"El tiempo de Adela"

17.07.2014 12:02

EL TIEMPO DE ADELA

Suburbio

 

Era difícil catalogarlos o señalarlos con alguna calificación. Ni aún las más evidentes y rápidas tampoco se adecuaban a ellos.

Se sentaron el banco de la plaza al lado mío mientras escribía.. Digo que era difícil porque comencé a escuchar su conversación. Ella era una mujer de unos 50 años, el  hombre era mayor, ella  caminaba con un paso muy elegante, él  caminaba dificultosamente ayudado por un hermoso bastón.

-Es esencial la utilización de alfileres de gancho -decía la mujer muy ceremoniosa-especialmente en casos de apuro y con al ropa rasgada.

El hombre le respondió en voz baja y no le entendí lo que dijo.

-Dejame que te arregle un poco -dijo la mujer, -no podes andar así.

Le ayudó a sacarse el saco. Sin querer ví su etiqueta. Me asombró. Alguna vez mi papá me había mencionado esa marca como una de las mejores sastrerías de Buenos Aires. Con una aguja e hilo que sacó de su bolso le cosió el bolsillo interior y el hombro del saco.

Mientras le ayudaba a ponerse nuevamente el saco le decía:

-¿No querés ir a tomar sol? Realmente es un día precioso también para caminar.

El hombre volvió a contestar con un murmullo prácticamente inaudible.

La mujer hablaba con una cadencia propia de una mujer aristocrática, haciendo comentarios sobre acontecimientos sociales  como si recién hubiera estado en ellos. El vocabulario que usaba mostraba la cultura recibida probablemente desde su niñez , y no coincidía con la ropa que llevaban puesta, aunque viendo el avejentado saco del hombre y su bastón se podía adivinar sin mucho riesgo que no provenían de familias comunes, trabajadoras, de clase media ó humildes…

Cómo puede uno llegar de una posición holgada a la ruina.

Cuando se rompe el delgado hilo del  sentido común y caemos al pozo donde se mezclan, salvajes y sin piedad, ambición desmedida, inconsciencia y descontrol. Cuando los harapos no están en la ropa sino en el alma, pobre, con olvidos de decencia y sencillez, cayendo  al abismo con el smoking y la copa de champagne.

Sin embargo ese no era el caso de ellos…

 

“Adela Figueroa Posse vivía en un piso de la avenida Alvear, heredado de su familia  como también la estancia “Las lilas” en la provincia de Buenos Aires.

Sin embargo el campo de esta estancia estaba arrendado a una cooperativa agropecuaria, para salvar las deudas contraídas por su padre. Adela visitaba la casa pocas veces. Una de esas veces fue aquel fin de semana.

Una gran enredadera cubría el frente de la casa, las ventanas casi no se veían, sólo la puerta de entrada estaba libre de la enredadera.

Había llovido mucho en la semana y se resaltaban los verdes y el aroma de la tierra. Ese era un mundo que sólo ella conocía.

Adela nunca había salido de una vida regalada entre colegios caros, aristocráticos  y una vida social intensa.

Miraba  desde la ventanilla del auto a la gente viajando apretada y pensaba en la falta de oxígeno que había allí adentro, y por qué no viajaban en taxi. Los chicos de la calle eran  precoces en el arte de  vender, que muchos habían empezado así y terminaron siendo grandes ejecutivos.

Corría el año 1950. Mucha gente viajaba en los vagones de carga para ir a las cosechas. En la estación  del pueblo veía a los linyeras con su atado de ropa y otros no tanto pues iban con ropa de trabajo y también con un  atadito de ropa colgado del hombro.

Hace una año había pasado por la estación del pueblo y se acercó a un grupo de linyeras que estaba por partir.

-Señor: ¿Adonde van?

El hombre la miró, sonrió y le respondió:

-Vamos al norte señorita a la cosecha del algodón.

-¡Ah! Van a trabajar. Pensé que ustedes mendigaban…

-Noo, señorita no somos indigentes. Somos…trabajadores temporales. Nos ganamos el salario necesario para vivir y seguir nuestro camino hacia otros lugares

-Sí, leí hace poco que un ministro le había permitido viajar gratis en los trenes de carga.

Sí el Sr. José Camilo Crotto, gobernador de la provincia de Buenos Aires. Por eso también nos llaman los “crotos”

Siguió hablando con ellos, le contaron muchas de sus aventuras, de su libertad para viajar por todo el país 

 Ese fin de semana se decidió. Le dio una semana de vacaciones a su casero Javier, quien le agradeció y partió al día siguiente a ver a sus padres a La Pampa.

