"Elogio de la demora"

21.07.2014 11:28

Elogio de la demora

Erasmo de Rotterdam

 

Hace casi dos horas que espero al visitante. Durante todo este tiempo he tomado en cuenta, en incontables ocasiones, la posibilidad de dormir una pequeña siesta y dejar de acechar su llegada, o salir a la calle y dar un breve paseo por los alrededores de mi edificio. Sin embargo, ambas las he desechado. A pesar de que muchas veces el arsenal de alternativas a mi disposición me parece inagotable y, a primera vista, debería resultarme sencillo seleccionar una y encontrar, por fin, la tranquilidad que necesito, lo cierto es que jamás he conseguido hacerlo. En cambio, he intentado sustituirlas por otras más convenientes; otras que no exijan de mi voluntad un esfuerzo tan abrumador. Por otra parte, el sueño no suele visitarme durante las tardes de mi vida, mucho menos durante las tardes en las que espero algún visitante. Quizás todo se deba a la expectativa pero, a la hora de escoger, procuro no atormentarme demasiado con esa idea. Tampoco podría, en modo alguno, abandonar mi habitación, aunque no precisamente por la visita que espero. Creo, más bien, que todo se debe a la sensatez. En días como estos prefiero no deprimirme con la acogida que, tan a menudo, me brinda la fachada de mi viejo edificio en la que solo consiguen llamar mi atención los casi inexistentes vestigios de una pintura roja que pretendió, alguna vez, enmascarar la frialdad de los muros, y los cascarones de la cubierta que amenazan con posarse, en el momento menos oportuno, sobre cualquier cabeza distraída. Tal vez, tanta expectación encuentre su respuesta en una enorme excusa, un imprescindible temor a no sentirme molesto por la espera, a que pase inadvertida y no logre la expectación que necesito, la incertidumbre que me obliga a echar de menos un aumento de los latidos cardíacos, o el trasiego a través de mi habitación en un ir y venir insoportable. No se me ocurre nada para mitigar los efectos de la impaciencia, pero intento no pensar en ello y evoco la promesa del visitante de llegar sin falta y con la puntualidad de un reloj cuya marca no recuerdo con exactitud por su extraña pronunciación. Y no pierdo la calma. En realidad, me resulta casi imposible perder la calma. Es algo así como una respuesta condicionada ante situaciones que, como esta, ponen a prueba mi voluntad. Es cierto que fue un aprendizaje lento, pero se aceleró considerablemente cuando la expectación comenzó a convertirse en costumbre. De cualquier forma, el retraso es de solo dos horas y quince minutos. Además, el simple hecho de que no contara con esta visita hasta ayer en la noche me ofrece una buena excusa para no perder la tranquilidad. O para perderla del todo…; la razón o la tranquilidad, no hay diferencia. Sin embargo, quizás sea preferible perder solo la segunda. Aunque, si se ha perdido la segunda es porque ya la primera empezó a extraviarse en los vericuetos de la lucidez. ¡Es tan difícil encontrar una tranquila razón para no enloquecer durante la espera! Ya han pasado dos horas y treinta minutos y la adaptación aprendida a partir de numerosos otoños atestados de retrasos como este, no aparece para garantizar mi comodidad. Busco, a través de la ventana, algún motivo que me ayude a olvidar la irritación que me asalta por momentos, y descubro que varios arbustos pierden sus hojas para recordarme que octubre avanza a pasos agigantados. Varios rosales comienzan a parir nuevas flores luego de entregar las anteriores apenas dos días atrás, cuando la esposa del conserje murió de súbito, infartada durante la noche. Se rumoró con vehemencia y casi certidumbre que él la envenenaba desde hacía varios años, pero nadie encontró las pruebas que sustentaran aquella acusación y cada cual tuvo que acatar el informe del forense. Me alegra ver algunos transeúntes caminando cerca del edificio. Sin embargo, otra vez me decepciono cuando