"En blanco y negro", Xira Tzimisce

23.11.2013 16:14

Abrí los ojos y todo estaba en blanco y negro. Me acerqué torpemente hacia un cojín que había en el suelo y allí me recosté. Estaba cansada y me quedé dormida. Pronto sentí un calor inmenso que me arropaba y empecé a soñar.

Desperté. Todo seguía igual. Miré a mi alrededor y encontré una figura que me observaba. Me pareció notar una sonrisa en lo que parecía su cara y me dio confianza. Entonces corrí hacia ella. Mientras me acercaba la figura se iba haciendo más y más grande hasta parecer un gigante y entonces tuve miedo. Frené, pero no lo evité. Me agarró con sus patas que curiosamente le caían a los lados de su cuerpo. Me elevó tanto que me entraron náuseas.

No dudé y cerré los ojos con tanta fuerza que pensé que los había metido hacia dentro y que habían llegado al cerebro, pero no. Cuando abrí los párpados ahí seguían y también la figura extraña que me sostenía. No me había hecho daño, pero no me gustaba su forma de tratarme.

De repente, y sin venir a cuento, me apretó contra su pechera y ahí vi mi final. El aire me faltaba y el corazón me latía tan rápido que sentía que se me salía del pecho y en un momento todas las sensaciones desaparecieron. Levanté la mirada.

Aquella figura, la que tanto me había asustado, ahora me parecía tan dulce y bonita que no pude evitar sentirme la más feliz del mundo. Noté algo nuevo, un cosquilleo en mi parte de atrás. Giré la cabeza, ahí estaba. Una colita graciosa se movía de un lado a otro muy velozmente. ¡Era mía! De pronto el ser me posó en el suelo y se agachó. Empezó a mover la boca y a emitir sonidos que apenas entendía. Cosas como “……ita” o “….osa”, hasta que escuché algo que entendí de forma muy clara “Kira”.

Me volví loca y empecé a girar alrededor de mí misma mientras sacaba la lengua de pura felicidad. Cuando paré volví a tener una sensación de mareo y me estampé contra algo duro. Miré y ahí estaba. Una perrita preciosa, una Mastín de pura raza, de apenas unas semanas de vida me observaba directamente. Fui a por ella. Era tan bonita que no pude evitarlo, pero choqué de nuevo. Lo intenté tres veces más y siempre con el mismo resultado. Desistí en el intento y me giré para dirigirme hacia la figura que me miraba atentamente. Entonces lo vi todo claro.

La perrita, simultáneamente, hizo lo mismo que yo y me sorprendí. La miré de nuevo y me miró, le saqué la lengua y me respondió igual. Me enfadé. Me fui a acercar a ella pero volví a chocar.

De repente escuché una voz que decía: «Kira». Una sensación de felicidad se apoderó de mí y sentí la necesidad imperiosa de dirigirme hacia aquella voz. La voz que salía de la boca de aquella figura; de mi dueña. Eso es lo que era: mi dueña. Una niña preciosa que me abrazaba y me demostraba todo su amor en cada mirada. Fue cuando lo comprendí todo, cuando comprendí que aquella perrita hermosa era yo, que aquella perrita feliz a la que observaba siempre había sido yo.