"En blanco y negro", Barbarela Acuña

16.06.2013 20:10

Los problemas comenzaron cuando la madre de Pedro se enfrentó a los principios de la Magia Negra que su propia madre representaba. Él recordaba cómo de niño fue teniendo acceso a la hechicería mientras descubría en objetos inanimados un mundo de secretos para unos pocos. Una vela negra, un amor dividido. Un montón de alfileres, una muerte. Un mazo de cartas, la lectura de un porvenir cuyo dinero siempre pasaba a la abultada cuenta bancaria de la abuela. Ella fue quien le enseñó que las claves mayores y las menores eran los Grandes Misterios que usados de cierta forma daban poder por el poder mismo.

Pedro -con sólo seis años- aprendió a convocar elementales para hacer sufrir a los enemigos de la escuela en carne y alma propia, aquello por lo que el Mal trabaja desconociendo que era mucho más que un juego entretenido. Tenía un don único para enfrentar a la Naturaleza, sin saberse invocando al servicio del Maligno.

Su madre, también iniciada desde chica en las artes de la nigromancia y conocedora de sus resultados, no dudó en apartarlo de los rencores y los malos sentimientos que la oscuridad implicaba.  Se lo arrancó a la abuela para reencauzarlo en el camino blanco que atrae al Bien. Fue en ese momento cuando la abuela desató la ira contra la hija.

-Sos débil y blanda como tu padre.  No voy a permitirte impunemente que saques a Pedro de mi lado (el cual -según ella- tenía la fortaleza necesaria para practicar maleficios por innata revelación).

En tanto él, con la mirada de sus ojos chicos, no entendía por qué estaba en ese lugar de botín de guerra disputado para lo blanco o lo negro si para él eran sólo divertimentos. Debió partir con su madre dejando a la querida abuela,  quien juró a la hija secarla en vida mediante negros rituales. Y en el medio el niño amándolas a ambas.

Pasaron años en los cuales su mamá debió recurrir a las claves aprendidas para defenderse en círculos mágicos; sin esconder la pena al protegerse de quien amaba. Y Pedro -poco a poco- fue aprendiendo que el Bien surge del Mal. Comenzó a utilizar los hechizos conocidos de niño, no para atacar a la abuela – extrañada por siempre- sino para proteger a la madre de enconos incomprendidos. 

No funcionó. Un accidente la dejó dos años en coma cuatro y, desesperado, llamó a la abuela para unir fuerzas a favor de la recuperación:

-Hace años que está muerta para mí. Tanto que en el fondo de  casa hice una lápida de madera y la enterré bajo tierra traída del cementerio.

Una carcajada perversa sonó junto a un le dije que la secaría en vida. Y cortó.

Pedro iba cada día a ver la madre al hospital pero ella no respondía a pesar de las energías benéficas conjuradas. Casi al límite de esos años comatosos recibió una llamada de un estudio jurídico para informarle que la abuela había muerto y él era heredero de la propiedad y sus bienes.

Aunque  dudó terminó mudándose a esa casa de intenso frío y supo que -tarde o temprano- debería enfrentarse al espíritu de esa abuela que ni muerta tenía paz. Trató de dilatarlo pero las señales de la lucha por venir eran claras. Ruidos nocturnos; risotadas estremecedoras y un lo sabías  lo despertaban todas las noches.

Un viernes se decidió. En una habitación silenciosa y bien ventilada colocó su altar con cruces, estampitas, gemas, velas, sal, tierra y mucha fe. Se vistió de túnica blanca y capa violeta. Con la vara de cerezo armó el sagrado redondel, incluyendo dentro las velas dedicadas a los arcángeles de los cuatro puntos cardinales. Las flores y los objetos bendecidos, rodeados de agua, cobrarían vida para que la Quintaesencia del Universo que yace en las Edades lo asistiera.

Hizo dentro de  él la oración de protección y aferró la cruz contra el pecho para iniciar la súplica a la  que endulzó con mirra, incienso y benjuí. A los pocos minutos apareció de la nada una niebla y un viento atifonado lo empujó contra la pared arrasando con todo. Quedó a la deriva de las emociones; no obstante, pudo ver la transformación de ese espectro brumoso en aquel ser amado que con victoriosa risa decía: No vas a poder.

Pedro, dolorido, se arrastró hasta el círculo roto y lo rearmó con la varita tanto como el atontamiento le permitió. Sin embargo, comprendió  que las palabras aprendidas en algún tratado no servirían con ella. Por lo tanto, recurrió a lo único que podría vencerla.

-Abuela, nunca tuviste poder sobre nosotros porque a pesar de tus siniestros trabajos no derrotaste al cariño sentido por vos.  Así que ya ves, fracasaste (gritó sin intentar ocultar el llanto).

El viento feroz se detuvo al instante. Las velas se encendieron solas y Pedro hizo la Señal de la Cruz Cabalística, aún con el cuerpo en shock. El espíritu de la abuela surgió agobiado por años de desamor. La vio llorar. Ella le acarició con ternura la cabeza y desapareció dejando un halo perfumado por el cual Pedro descubrió cuán poderoso es amar.

Lastimado como estaba cerró el redondel con el debido rezo. Se cambió y corrió a ver a su madre quien, de pronto y sin explicación médica, comenzó a agonizar. Él sabía el por qué: había resistido sólo para emitir luminiscencia a su hijo en su batalla ante lo siniestro.  Así que antes de la muerte, le contó al oído lo ocurrido y -aunque nadie fue  testigo- ella sonrió satisfecha. Luego partió en paz.

El muchacho vivió la tristeza ante lo inevitable pero con la sensación del deber cumplido. Cuando, de repente, diminutas luces blancas -como purpurina- ascendieron preparando el campo energético para el desprendimiento del Cordón de Plata. Una sensación beatífica cundió en el ambiente. Levantó la vista y vio a la abuela esperando a la madre para conducirla hacia los guías de la luz.  Finalmente juntas -pensó reconfortado.

Esta vez la enfermera lo presenció y quedó paralizada.