"El Retorno", R.E.R.M.

02.10.2013 13:31

 

Los robots de volframio y titanio programados para destruir todo lo que no fuese humano se habían topado con un atroz hecho: Ellos también eran materia inerte. Comenzó en los cielos la batalla de los autómatas, cuyo programa empezaba a dar instrucciones confusas.

-Self destruct sequence activated… ALERT!...Alert!… Suspicious material…-

En los cielos se veía toda suerte de luces multicolor. Los compañeros del Canticum X Mortis estaban reunidos recordando las hazañas pasadas.

Abner Caleb, líder de la organización estaba ansioso por acariciar entre sus brazos a su primogénito hijo. La base Canticum parecía un lugar apacible donde ya varias familias se habían asentado en un clima de concordia y fraternidad. Pasado eran los gritos autoritarios de Abner, que ahora parecía un remanso de quietud. Olvidadas las batallas contra los dioses demonio babilónicos la vida había vuelto a ser una total quietud. Al menos eso era lo que los miembros del Canticum creían.

Adramelek había logrado escapar de la prisión del tamaño de una caja de cerillos que le aprisionaba. Su plan era sencillo en apariencia: volver a la Tierra. Pero lo dudaba, no sabía cómo volver a ese lugar donde unos simples humanos y sus mascotas híbridas le habían propinado una paliza a él y a los más distinguidos demonios de los infiernos arcanos. Tenía conciencia de la destrucción de sus compañeros dioses, de la emigración del dios Enkidu a la materia oscura, donde era protegido por la serpiente alada, la serpiente eterna, mensajera de los dioses, Cotzcut, que no era otra que Tiamat. No le era ajeno que algunos dioses escaparon a la destrucción, y decidió buscarles por las regiones abisales del cosmos, tránsfuga del silencio vagando en cuerpo de gas, pasó por nebulosas raudas, los miembros del Canticum observaban el cielo y vieron pasar un cometa azul y de cresta gris, iracundo, viajando a una velocidad vertiginosa, precipitándose a lo profundo del cosmos. Para Canticum, que a la sazón se había convertido en un observatorio astronómico, además de un museo de monstruos arcanos y mitológicos, que por cierto ya nadie visitaba. La gente parecía haber olvidado el museo Canticum X Mortis que tanto diera de qué hablar en su momento. Pero volvamos con Adramelek el grande, el príncipe de los malignos, el poderoso, el derrotado…

No le fue muy difícil encontrar a sus compañeros dioses del fango. Un demonio siempre sabe donde hallar a un colega. Celebraron una reunión en la que todos, aterrados y un poco confundidos, pero a la vez esperanzados por el retorno del príncipe de los demonios, que había fracasado en su conquista de la humanidad, pero que nunca se rendía, y era precisamente ahí donde radicaba su peligro, en la constancia que tenía en sus acciones. En el infierno le decían el rey de los tercos, ya que cuando quería algo jamás dejaba de presionar. Si la Tierra estaba entre sus infinitas ambiciones, no descansaría hasta tomarla para él, no importaba cuantas veces lo destruyeran, su esencia siempre renacía. Su esencia maligna era su centro de poder, que se crecía con el odio, la avaricia, la venganza, el temor, la locura, la muerte. Con su oratoria rebuscada ya tantas veces oída por sus correligionarios logró convencerlos de que se unieran a la segunda campaña en contra de la humanidad, mas algunos permanecieron reacios a sus proposiciones, recordando el poder de los seres humanos, y de sus sentimientos, de los cuales ellos carecían. Los contrarios al discurso de Adramelek empezaron a debatir las razones de aquel fiero guerrero perlado en necesitar de todos ellos para tomar a las personas, ya que el discurso de Adramelek invitaba a una guerra fácil, que la esgrimiera él solo. El demonio se impacientó, quiso comenzar a gritar y decir insultos a los compañeros contrarios, pero se abstuvo al sentir un miedo indecible cuando uno de los contra dijo “CANTICUM X MORTIS”. El sólo hecho de escuchar ese nombre lo hizo titubear en su discurso, y su argumento se desvió en una reminiscencia de la paliza que había recibido. Absorto estaba Adramelek mientras los demás comentaban con horror cómo fueron humillados por los humanos. No repararon en una pequeña luz que comenzó a crecer en el centro de la oscura parte del cosmos en la cual estaban, cuando de pronto irrumpieron tremendos robots dispuestos a despedazarlos en cuestión de minutos, y así lo hicieron. Fue una horrenda carnicería aquella, horrible aún para aquellos demonios que en el pasado subyugaban seres humanos e híbridos, aquellos que ofrecían condena eterna a los humanos eran ahora diezmados por un séquito de robots creados por un joven un poco loco que muriera en la implementación de su táctica con estos seres. Aquellos que fueron creados para destruir a la humanidad la habían salvado sin que ella lo supiera de una batalla dantesca. Los robots tomaron rumbo desconocido, y los cuerpos grises de los demonios se hicieron cenizas, cenizas que se transformaron en pequeñas luces que se multiplicaban con rumor de grillo, un rumor ensordecedor, con aleteo de moscas horrísono, con crujir de dientes y reír descontrolado. La derrota los había hecho más fuertes, ahora sólo les quedaba volver a repasar la estrategia para entrar al ruedo nuevamente. Los Canticum se habían enfrascado en un círculo que nunca terminaría, se estaban perdiendo en las vueltas del infinito. Lo que no sabían era que precisamente esta batalla era el camino a la inmortalidad.

Colonia San Simón, Jutiapa, Guatemala, 16 de mayo de 2013

 

 

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