"El señor de la selva", Ermitaño

28.06.2013 12:03

El gigante dormitaba arrullado por el riachuelo recién nacido que serpenteaba entre líquenes y musgos de oro y esmeralda. La quietud era perfecta. Aprovechando la tregua, los gnomos tejían collares de margaritas para que, llegando la noche, regalárselos a las estrellas. Al mismo tiempo, seres increíbles nacidos en las sombras, asomaban sus cabezas entre las hayas velando el sueño del gigante. De pronto, el crujir de los guijarros a consecuencia de unos pasos apresurados trasto-

caron el silencio. Era tal el estrépito, que el gigante despertó de su letargo, y al incorporarse, las florecillas silvestres respiraron aliviadas.

La hermosa princesa que había osado romper el hechizo de la tarde, era nada más ni nada menos que la “Mari Blanca”. Dueña de unos impresionantes jardines que disfrutaba a su antojo, se plantó delante de Irati, y le entregó un legajo enrollado sujeto con una cinta verde:

-¡Toma! ¡Lee! ¡Para que te enteres!

-“¡Qué temperamento de moza!”- aseveró Irati para sus adentros, pero obediente desenrolló el papel y leyó en voz alta:

“El Ayuntamiento de esta ciudad, dispone lo siguiente:

Prohibir la instalación de jardines, árboles, setos, prados y tiestos en los balcones, salvo los que contengan flores artificiales.

Así mismo se procede a instaurar el “Día del Cemento”, en fecha que oportunamente se anunciará.” La Alcaldía.

Apenas pronunció la última palabra, pegó tal patada al aire, que una calza salió volando y aterrizó en un descampado lejos del bosque.

Al rato, cuando a ella le pareció calmado, continuó describiéndole los acontecimientos:

-“Mira Irati, ya han comenzado. Es el parque de Aranzadi. Está sujeto al pie de la muralla que luce la ciudad repleta de castaños de indias. Se dice que en los atardeceres calla todo: las campanas de la catedral, el bullicio de los niños, las lagartijas se quedan pasmadas, y hasta el sol no atiende la llamada del crepúsculo, para escuchar al viejo río los cuentos que cuenta a los ancianos de la residencia. Hay más adelante una escuela donde los muchachos aprenden los secretos de la jardinería: cómo acariciar las flores asustadas por la tormenta; qué hacer cuando los árboles lloran, por supuesto, abrazarlos; el vocabulario de los pájaros en los nidos y la melodía de las ranas. Después vienen las huertas donde la moza juega con su niña montada en la carretilla:

“Mira mamá, una carretera de lechugas, un bosque de alubias, quiero un collar de guisantes”…

Se calló al oír los ronquidos. Dormía como un zángano destartalado. Sabedora de su gran corazón, se alejó por temor a despertarlo, y decidió regresar a la ciudad.

A la mañana siguiente, Irati tocó el cuerno con todas la fuerza de sus pulmones. Al poco rato comenzaron a llegar sus amigos. El roble centenario y el oso ovejero; tres unicornios, cinco lobos, media docena de jabalís, dos ciervos y cuatro brujas montadas en sus escobas de boj.

Poco les costó planear el ataque. Prevaleció la opinión del viejo roble que propuso realizarlo de noche para sorprender al enemigo.

Terminado el debate, Irati se despidió de sus amigos y emprendió el viaje a la ciudad de la princesa.

Al cabo de unas horas, caminando sin parar por el lecho del río, después de zamparse un jabalí

despistado que se cruzó en su camino, llegó a su destino.

Ahora estaba allí y fue cuando lo vio todo.

Unas horribles excavadoras, chasqueando sus fauces, desenterraban raíces mientras el parque se estremecía de dolor. Contemplando la infamia estaba la princesa, el viejo río, los ancianos de la residencia, y la niña de la carretilla con su abuelo tratando de consolarla.

Irati notó que una ola de sangre golpeaba sus sienes, pero recordó el consejo del roble sabio: “Será de noche, y como dicen ellos, con nocturnidad y alevosía”.

Sería aproximadamente la mitad del tiempo transcurrido entre el crepúsculo y el alba, cuando un ejército de unas doscientas hayas al mando de dos robles guerreros, irrumpieron por el norte de la ciudad. Arrasaron todo lo incalificable: los barrios sin horizontes, los parques macilentos hechos para la tristeza y los jardines de hierbas sumisas huérfanos de pájaros; el geriátrico del hacinamiento y los monumentos erigidos a señores de la guerra.

Mientras, Irati y sus amigos los unicornios, se llevaron las excavadoras bajo el brazo y en un descampado las hicieron añicos. Una vez el parque limpio de obstáculos, llegaron las zarzas con sus culebras; media docena de zorros, dos ovejas desprevenidas y cuatro erizos. Tras ellos llegaron los avellanos, los bojes, los arañones, y todo bajo la atenta mirada de multitud de pájaros venidos de todos los rincones de la ciudad.

Al día siguiente, el concejal despertó sobresaltado. Había soñado que un grupo de excavadoras lo perseguían por las escaleras del ayuntamiento riéndose a mandíbula batiente. Se dirigió a la ducha

para aliviar el malestar de su cuerpo. Le extrañó que la puerta estaría cerrada y más que no la pudiera abrir. Notó un cosquilleo en sus pies y vio horrorizado cómo unas raíces pugnaban por abrirse paso por debajo de la misma. Corrió al balcón del cuarto de estar y atónito contempló el amplio ventanal cubierto en su parte exterior por matorrales que fulminaban la luz y descargaban penumbras inquietantes. Quiso salir a la calle, pero cuando abrió la puerta allá estaba lo peor: una maraña de lianas secas como el esparto fundían la luz y en una de ellas en un tosco escrito grabado por una pezuña se leía:

 

“CLAUSURADO POR LA AUTORIDAD INCOMPETENTE”

 

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