"El verdadero valor de la amistad"

02.07.2014 10:42

Desde pequeño aprendí que siempre debía defender mis convicciones hasta la muerte, y que una pequeña dosis de orgullo nunca me vendría mal.

Aquella tarde era el examen de inglés que se efectuaría a las dos. Inmerso en otras labores de mayor envergadura, olvidé el horario de este.

Al llegar a casa tome un baño, me vestí y almorcé tranquilamente. Observé mi reloj que marcaba la una y cincuenta y nueve; de inmediato deduje que el examen comenzaría en los siguientes sesenta segundos. En realidad llegar tarde al examen no era para preocuparse; estaba almorzando y la comida bajo ninguna circunstancia debía caerme mal.

Al concluir cepillé mis dientes y me perfumé. Salí de la casa con la certeza de que el examen no había comenzado. Estaba acostumbrado a que dijeran a una hora y luego comenzaran a otra.

Unos pasos antes de llegar al aula, vi como el rostro de mi pareja en las clases de inglés se nublaba, hasta que una ráfaga de palabras cayeron sobre mí, increpándome:

–Lázaro, ¿Tú crees que estas son horas de llegar? –dijo al observar la esfera de su reloj.

Según cuentan mis compañeros, estaba tan nerviosa que necesitaba descargar su nerviosismo con alguien, antes de iniciar el examen.

–Es una informalidad de tú parte –concluyó al dejarme caer otras de sus amenazas que tanto me desconcertaban. No tomo unos segundos de su preciado tiempo para preguntarme que me había pasado. Después de todo yo no acostumbraba a llegar tarde y el examen, como era de suponer, aún no había comenzado.

Mi sangre hirvió a tal punto, que estallé como un volcán; y dije palabras que no desearía recordar. El ambiente se había vuelto tenso y habíamos llamado la atención del resto de las personas que se encontraban a nuestro alrededor. Pues el lugar donde tuvo cita el incidente, tenía una acústica increíble y nuestras voces retumbaban haciendo eco en el recinto.

Mientras más discutíamos iba perdiendo la capacidad de razonar. Deseché su razón a un lado e impuse la mía a toda costa. El orgullo me había cegado a tal extremo que solo podía sostener mi verdad. De una tímida oveja, en pocos segundos había pasado a ser un lobo feroz. Intente olvidar su nombre, sus apellidos y hasta su número de teléfono. Pero no pude lograrlo. No soy un robot que se programa para realizar ese tipo de operaciones.

El tiempo pasó y aquellos días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses, y aquellos meses ya sumaban poco más de un año.

Continuaba cegado por el orgullo. Pero esa noche la conciencia había tocado a mi puerta. Desde entonces martillaba mi memoria y revivía aquellos días tristes en que no pude aceptar que Blanca también tenía razón.

Le comenté al Guille, uno de mis compañeros de clase, que deseaba ofrecerles mis sinceras disculpas por aquel amargo incidente.

Él encontró acertada mi propuesta; y de forma jocosa comento dos narizones no pueden besarse.

Tarde o temprano algunos de los dos debía ceder. Las palabras de mi amigo hicieron que pensara detenidamente en el incidente. Por fin decidí romper el muro de silencio que amenazaba con desterrarme del mundo de los cuerdos cuando de forma seria pregunté:

–Micha, ¿Tú sabes dónde está Blanquita?

– ¡En serio!

–Sí, en serio. ¿Sabes dónde está?

–Está en la biblioteca.

Al llegar experimenté un poco de miedo no sabía cuál sería su reacción en cuanto yo intentara hablarle. Pero estaba seguro que lo más correcto era lo que había decidido hacer.

Me acerqué a Blanca y con tono suave le pregunte:

–Puedo hablar un momento contigo.

Levantó un poco la cabeza, en su mirada note algo de indiferencia. Pero insistí con mi pregunta, acercándome un poco más y un tanto nervioso le volví a preguntar

–Blanca, crees que pueda hablar un momento contigo.

–No Lázaro, tú y yo no tenemos nada que hablar.

–Solo vine a ofrecerte mis más sinceras disculpas, –le dije– a decir verdad yo…

–No crees que es mejor olvidar lo que sucedió –Concluyó flotando suavemente mis manos.

Comenzaba a sentir que había valido la pena arriesgarme y limar un tanto las asperezas entre ambos. Pero no me conformé, necesitaba compartir mi alegría y que todos lo supieran. Y esa tarde en el turno de inglés lo comuniqué de forma masiva:

–Teacher, permiso.

Sentí de inmediato como todos disminuían el tono de sus voces y me prestaban atención. Después de todo no recordaba haber pedido la palabra durante ninguno de los cursos anteriores, razón por la que desperté la curiosidad de mis compañeros.

Puesto de pie frente a todos observé una multitud tan disciplinada, que por unos segundos dude de estar en mi aula.

–Yo quiero ofrecerles mis más sinceras disculpas por el incidente ocurrido con Blanca el curso pasado.

Como un chico de detalles siempre guardaba un haz debajo de la manga. Pero en esta ocasión era algo más valioso que un haz de oro; era una rosa roja que dormía en unos de los bolsillos de mi camisa.

Alguien rompió el silencio y dijo:

–Lázaro, ¿Tú te estás disculpando?, ¿O estás enamorando a Blanquita?

Todos comenzaron a reír, un gran murmullo se escuchaba en el aula.