"En el laboratorio", Karl

22.07.2013 12:31

Lo tenía todo. Un espejo de mano que había conseguido de una de las habitaciones de invitados; un cuenco de cerámica con la mezcla que untaría sobre aquél; una cuchara hechizada que garantizaba, casi siempre, una buena fusión de los elementos; un mechón de pelo, de cuando aún gozaba de él; y, por último, una serie de redomas con líquidos multicolores, todos ellos burbujeando.

Todo ello estaba desparramado por la mesa del laboratorio, con anotaciones gravadas sobre la madera, varios cinceles, martillos, hojas de pergamino, carboncillos, corchos de probetas y demás artilugios relacionados con su oficio.

El alquimista estaba emocionado aunque, bien cierto era, que se emocionaba con facilidad. Tenía un experimento entre manos y se encontraba en ese momento de esperanza en el que nada apuntaba al fracaso... todavía.

Cogió la cuchara y empezó a batir la compota enérgicamente. El espejo estaba boca arriba, pisando el mechón, para que no se dispersaran los cabellos. Seguía el ritmo de su mano con sus labios, lo que hacía que su barba, larga y blanca, se moviera de forma cómica. Tenía el ceño fruncido y emitía al son un ruidito con su garganta que sonaba "ñum, ñum, ñum, ñum...".

Miraba fijamente el vidrio y todos sus líquidos de colores cuando, de pronto, se percató de que había entrado una mosca en su laboratorio. En otro momento no le habría dado importancia, pero esto era muy serio. Se levantó.

Con el cuenco en una mano y removiendo con la otra, con el ceño fruncido y el "ñum, ñum, ñum", caminó hacia el insecto. Llegó hasta él en varias ocasiones pero se movía demasiado y siempre lo espantaba así que, avanzó más despacio y bajó el volumen de su ritual. Parecía que iba a funcionar, pero no. La mosca siempre se zafaba de su cazador sin esfuerzo.

Ernesmelf insistió pero esta vez, el intruso, se posó sobre el borde de uno de los contenedores. El anciano se detuvo en seco. Si cayera en la mezcla sería fatal para su labor. Tendría que empezar de nuevo y había tardado mucho tiempo en reunir todos los componentes, en especial el espejo.

El insecto alzó el vuelo y fue a posarse en la frente del petrificado alquimista. Fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía las dos manos ocupadas y no podía aplastarla, pero su incomparable intelecto improvisó y puso una idea en su mente: "Tengo un arma". Así, apretó la cuchara con todas sus fuerzas y la estrelló contra su frente, pensando que el daño que se iba a hacer sería un mal menor. Se equivocaba.

La mosca se separó de su frente tan sólo un instante antes del cucharazo y ahora, Ernesmelf, tenía una marca roja y la calva llena de compota. Volvió a buscar a su presa y la localizó sobre la mesa, entre el espejo y los contenedores con los líquidos burbujeantes.

Se acercó con malas intenciones, muy despacio, removiendo el emplasto del cuenco y con un poco de él chorreando sobre su cara. Al parecer, el calor, lo estaba derritiendo y tuvo que cerrar un ojo para evitar que le entrara el líquido viscoso. Pero lo mejor del calor que cocía el laboratorio era que, el mismo sopor que afectaba al enjuto alquimista, también había agotado a la infecta criatura, que apenas levantaba ya el vuelo.

Cuando estuvo cerca de su objetivo, observó cómo una de las mezclas cambiaba de color. Se acercaba el momento, tenía que acabar con esto ahora mismo. Y así, resoluto, dio un paso firme, sacó la cuchara mágica del cuenco esparciendo parte de su contenido sobre la mesa, y la dejó caer con vehemencia sobre la condenada mosca, que voló un instante antes huyendo del viejo.

Ernesmelf, en pleno acceso de ira, lanzó golpes a diestro y siniestro con la cuchara, una y otra vez sin darle tregua a su víctima hasta que por fin, desfalleció por el agotamiento.

Se dejó caer sobre una silla, respirando con dificultad, pero sin dejar de remover. Con su único ojo abierto vio cómo el líquido reaccionaba de nuevo y volvía a cambiar de color. Su pupila se posó sobre la mesa y miró fijamente a su adversaria, pero esta vez algo ocurría.

Por lo visto, con tanto golpe, el emplasto estaba disperso por toda la tabla y, en su huida, la mosca se había visto salpicada.

El alquimista se levantó entusiasmado, la mosca no podía volar, así que todavía podía resolverse este asunto satisfactoriamente. Se acercó de nuevo a la mesa, con un ojo cerrado, removiendo tembloroso de victoria, moviendo los labios al compás y canturreando de nuevo, como si se tratara de un auténtico ritual de la muerte.

Se puso a su altura, sacó la cuchara del cuenco y golpeó la mesa tan duro como pudo, tan rápido como le fue posible, pero falló. Fuera de sí volvió a golpear la mesa, una y otra vez, viendo cómo la mosca escapaba siempre de sus garras. Finalmente, ya acorralada en una de las esquinas, Ernesmelf cargó salvaje y repetidamente . Cinco, seis, siete cucharazos, lo veía claro, pero estaba tan cerca y tan cansado que en un descuido se le escapó la cuchara de las manos.

Entonces, la intentó pisar con el cuenco, aplastarla con un trapo, con rollos de pergamino, le tiró los cinceles, los martillos, cuanto tenía cerca, cogió el espejo y... lo destrozó, con todas sus energías descargadas en un sólo mazazo de furia no contenida, sobre el inofensivo insecto. La mosca expiró.

En ese momento, el alquimista gritó vigoroso. Gritaba y lloraba al mismo tiempo de alegría y de decepción. Sin duda, había sido engañado por el destino y, el experimento, no podría realizarse por ahora.

Cuando la excitación de la caza se fue no quedaban más que las lágrimas de Ernesmelf, destiladas por un solo ojo, por haber fracasado en el día de hoy.