compruebo que ninguno es el esperado. El cielo se ha cubierto de nubarrones intensamente grises pero deduzco que, como en días atrás, su destino no será llorar sobre nuestras cabezas. No obstante, me preocupa que el visitante espere una lluvia pertinaz. No logro encontrar la tranquilidad que busco y le doy la espalda a mi ventana. Entonces observo, por enésima ocasión, mi luctuoso apartamento. Cuatro paredes pintadas de un gris acerado indican, con eficacia, la frontera que las separa del roñoso falso techo que rozo de puntillas, y el verde oscuro del piso, algo desgastado por el constante ir y venir durante tantos años de espera. Me descubro entonces al aire libre, bajo ese cielo tan sombrío que no deja de estremecerme. Muchas veces le he pedido al conserje que cambie los colores de las paredes y el techo por otros menos sórdidos, pero jamás me ha escuchado. Los muebles tampoco ayudan. Son pocos, quizás los justos para una habitación en la que todo contribuye a exasperarme. En un extremo, casi junto a la ventana, una pequeña mesa y dos sillas. En ellas, el oscuro barniz intenta disimular, sin lograrlo, añejos grafitis de algún amor clandestino. En el otro, una cama de hierro estrecha, vieja y con arabescos raros pero hermosos (quizás lo único hermoso de mi habitación). La cubre una sábana oscura, tan grande que llega hasta el suelo y lo barre cada vez que alguna corriente de aire logra escurrirse a través de la ventana semiabierta. Sobre la mesa yacen, en completo desorden, cartas con remitentes desconocidos, agendas de años anteriores y libros bastante deteriorados por el uso tan repetido que han tenido que soportar. Tomo el Rimas y Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer, quizás porque destaca sobre el caos, y lo abro al azar. Es la rima XX. Inicio la lectura con rapidez pero enseguida la abandono y devuelvo el libro a su lugar de origen. No tomo otro pues, en su inmensa mayoría, los he leído hasta la saciedad y ya solo logran aburrirme. Comienzo a fumar para recuperar la calma. El humo invade mis pulmones y, poco a poco, enrarece la atmósfera de la habitación. La tercera o cuarta bocanada se convierte en cómplice de mi inquietud y me provoca terribles náuseas. Termino de abrir la ventana, con brusquedad, y respiro el aire que entra mientras lanzo el cigarrillo, con furia, sin temor a que se descanse sobre alguna cabeza distraída. No obstante, las náuseas persisten y las arcadas llegan, más violentas que otras veces. Cuando pasa el malestar tomo otro cigarrillo, el último. Esta vez las náuseas prefieren no seguir insistiendo con su inútil forcejeo, y me tiendo sobre la cama. Pierdo la vista en el techo mientras me fumo el cigarro casi por completo. La inquietud, lejos de abandonarme, se ha incrementado. Por eso me levanto, una vez más, y camino de un extremo al otro de mi cuarto. Sigo buscando un motivo, no ya para no perder la tranquilidad sino para seguir esperando al visitante. Vuelvo a tomar el libro de Bécquer. Esta vez lo abro en una de las leyendas y comienzo a leer automáticamente. Cuando termino, trato de continuar con la siguiente pero me doy cuenta de que ni siquiera recuerdo lo que acabo de leer. Y lanzo el libro bien lejos de mí. Ya no me quedan cigarrillos y mi inquietud sigue aumentando. Pienso que ya no vendrá, que lo ha olvidado o, tal vez, que ha decidido engañarme. Pero no quiero correr riesgos. De mala gana recojo el libro que, solo un momento antes, desestimé y, en una de sus últimas páginas, escribo algo referido al amor, la mentira, la espera, el estoicismo. Cuando termino lo leo por entero y me desilusiono pensando que si sigo escribiendo porquerías como esas será mejor que me vaya a la mierda. Arranco la hoja, con rabia, la hago una pelotita, y recuerdo mis tiempos de baloncestista haciéndola pasar a través de la ventana abierta. Y no me voy a la mierda, pero salgo a la calle en busca de un nuevo visitante.