"En el parnaso", Fedorvelt

17.01.2014 15:44

  Ahora lo hago; abro las puertas de cristal. Entro con vida al paraíso. La perfección me maravilla. Atisbo un firmamento estrellado. Está tan inmaculado como un diamante. Giran por arriba las constelaciones a lo lejos. Hay una simetría entre estas creaciones. Veo sus luces y cambian de colores. Más aquí siento la pureza del paisaje; me embadurna entre la inspiración. Se forma lo impoluto. Respiro la frescura que aquí rebosa. Todo es artístico a lo originario. En este infinito, vivo lo agradable. Me sé poderoso, superior. Por cierto, voy por un sendero, rodeado con tulipanes. Varios canarios vuelan sobre las flores. Ando por entre ellos y los pétalos encendidos. Esto es mucha grandiosidad. Los aromas son frescos. Hay ternura en mi corazón. Más entusiasmado, prosigo a pie limpio. Y actúo sin prisas, hasta llegar a una planicie y a lo lejos avisto la pirámide de los dioses. La estructura está hecha con meteoritos. Creo que es compleja como indestructible. De a poco me dirijo a su parte frontal mientras silbo una sonata de albores. La rumoreo con pasión a la vez que descubro los unicornios de este olimpo, que pastan por ahí junto a sus crías. Ellos poseen un pelaje gris. Sus cuerpos son elegantes, se mueven a paso fino, relinchan con gracia. Esto en efecto me sensibiliza. Así que marcho hasta donde ellos, les acaricio la cabeza con mis manos y a lo seguido, decido montar al más guapo. Eso a lo rápido comienzo a cabalgar por la llanura, pasando por unos trigales, dejando atrás varios molinos. Sólo pienso en ir hasta donde lo deseo. Lo procuro con osadía. Ya volteo por el viñedo de las hespérides. Allí hay un lago de uvas y en este juegan las bañistas, ellas son hermosas. Yo bien, las ojeo con donosura a medida que avanzo por un costado del oasis. Recorro el sembradío. Lentamente me voy separando de esas delicias. Continúo por una enramada de cristales toda larga. Al cabo de algunos minutos, llego a la pirámide. Con sorpresa, advierto un pasadizo entre las murallas. Dispara chispazos estelares. Esto me deja estupefacto. Al tanto, decido bajarme de la bestia. Lo hago con prestancia. Sobre lo inmediato, doy unos cuantos pasos hacia lo interno de esa edificación. A lo fugaz, oigo la música del arpa, que es tocada por Atenea, entre tanto unas esferas flotan en la transparencia. Evolucionan sobre la energía. Más aquí, quedo con los ojos exagerados. De pleno, Zeus hace su aparición, lo reconozco por su mansedumbre y yo lo lloro, por ser un genio, porque ha eternizado esta excelsitud.