"El último custodio", D.P.

03.10.2013 09:48

 

 

El mediodía se precipitó con descaro calcinando cuanto palmo de tierra conformaba la comarca; hora de forzada reclusión de todo habitante que pretendiera subsistir al pavoroso calor del verano en Saint Lucien.

Sin embargo, allí estaba él. Atrapado en la agobiante atmósfera permanecía, solitario y estoico, cumpliendo con su cometido, aunque para ello debiera inmolarse contra un sol refulgente empeñado en hender, sin la menor compasión, una horda de hostigadores rayos sobre cada poro de su corpulencia.

Con singular actitud, rara mezcla de fortaleza y abnegación, entrecerró los ojos; en un imperioso intento de abstracción tal vez conseguiría soportar el voraz infierno. Quizás, amparado en el sosiego, fue capaz de advertir el persistente aroma a eucalipto que impregnaba el lugar acariciando su olfato; la densa humedad acentuaba el perfume emanado de los bosques de Orvèlles, enclavados al norte del terruño, no muy lejos de su posición.

Experimentó una leve frescura. Y asociado a la fragancia se le representó el manantial, brotando burbujeante entre la espesura, y una impulsiva idea le irrumpió en la mente. Abrió los ojos y miró en derredor. La soledad tendía un manto de silencio y la avidez por saciar la sed se imponía al compromiso de mantenerse en su puesto; nadie lo echaría de menos si desertara por un rato.

Se abalanzó apresurado en dirección al remanso. Adentrándose en el boscaje, el intenso vaho se fundía en la bruma empapando los frondosos ramajes; apenas se escuchaba el crujir de los pasos pues la mullida alfombra de follaje tampoco escapaba al pesado vapor. Los árboles urdían una especie de pérgola filtrando aislados y débiles haces de luz; mas en los claros, donde la vegetación se había cansado de derrochar abundancia, se exultaba el embravecido sol causándole una abrasadora sensación.

Dispuesto a racionar su apocada energía avanzó con mesura. Cada tramo sorteado parecía alejar aún más el codiciado destino, aunque, luego de un breve trayecto, pudo distinguir el resplandor del agua.

Acercándose eufórico se asomó incauto sin siquiera imaginar que sería testigo de una espeluznante escena. De pronto, como surgida de las entrañas de aquella vertiente, una extraña criatura, de diabólico rostro, se agigantó impetuosa acechando su ingenua mirada. Paralizado ante el siniestro hallazgo un repentino escalofrío lo sacudió sin piedad y, preso del estupor, se enfrentó contra su propia inercia. Con un esfuerzo sobrehumano logró retroceder abruptamente. Olvidándose por completo de la sed y la fatiga giró sobre sus talones para lanzarse en veloz carrera rumbo a cobijar su espanto. Sin detenerse a pensar hacia dónde se dirigía sólo huyó despavorido zigzagueando la floresta.

En su errante vagar escuchaba un agudo bramido que lo perseguía entremezclándose con los suyos, o quizás solo eran los suyos impidiéndole discernir la magnitud del macabro hecho. Extenuado y convulso acabó tropezando con un enorme abedul, y valiéndose de la imprevista parada trató de reponerse de la corrida y el horror. Se escabulló detrás del tronco por unos instantes y al cerciorarse de haber perdido a su temida escolta trepó con rapidez alcanzando la rama más alta.

En orfandad de reflexiones, aún desconcertado y confundido, volteó la cabeza en toda dirección. Se encontraba en medio de una indomable flora alejado de cualquier poblador que, por esas horas, estaría al resguardo del devastador clima. Desde las alturas, las luces se camuflaban entre las sombras formando absurdas siluetas. Su aterrado parecer las interpretaba como monstruosos seres que sobresaltaban su apaleada razón; mas evitando reincidir en perturbadoras presunciones, se aprontó a rastrear una salida.

Un inusual viento comenzó a azotar. El zumbido estremecedor agitaba las hojas suscitándole un misterioso entorno; aquel endemoniado rostro seguía grabado en su retina, vapuleando, una y otra vez, su endeble estampa. Concentrado en la búsqueda creyó avistar, muy a lo lejos, la torre mayor del antiguo monasterio. Con un dejo de esperanza se deslizó, tan rápido como pudo, por el grueso y resbaladizo árbol hasta tocar el suelo, y rodando por la hojarasca se incorporó de prisa para correr desaforadamente.

Un jadeo lastimoso inició el cortejo; cuanto más se apuraba, más cerca lo presentía. Tembló sin cesar.

Su paso, torpe y veloz entre el ramaje, le iba desgarrando la piel; aunque igual perseveraba en el ligero andar. Los inquietantes resoplidos continuaban marchando casi junto a él.

Aturdido por el pánico cruzó los límites del bosque y, al divisar la abadía, se exigió al extremo; era la recta final que lo llevaría a un fiable refugio.

Casi sin aliento enfiló hacia el pórtico, escaló apenas un peldaño... y se desplomó.

Un viejo monje acudió tras el estrépito. Para su sorpresa, sólo pudo vislumbrar los pétreos fragmentos de la última gárgola que custodiaba el campanario...