desde atrás del escenario me partía a reír.

Pero siempre hay quien no soporta una broma. Y un tipejo que me oyó, se acercó muy despacio a mí y me arreó una somanta de palos con su garrote de roble. A tal evento se le unieron los muchachos más brutos del pueblo y después de zarandearme y darme y zurrarme por todas partes de mi cuerpo me llevaron a las afueras del pueblo y me tiraron a un barranco invitándome a no volver por allí a menos que quisiera algo más. Después de esta necesité más de quince días para poder volver a caminar.

Podría contar y contar pues tengo peripecias para escribir un libro pero temo aburrir al personal por lo que voy a cortar aquí mi relato. Sólo quiero que sepan que no soy un delincuente juvenil, toda la culpa no es mía, es de la sociedad, que me ha tratado mal, que me ha hecho como soy.

Puede que mi padre tuviera razón y no fuera su hijo, sino del drogata pelirrojo que vivía en el pueblo al lado del mío y que se dedicaba a trapichear con todo lo que le salía al paso.