Estaba sola. Se puso la ropa más vieja que encontró y comenzó a limpiar el sótano. Estuvo dos días así, acomodándose a esa ropa que nunca usó, sólo para trabajar en la estancia pero sólo como terapia. Ahora pensaba salir  al mundo con esa ropa.

Al tercer día, de madrugada, salió con su bicicleta y un pequeño bolso de cuero con algunas cosas: ropa interior, una muda de ropa limpia, una taza, una ollita

Al llegar al puente sobre el río se detuvo, dejó el atado sobre el camino, levantó con esfuerzo su pesada bicicleta y la tiró al agua. Siguió su camino, faltaban diez cuadras para la estación.

Llegó. El tren de carga que salía a medianoche estaba listo para partir.

Comenzó a caminar por el andén  viendo en  qué vagón subirse. Hasta que llegó a uno que tenía la puerta semiabierta. Sin saber exactamente lo que hacía se subió.

Adentro estaba cargado con bolsas de trigo. Había un lugar donde acomodarse, suponiendo que no cargarían más hasta la salida del tren. Corrió una bolsa, se armó una cama con otras dos y se acostó a esperar la  partida.

Pensó en sus amigos, se reirían, no le creerían y sobretodo se alejarían de ella ante su falta de aseo. Se sonreía pensando en lo que le dirían: “Adela, ¿sos vos? ¡ja ja! Es una nueva moda ¿no? Pero ese olor…

Era virgen. En todo. Había tenido algunos romances que llegaron a furtivos descubrimientos del cuerpo de cada uno, pero no fue más allá de eso. La rígida  educación sobre este tema les impedía a los muchachos disfrutar del sexo… y Adela se quedó siempre con las ganas .

Quizás ahora podría hacerlo en alguna cueva con alguien que le gustara. Se sentía absolutamente libre, definitivamente libre…

El tren arrancó con ruido de choque entre vagones. Se movieron las bolsas donde estaba acostada y quedó en el piso del vagón. A tientas acomodó nuevamente las bolsas y se acostó quedándose dormida rápidamente.

Se despertó de madrugada con una picazón en la garganta que le molestó durante la noche pero estaba tan cansada que siguió durmiendo. A la mañana descubrió enojada el porqué del polvillo. Había dos bolsas que estaban rotas pero no por el movimiento del tren. Dos ratas estaban comiendo de las bolsas después de haberlas abierto. El viento ayudaba a esparcir el polvo por el interior del vagón.

Superando el terror y el asco  que le producían estos roedores, abrió lentamente la puerta del vagón para que se fueran, pero se fueron por la abertura del techo.

Se acercó a la puerta del vagón y se sentó con las piernas afuera mirando un día nublado en la inmensidad de la pampa.

El  tren comenzó a reducir su velocidad. Adela miró hacia delante y vio a lo lejos una figura humana al lado de las vías.

-¿Será posible?-exclamó Adela –estamos en medio del campo… Bueno, tal vez viaje acompañada.

A medida que se que se acercaba, la figura humana era masculina y estaba vestida con un jacquet negro y una galera llenos de polvo.

Cuando el tren pasaba frente al hombre, éste esperó al vagón donde estaba Adela y se subió rápidamente.

-¡Muy buenos días, mi distinguida señora! –saludó el hombre, haciendo una reverencia con su galera y desparramando polvo –Me presento: mi nombre es Juan Ismael García Erremendy pero me dicen Juan Seso, con vuestra licencia voy a sentarme.

Adela sonrió.

-Me llaman Juan Seso porque leía mucho y cuando me resfriaba  a veces se me escapaban los mocos mis amigos me decían que estaba perdiendo los sesos. Esto sucedía a mis 8 años y me quedó el apodo, ahora sigo leyendo mucho pero ya controlo mi mucosidad…

Adela se rió.

Juan se sacó el saco del jacquet , tiró la galera en un rincón  y se sentó sobre las bolsas lanzando un suspiro profundo, según Adela parecía que hubiera corrido 100 kilómetros.

Adela se levantó y parándose  frente a él se tomó los pantalones con la punta de los dedos simulando una pollera y se  inclinó con un ademán de saludo:

-Me presento yo ahora. Me llamo Adela Figueroa Posse, no tengo sobrenombre, pero si usted desea puede bautizarme-dijo Adela riendo.

-Ahora no se me ocurre ninguno, pero pronto tendrás uno. 

-¿De dónde venís? –preguntó Adela

-Si me preguntás por mi lugar de origen es una estancia a unos cincuenta kilómetros del lugar donde subí a este tren. Mi punto de partida estuvo cerca de ahí en una fiesta donde, al amanecer he mandado a todos a la mismísima mierda y me fui. Le robé la bicicleta al casero y

empecé a pedalear por la ruta, luego fui por la huella hasta que se pinchó la goma, ahí seguí a pie hasta el borde de la vía. Esperé el tren con el temor de que no me dejaran subir con mi atuendo de linyera extravagante.

-Pero vos no sos un linyera.

-No Adela, pero a partir de ahora lo voy a ser. Ellos viven sin rendirle cuenta a nadie, son dueños de su futuro, viven de sus ocasionales trabajos. También subsisten gracias a la ayuda voluntaria ó no de la gente de las granjas…

Toda mi vida he vivido de la plata que nos dejó mi abuelito que fue el único que trabajó. ¡Pobre! Se debe estar revolviendo en su tumba viéndonos. ¡Una manga de parásitos! Eso es lo que somos.¡Pero se acabó para mí!

Trató de calmar su excitación .

-Perdoname, pero tenía que decírselo a alguien. –dijo Juan, más calmado.

-No, está bien. Mi historia no es muy distinta a la tuya. También viví una vida de princesas gracias a mis abuelos y mis padres, colegios caros, pero no mejores a otros más económicos ó públicos. Fiestas en abundancia pero sin la frutilla del postre…

Juan sonrió.

-Te entiendo “Pumita”

-¿Por qué Pumita? –preguntó Adela con curiosidad

- Porque te encontré en medio del campo, tenés hermosos ojos felinos…y te gusta la carne.

Ella levantó la vista, lo miró extrañada, pero comprendió en seguida.

Adela lo había mirado todo y él se dio cuenta.

Juan llevaba un pantalón de vestir, polvoriento y ajado por la travesía, pero ajustado al cuerpo lo que hacía resaltar sus atributos…

 No sabía en realidad quién era ese muchacho, pero sintió que era la oportunidad de hacerlo de una vez por todas, con todo el tiempo para ella, sin controles…

Adela miró a Juan a los ojos, acomodó unas bolsas, le hizo un guiño y comenzó a sacarse la camisa.

-Aprovechemos las comodidades de este hotel rodante.

Juan se levantó, cerró la puerta del vagón . Se acercó a Adela y la besó profundamente.

Se desvistieron mutuamente…

El traqueteo del vagón  y los movimientos de Juan eran un grito de placer a cada instante 

El rayo de sol marcado por el polvo del ambiente eran más lindos que la vista del parque de la estancia ó el dormitorio del piso de Alvear donde siempre terminó virgen.

Se inició espontáneamente sin salida previa, ni juegos de novio. Había tiempo para todo eso.  Ambos iniciaban un camino nuevo, costoso por lo social, pero ya no les importaba, se sentían en libertad.

Y se sumergieron en el amor y el placer postergados por mucho tiempo…

Era la tarde en el campo. Agotada y radiante, alargó su mano hacia el costado buscando el cuerpo de Juan pero sólo se encontró con la rugosa superficie de una bolsa de arpillera.

Se dio vuelta. No había nadie. Estaba sola

No entendía nada. Ella no era de sueño pesado, hubiera escuchado a Juan moverse, abrir la ruidosa puerta del vagón. Algo extraño pasaba. No era un sueño. Sabía que Juan había estado ahí, sentía que Juan había estado allí.

Se vistió rápidamente. Se acercó a la puerta del vagón, la abrió lentamente.

Estaba llegando a la estación de su pueblo. Donde había salido…

Saltó del tren pero sintió el esfuerzo. “No puede ser, tengo 35 años ¿cómo me van a doler los huesos por este mínimo salto?”

Comenzó a caminar por la avenida arbolada. Los árboles frondosos ayudaban  a disminuir la presión del radiante y fuerte sol de la tarde.

Se cruzó con varios conocidos, los saludó pero ellos no respondieron su saludo. “ ¿Por qué no me responden? ,esta mañana hasta hablé con varios de ellos , qué raro”

“ Esto será un sueño? Pensaba Adela mientras caminaba hacia su casa “Sentí el sudor y el aroma de un hombre sobre mí, me dolió su sexo,  acaricié su cuerpo, su rostro…Y el tren. Ví los campos, los caminos que atravesábamos…¿Ó sólo hizo maniobras en  la estación y se quedó allí?”

Adela estaba confundida. Había dejado la avenida y caminaba por la calle de tierra hacia su casa. Se hacía muchas preguntas pero no encontraba respuestas. Necesitaba llegar pronto a su casa. Los chanchos del estanque olían mejor que ella.

Llegó a la puerta. Estaba con candado.

“¿Qué pasó? Yo no le puse este candado”

Golpeó las manos. Se sentía rara llamando a su propia casa.  Apareció un hombre alto. Era Javier, cuando se iba acercando casi pega un grito de horror. Sí, era Javier ¡pero con veinte años más!.  Canoso y más gordo…

-Buenas tardes señora,¿qué desea?-preguntó Javier ,tratando de disimular, sin mucho éxito, la molestia que le producía el mal olor que despedía Adela.

-Entrar, Javier –contestó

-¿Cómo sabe mi nombre, señora? –preguntó Javier

-Soy Adela Figueroa Posse, dejame entrar, por favor

-Perdón señora, pero no puede ser…

-Ya sé que estoy muy sucia, casi irreconocible pero soy yo  Adela, tu patrona.

-Disculpe señora ,pero mi patrona es una mujer de 35 años…

Adela se dio cuenta de las arrugas en sus manos. Eran demasiadas.

-Por favor un espejo, Javier  -pidió Adela –Déjeme pasar a la salita, por favor.

-Sí , pase –dijo Javier, preguntándose para sí cómo sabía la mujer del espejo que estaba en la salita.

Adela entró corriendo y llegó al espejo. Cuando vio su  rostro lanzó un grito desgarrador. El rostro que le devolvía el espejo era de una mujer de sesenta y cinco años ó mas…

 

Javier entró corriendo a la casa.

-Le pasa algo? ¿Se siente bien, señora? –preguntó Javier al ver la excesiva palidez de la mujer.

-¡No puede ser! ¡No puede ser! –repetía Adela tocándose los pómulos arrugados, la fente con infinitos surcos, su cuello…

Javier fue hasta la cocina, sirvió coñac en una copa, pues imaginó que la mujer necesitaba algo más que un vaso de agua.

Cuando volvió a la salita la mujer ya no estaba. Se quedó con la copa en la mano viendo hacia la entrada de la casa. Lejos ,se dibujaba la figura de la anciana ¿sería  realmente una anciana desconocida?

Adela apuraba el paso hacia el bosque. Caminaba con la rapidez de una mujer de 35 pero llevaba en sus facciones 40 años agregados.

El cielo comenzaba a ennegrecerse. La lluvia era inminente. Apuró más el paso pensando en guarecerse.

“¿Estará el refugio entre los pinos todavía? ¿Habrán pasado tantos años ó sólo sucedió en mi cuerpo?

El chaparrón se largó con furia.

El refugio estaba allí. La puerta desvencijada estaba entreabierta. Entró.

El interior estaba lleno de papeles de diario. En un rincón una frazada torpemente desplegada.

“Parece que sigue siendo refugio de parejas” pensaba sonriendo y recordando sus amoríos de verano cuando llegaba de vacaciones con sus padres.

En ese momento sintió una voz humana, como un murmullo. Venía de la otra habitación.

Se asomó a la otra habitación…y lanzó un grito.

-¡Juan, que hacés aquí! ¿Qué te pasa?

Juan estaba acostado en posición fetal. Cuando la vio se sentó rápidamente abrazando sus rodillas con los brazos y la miró fijamente. Emitía un sonido como un murmullo y.sus ojos estaban muy brillantes.

¿No podés hablar, estás enfermo? –preguntaba Adela sin poder salir de su asombro. Su doloroso asombro. Juan tenía el cuerpo de un hombre de 80 años…

Juan emitió otro murmullo incomprensible como respuesta.

-¿Hemos viajado en el tiempo ó es el precio del destino por haber violado las reglas de un mundo artificialmente correcto y adentrarnos en un mundo cruelmente cierto e incorrecto para la sociedad  de donde venimos? –se preguntaba Adela  mientras le acariciaba la cabeza a Juan.

Se sentó al lado de él, mientras Juan miraba algún punto del cuarto y emitía murmullos.

Adela recostó su cabeza en ele hombro de Juan y al rato se quedó dormida.

Afuera, la lluvia era intensa.